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El mito de las Olimpiadas

Se acercan los juegos olímpicos, que en está ocasión se efectuarán en China. A un costo de miles de millones de dólares, atrayendo a miles de atletas, de un par de cientos de países en casi una treintena de especialidades. Serán vistos por miles de millones de telespectadores y será observado de cerca por otro tanto de internautas.

Durante las dos semanas de competencia habrá poco más de trescientas ceremonias de premiación en la que se otorgarán las medallas de oro, plata y bronce. Muchos de los ganadores de oro conseguirán contratos promociónales que les reportarán jugosas ganancias.

Los juegos olímpicos de tiempos recientes se han visto empañados por escándalos de drogas y las respectivas expulsiones de los atletas que las utilizaron para mejorar su rendimiento y ganar la codiciada presea.

Las competencias de la era moderna son muy distintos a los originales de hace 30 siglos, en la arboleda sagrada de Olimpia. Se diría que aquellos juegos eran el prototipo del desinteresado espíritu deportivo que los fundadores del movimiento olímpico moderno querían emular… Pero quizá no haya sido así.

En realidad las olimpiadas de la antigüedad tenían un sombroso parecido en muchos aspectos.

La información de la que disponemos de esas primeras competencias nos llegan de los escritos de los poetas Píndaro, del siglo V a.C., cuyas odas ensalzan las proezas de los atletas. Sólo que Píndaro era un profesional contratado para escribir propaganda que elogiara estas contiendas, un hombre de negocios que se dedicaba a glorificar a los atletas, un líder de opinión de la antigüedad.

Muchas de nuestras nociones sobre las olimpiadas antiguas son falsas y de origen moderno. Su engañosa antigüedad es legado sobre todo del barón Pierre de Coubertín, el aristócrata francés que fundó los juegos modernos con una imagen idealizada de la antigua Grecia.

El “Espíritu olímpico”

El ideal olímpico de una competencia amistosa en un ambiente de hermandad y paz entre las naciones es pura demagogia, una interpretación errónea de la tregua olímpica, adoptada hacía el siglo VIII a.C. que prohibía que las Ciudades – Estado que participaban en los juegos realizar cualquier tipo de acción bélica desde poco antes hasta poco después del lapso de cinco días que duraban las pruebas.

El motivo que tenían los antiguos para esto era para que los atletas y los admiradores pudieran llegar a Olimpia sin problemas, no por altruismo. Las propias Olimpiadas eran propiamente “Juegos de guerra”, celebrados en un ambiente de paz impuesta. La finalidad de estas competencias era la de preparar a los hombres para la batalla.

El salto de longitud, el lanzamiento de jabalina y las carreras de soldados con armadura obedecían a entrenamientos militares, no pacíficos.

El evento más popular era el pancracio, una especie de lucha callejera en la que estaba permitido de todo, menos morder al contrincante y sacarle los ojos.

Durante siglos, dos ciudades vecinas se disputaron el poder de controlar los juegos. En el siglo IV a.C. la disputa se convirtió en guerra y al celebrarse el pentatlón se desató una batalla.

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