Los científicos de habla inglesa acuñaron una palabra especial, serendipity, para denominar ciertos casos: con ella se refieren a los hallazgos científicos logrados por casualidad. Tal fue el protagonizado por el ingeniero norteamericano Karl Jansky, quien construyó el primer radiotelescopio en 1932 por mero azar.
Cuando trabajaba en el laboratorio telefónico Bell de la compañía AT&T, Jansky armó una gran antena giratoria de radio para llar la fuente de la estática que ensuciaba las transmisiones telefónicas entre ambos lados del atlántico. Después de meses y meses de aburrida búsqueda y análisis de datos, pudo establecer que la fuente de los ruidos estaba localizada en el centro de la Vía Láctea.
Pero Jansky sólo estaba interesado en su trabajo y la autonomía no formaba parte de sus inquietudes. Fueron Fred Whipple y Jesse Greenstein, por entonces recientemente graduados en Harvard, quienes advirtieron la importancia del hallazgo. Poco después en 1937, otro ingeniero norteamericano, Grote Reber, construyó una antena semiesférica con la cual detectó la fuente de señales de radio más potente de todas las conocidas, proveniente de la lejanísima galaxia del Cisne A. Después de la Segunda Guerra Mundial, los radiotelescopios se hicieron de huso habitual.

0 comments:
Publicar un comentario