viernes, 25 de enero de 2008

Luis XIV, el rey idiota

Luis XIV fue coronado rey de Francia cuando apenas había cumplido los cinco años de edad. Por supuesto, quien gobernaba no era él sino el cardenal Mazzarino, un muy astuto e inteligente consejero real. El pueblo hablaba del rey calificándolo a menudo de "pequeño idiota". Mientras crecía, Luis XIV dedicó la mayor parte de su tiempo al jolgorio y los juegos de todo tipo. Pero un día de 1661 murió Mazzarino.

El rey ya tenía, por entonces, 21 años y cuando un funcionario le preguntó a quién había que pedir instrucciones a partir de ese momento le gritó con enojo: "¡A mí, por supuesto!". Y comenzó a gobernar asumiendo, incluso, las funciones de primer ministro, que no quiso delegar en nadie. Lo curioso es que el "pequeño idiota" se mostró, por años, como un excelente monarca: sus ejércitos eran triunfales; la economía floreció rotundamente; acabó con las guerras internas y le quedó tiempo para hacer construir el famoso palacio de Versalles, al que decoró con muebles que aún hoy en día llevan su nombre con estilo.

Dos frases lo definen en su apogeo: "El Estado soy yo" (y era bien cierto) y el apodo que le puso el mismo pueblo, el Rey Sol". A su época se la llamó "la Edad de Oro de Francia". La gloria y el reconocimiento general había alcanzado el monarca. Pero nadie es perfecto. Tras la muerte de su brillante ministro de economía, Colbert, la amante del monarca, madame de Maintenon, comenzó a aconsejarlo de manera desastrosa.

El rey aumentó los impuestos y no pasó mucho para que ejércitos de hambrientos llegaran al punto de atacar Versalles. La ruina se hizo señora de Francia, la pobreza era ya desesperante y mientras tanto Luis XIV insistía en organizar fastuosas fiestas a las que, cada vez, iba menos gente. El pueblo pasó a odiarlo. Murió en 1715, a los 77 años de edad. Es, hasta hoy, el hombre que más gobernó un país en la historia del mundo: lo hizo durante 72 años. En su final, donde desvariaba sin notar siquiera que lo habían abandonado aún sus más cercanos seguidores, el pueblo, hijos y nietos de quienes habían conocido el esplendor por él, volvían a calificarlo de "idiota". Otra vez el destino dio su voltereta y cerró el círculo.

El día de su muerte la gente festejó la noticia. Estaban siendo protagonistas, sin saberlo, de una impresionante y apasionante historia asombrosa: nada es para siempre, todo es para nunca.

Luis XIV, el rey idiota

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