miércoles, 28 de enero de 2009

Galileo: Y sin embargo... se mueve

De su madre, Julia Ammanati, heredó un carácter fuerte, el sarcasmo y la ironía que tan bien le conocían sus enemigos. De su padre, Vicente Galilei, un tendero arruinado e intérprete de laúd, la aptitud para las matemáticas y el amor por la música.

Galileo Galilei nació en Pisa el 18 de febrero de 1564 en una casa noble pero empobrecida en la que todos amaban aprender mucho. Los monjes benedictinos fueron sus primeros maestros, en las cercanías de Florencia. Tal vez por influencia de ellos, cuando tenía 13 años escribió a sus padres anunciando que sería sacerdote.

A cambio, lo enviaron a Pisa a estudiar medicina, una ciencia que incluía con obligatoriedad el estudio de la filosofía de Aristóteles, quien, muerto hacía 2.000 años, seguía vigente. Igual que la teoría sostenida por la Iglesia desde hacía mil años, perteneciente al astrónomo alejandrino Tolomeo, por la cual la Tierra era centro del Universo y a su alrededor giraban el Sol, la Luna y algunas lucecitas llamadas estrellas. A medida que avanzaba en el conocimiento.

Galileo reconocía lo aprendido como un universo minúsculo y esquemático. Entonces decidió investigar por su cuenta. Primero se familiarizó con los descubrimientos e inventos de Arquímedes, el más ilustre de los matemáticos y físicos de Grecia. Empezó inventando una balanza hidrostática para hacer ensayos con metales por medio de su peso, basada en las teorías de aquel físico. Ideó, también, un sencillo método para determinar el centro de gravedad de los sólidos. Poco a poco, los hombres de ciencia de la época comenzaron a conocer a este joven audaz.

En 1588 se hizo cargo de la cátedra de matemáticas de la Universidad de Pisa. Desde allí hizo pública sus diferencias con Aristóteles que, teorizando sin experimentar, había dicho que cuanto más pesado es un cuerpo, con más velocidad cae. Galileo, para demostrar que esto era mentira, reunió a los catedráticos y sabios de Italia al pie de la Torre de Pisa. Desde allí arrojó, al mismo tiempo dos objetos, uno de me-dio kilo y otro de cinco, los dos llegaron al suelo juntos. Sin embargo, esos maestros siguieron aferrados a los dogmas de los libros, aún cuando veían la verdad con sus propios ojos.

Galileo siguió experimentando con cuerpos en caída libre o en planos inclinados. Demostró que todos los cuerpos caen con una velocidad que aumenta de continuo y que, el aumento de velocidad por unidad de tiempo (aceleración) es constante. Este principio fue intensamente aplicado, especialmente, en los bombardeos de precisión. Aunque Galileo no soñó siquiera con bombardeos aéreos se ocupó de los de artillería. Descubrió que el camino que hace una bala de cañón es una parábola y que, para dar en un blanco lejano se debe apuntar el cañón hacia arriba. Después, elaboró una tabla con medidas y distancias para dar en el blanco.

Galileo fue el creador de la ciencia del movimiento de los cuerpos en relación con las fuerzas que los producen, ciencia que tiene nombre propio: Dinámica. Entre sus importantes descubrimientos están la ley de la inercia: la tendencia de todo cuerpo que está en reposo es seguir en reposo, y todo aquel que se está moviendo tiende a seguir en movimiento en línea recta con velocidad uniforme, siempre y cuando no actúe sobre él otra fuerza exterior. También supo que esta ley rige para los cuerpos celestes. A pesar de haber sido él quien la descubrió e investigó, la ley lleva el nombre de Newton por haber sido quien la formuló.

La experimentación era algo desconocido antes de Galileo. Los profesores de Pisa inmediatamente empezaron a tejer intrigas alrededor de este personaje que les resultaba extraño, decía cosas insultantes contra lo establecido y, como todos los genios, hacía de toda nueva experiencia un desafío, aún para las inteligencias más sutiles. Hicieron falta muy pocos entredichos para que Galileo fuera puesto de patitas en la calle.

