¿Es la luz una onda o una partícula?

Ambas. La luz con la cual nos topamos en la vida cotidiana (incluyendo las ondas de radio, microondas, rayos infrarrojos, ultravioleta, rayos X y gamma) se comporta como onda. Sin embargo, algo inesperado sucede cuando consideramos la luz de muy baja intensidad.

Desde los años más remotos de la humanidad, la luz ha sido misterio y objeto de estudio para un sinfín de curiosos investigadores. Es el caso de Sócrates y Platón, en la antigua Grecia. Creían que podíamos ver debido a que los ojos de los seres vivos emitían filamentos que, cuando entraban en contacto con los objetos, nos hacían verlos.

El doctor Alberto Güijosa, científico del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM explica: "supongamos que en un cuarto completamente oscuro encendemos un foco alumbrando una placa fotográfica durante un segundo. En condiciones normales, la placa entera se velaría, indicando que la luz baña toda la placa de manera más o menos uniforme. Pero si reducimos la intensidad de la luz (colocando, por ejemplo, hojas de celofán delante del foco), la placa fotográfica registra impactos de luz solo en unos cuantos puntos. Esto muestra que la luz está formada por partículas llamadas fotones".

El experto también asegura que no nos damos cuenta de la existencia de dichos bloquecitos porque estamos bañados por una cantidad increíblemente grande de ellos. De esta manera, por ejemplo, un foco de 100 Watts emite trillones de fotones cada segundo.

"La luz es entonces una onda electromagnética hecha de partículas. Esto suena muy raro, pero no es una propiedad exclusiva suya: los distintos tipos de partículas que conforman nuestro universo también son ondas", dice Güijosa. Existe, por ejemplo, el campo del electrón que es, justamente, la onda más pequeña posible.

El lenguaje que usamos para describir exitosamente todo esto se llama teoría cuántica de campos. La palabra "cuántica" hace referencia a las extrañas leyes que operan en nuestro mundo a nivel microscópico, donde lo que reinan son los cuantos o unidades mínimas de materia y energía.

¿Cuánto tiempo puede permanecer alguien en estado vegetativo?

El estado vegetativo -diferente al coma- es una condición clínica de falta de conciencia de uno mismo y del medio que lo rodea. La persona respira espontáneamente, tiene función circulatoria estable, ciclos de cierre y apertura de los ojos que simulan el estado de vigilia y sueño.

Se considera que este estado es persistente cuando dura más de un mes. Se clasifica como permanente si dura más de seis meses en el caso de lesiones no traumáticas del cerebro, y un año si se trata de lesiones traumáticas.

Puede ocurrir súbitamente, causado por un traumatismo de cráneo, hipoxia, hemorragia o infección. También puede presentarse en forma gradual, en la evolución de una enfermedad neurodegenerativa como el Alzheimer. Si se logra que el paciente sobreviva a las complicaciones de las primeras semanas y si se mantienen los protocolos de atención, el estado vegetativo puede durar muchos años.
La recuperación depende de muchos factores, entre ellos la edad (los jóvenes tienen mayores posibilidades de recuperar la conciencia), el tipo de lesión y el tiempo que ha permanecido el paciente en estado vegetativo.

Se han dado recuperaciones en pacientes que llevan entre 5 y 10 años en estado vegetativo, pero no es lo más común. "El conocimiento del estado vegetativo es aún incompleto. Si bien se conocen algunos aspectos de la neuropatología, nuestra capacidad para determinar el grado de conciencia y la función cognitiva es aún limitada. Cada caso es muy distinto a los demás", explica el doctor Mario Acosta, del proyecto Alianza Médica.

¿Qué enfermedades podrían estar erradicadas en 20 años?

Ningún científico podría contestar esta pregunta con absoluta certeza. Pese a que existen grandes avances en la medicina y cada vez se cuenta con tratamientos más sofisticados, es muy arriesgado hablar de erradicación de un padecimiento. El mejor ejemplo de ello está en los años sesenta. En esa época, el auge de los antibióticos, la aparición de la penicilina y de muchos fármacos llevó a que algunos médicos se aventuraran a decir que la era de las enfermedades infecciosas había terminado. Lo que sucedió fue todo lo contrario, surgieron más epidemias.

"Es difícil predecir lo que sucederá, porque cada vez intervienen más factores en la evolución de las enfermedades, como el cambio climático y los movimientos migratorios, entre otros", explica el doctor Gustavo Reyes Terán, director del Centro de Investigación en Enfermedades Infecciosas. Él prefiere hablar de control. Considera que hay grandes posibilidades de que en dos décadas ya pueda haber una vacuna contra el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) o el paludismo, debido a que la investigación ha dado grandes pasos en este sentido.

Asimismo, cree que podrían pasar a la historia dolencias como el sarampión o el tétanos, porque ya existe una vacuna, pero aún no se han erradicado. En casos como la tos ferina, que ha resurgido, quizá haya un plan global de vacunación que disminuya considerablemente su presencia en 20 años.

¿Puede un diente ayudar a curar enfermedades?

