Cuando tú o alguien más marca el número telefónico de asesoría en una de las empresas de telefonía o Internet, notarás que se te atiende casi de inmediato, ya sea una contestadora o un humano. El caso es que del otro lado de la línea, una persona recibe un “BIIIIP” en su oído, y es cuando comienza el espectáculo.
“Buen@a días/tardes/noches, le atiende Fulano de Tal. Gracias por hablar a mi EMPRESA, ¿Con quién tengo el gusto?” Justo en ese momento en la pantalla de aquel teléfono aparece el número desde el cual estás llamando. La persona que te atiende escribe dicho número en su ordenador al mismo tiempo que recibe tu respuesta al decirle tu nombre.
En el monitor aparecen tus datos (si están registrados) y se listan todas las llamadas que has realizado anteriormente.
El caso es que la Señora “T” tenía una voz dulce, sencilla y firme, pedía sólo una cosa: Que al conectarse a Internet, la contraseña no se pudiera ver y que quedara almacenada, ella quería que su marido pudiera entrar a la red sin la necesidad de escribirla porque no deseaba que él supiera de que palabra se trataba.
Resulta que en esos tiempos la conexión era vía módem, usando la línea telefónica; y con tan mala suerte para nosotros que el Windows de esta persona simplemente no guardaba la contraseña (nosotros = compañeros de trabajo y yo).
Por supuesto que si se conectaba y navegaba a la máxima velocidad posible, pero por ninguna razón se quedaba almacenada su contraseña.
El listado de llamadas de compañeros que intentaron por vía telefónica solucionar el problema llegó a sumar más de 150. Llego el momento que la Señora “T” se desesperó y ya cansada de hablar con todos y cada uno de los asesores (incluyéndome) decidió que lo mejor era demandar a la empresa… y lo hizo.
Así que un buen día se fue a la instancia correspondiente y presentó su demanda.
El asunto procedió de de la forma establecida, se hizo lo posible para que desistiera, pero siguió empeñada en su caso; mismo que terminó a favor de la empresa, se le explico que no era responsabilidad del proveedor de Internet que su contraseña no se quedara almacenada.
Cuando averiguo quien era el fabricante de su sistema decidió demandar a Microsoft, y de igual manera le hicieron ver su suerte, ya que la solución que le ofrecieron y que no le consultaron, fue la de formatear su equipo.
Perdió todos sus documentos y todas sus fotos. Pasó un tiempo y no supimos más de ella; en las reuniones de trabajo comentábamos su caso y tomábamos medidas al respecto para prevenir futuros eventos similares.
Pero varios días después volvió a llamar; nos contaba que se había pasado a otra compañía proveedora de Internet, y que de todos modos no le resolvieron nada, pero que volvía con nosotros porque aunque no le resolvíamos el problema, al menos éramos más amables para atenderla.


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