Casi nunca. Es muy improbable que la tierra se abra, que espera que alguien se precipite en su interior y que vuelva a cerrarse. En todos los registros históricos, sólo se ha producido una vez: una mujer en Japón, en 1948, aunque también le ocurrió a una vaca en San Francisco en 1906. La mayoría de las victimas de los seísmos mueren al derrumbarse edificios o por los incendios que asolan la zona afectada.

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