Además de utilizarlos para comer o sonreír, los dientes pueden tener otros usos que quizá no imaginamos. Incluso, en un futuro podrían ayudar a reparar un tejido o un órgano. La clave de ello está en su interior, donde es posible encontrar células madre.

Todas las piezas dentales de leche son fuente abundante de células madre; pero las permanentes, como los premolares y las muelas del juicio, también pueden proveer de estas células, señala Víctor Saadia, director general de BioEDEN México, Banco de Células Dentales.

Los científicos han encontrado que las células madre dentales tienen el potencial de convertirse en células de hueso, músculo, músculo cardiaco, cartílago, células beta y neuronas. Por ello, existe un gran interés en desarrollar tratamientos en los que se empleen células madre dentales para reparar tejidos y órganos.

En Australia, por ejemplo, se comprobó la utilidad de estas células en el tratamiento de accidentes cerebrovasculares en ratas. Las células madre reemplazan a las células nerviosas que mueren después del accidente cerebrovascular y estimulan la autorregeneración del tejido cerebral, de acuerdo con el neurólogo Simon Koblar, de la Universidad de Adelaida.

Ante las promesas de este tipo de tratamiento, ya existen empresas que ofrecen el servicio de bancos de células madre dentales. La forma en que funcionan es la siguiente: a los padres les ofrecen un "paquete" para que colecten el diente de leche de su hijo, inmediatamente después de que se cae. Esa pieza se envía al laboratorio, donde se realiza el cultivo de las células madre y se guardan con técnicas de criopreservación, por si en algún momento se requieren y, sobre todo, por si ya existe la tecnología que permita su utilización. Así, por lo mismo, en la actualidad un diente es un augurio de buena salud.

¿Por qué cada año se hace una nueva veréis de la vacuna contra la influenza?

Porque los virus cambian, están en una continua mutación. La gran mayoría de las mutaciones de los virus no tienen futuro, pero hay algunas que sí lo tienen y logran producir una descendencia más ventajosa que la anterior. El virus de la gripa es un especialista en mutar. Cuando hay una nueva generación de virus, estos tienen proteínas que cambiaron ligeramente respecto a las de sus progenitores. Entonces, la vacuna que se tenía para la generación anterior ya no reconoce a las nuevas proteínas y, por tanto, deja de ser efectiva, explica Rubén G. Contreras, investigador del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav.

Lo que se hace es tomar el nuevo virus y desarrollar una nueva vacuna, la cual va a funcionar para esa cepa de virus. "La nueva generación de virus va a tener otro cambio en sus proteínas, por lo que se tendrá que hacer una nueva vacuna y así sucesivamente. Es una guerra continua". Para estar preparados en esta guerra contra los virus de la influenza, se han creado laboratorios que pueden producir vacunas muy rápido. Por ejemplo, la vacuna para el virus de la influenza H1N1, que azotó a México en 2009, tardó menos de un año en fabricarse.

¿Cuál fue la primera epidemia registrada en México?

No existe el dato preciso de cuándo ni cuál fue, pero en el artículo "Historia de las Epidemias en el México Antiguo" (Angélica Mandujano, Luis Camarillo y Mario A. Mandujano, UAM) se hace referencia a que antes de la Conquista, en el año 10-Conejo (1450), "ocurrieron cambios climatológicos violentos condicionando una helada extemporánea que propició que aumentaran el hambre, la contaminación de las aguas por la muerte de animales acuáticos y la aparición de enfermedades".

Y continúa el escrito: "Otra serie de heladas causó pérdida de las cosechas y escasez de semillas para la siembra. El hambre se dejó sentir más en las pequeñas ciudades del área de influencia de Tenochtitlán y Texcoco, aunque esta última padeció más a causa de las epidemias".

El militar español Francisco de Eguía reseña que la primera epidemia después de la Conquista fue por viruela, traída a México por un esclavo negro.

¿Qué son los xenotrasplantes?

Los trasplantes de órganos entre diferentes especies animales se denominan xenotrasplantes. Esta técnica —en la que se utilizan sobre todo órganos de cerdos modificados genéticamente— podría paliar la escasez de donación de órganos humanos.

Durante las últimas dos décadas, los investigadores que impulsan este procedimiento médico han logrado que los xenotrasplantes renales tengan una supervivencia de tres meses, y los cardiacos de 2 a 6 meses. Sin embargo, los de hígado y pulmón no han logrado buenos resultados.

Además del rechazo inmunitario, la presencia de infecciones cruzadas entre las diferentes especies es otra limitante para este método, explica el doctor Martín Iglesias, quien ha sido responsable del primer trasplante de extremidades superiores en América Latina. El futuro de los xenotrasplantes depende de la modificaciói genética de los cerdos, del empleo de nuevos inmunosupresores y las técnicas que induzcan tolerancia específica.

Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina en 1912, es considerado el padre de la cirugía vascular y uno de los precursores de la cirugía del trasplante. Realizó trasplantes de órganos y extremidades entre animales de diferentes especies sin éxito