La Universidad de Padua lo recibió y se hizo cargo de la cátedra de matemáticas por 18 años. En 1609, un rumor llegado de Holanda anunciaba que, por casualidad, habían descubierto que si un objeto era mirado con dos lentes separadas entre sí, por dos o tres centímetros, aparentemente, aumentaba de tamaño. Nadie le dio otra información.

Sin embargo, Galileo fabricó un telescopio y subió a la torre más alta de Venecia, el Campanario de San Marcos. Hasta allí llegaron los senadores y el Dux, pudieron ver a la gente que caminaba en las calles de Padua y un barco a 8 kilómetros. El senado le aumentó el sueldo y le dieron una cátedra vitalicia, mientras Galileo comenzó a fabricar telescopios para vender.

El primero fue para él y lo bautizó "El viejo descubridor". Con este instrumento vivió una noche memorable. Lo apuntó hacia el cielo y lo paralizaron miles de astros suspendidos e iluminados en medio de las tinieblas. Lo que antes le parecían vapores blanquecinos era la banda de estrellas de la Vía Láctea. Esa noche nació la astronomía moderna.

De día, miraba el Sol con unos anteojos que lo protegían de los rayos directos. Así, descubrió que en la superficie había unos parches oscuros (hoy se llaman manchas solares) que tenían un movimiento relativo a un lado y otro del astro. De esto dedujo que el Sol, como la Tierra, gira alrededor de sí mismo. Giró su telescopio a Júpiter y observó que los tres astros brillantes que estaban cerca no eran simples estrellas, sino sus satélites. Más tarde vio un cuarto. Galileo descubrió un sistema solar en miniatura y por deducción, llegó a que la Tierra y los otros planetas no eran otra cosa que satélites del Sol.

Esta deducción fue el principio de su infierno, con ella destronaba la teoría geocéntrica e imponía la heliocéntrica. Durante muchos siglos nadie se había animado a cuestionar a Tolomeo, quien además había elaborado la teoría geocéntrica basado en antiguos argumentos teológicos, aparentemente irrefutables. De acuerdo con un relato consignado en el Antiguo Testamento, Josué, sucesor de Moisés, había hecho detener el Sol durante la batalla de Gabaón.

Quien refutara esta teoría tenía que saber que se ganaba la contra de la Iglesia, los sabios y. por supuesto, la gente común. Nicolás Copérnico, en 1543, había elaborado la teoría heliocéntrica pero, jamás pudo superar los temores y la angustia por la serie de conflictos que le traería. Poco después, Giordano Bruno fue enviado vivo a la hoguera por enseñar la teoría copernicana en las universidades.

Cuando Galileo enfrentó al mundo, en 1632, con una tesis muy larga publicada bajo el título "Diálogo sobre los máximos sistemas del mundo Tolomeico y Copernicano” en la que daba fundamento a la teoría heliocéntrica, los filósofos, los maestros y la Iglesia se escandalizaron. Sus detractores más acérrimos, los jesuitas Grassi y Scheneider formalizaron la denuncia por herejía ante la Inquisición.

El juicio se realizó en 1633, duró 20 días y terminó con una condena a cadena perpetua que fue conmutada por prisión domiciliara.

La ceremonia final, realizada el 22 de junio de 1633 en la iglesia romana Santa María Sopra Minerva, fue humillante: obligado a arrodillarse y bajo amenazas de tortura debió renegar de todas sus convicciones. La leyenda, dice que Galileo, con rabia y rebeldía exclamó al final: "Eppur si muove" (y sin embargo se mueve).

Sus últimos días transcurrieron en una pequeña casa de la ciudad de Arcetri, vecina a Florencia, a la que llegaba gente desde lejos para mirar la arrugada cara del genio. A riesgo de su propia vida -estaba rodeado de espías-, filtraba pequeños papelitos con textos que dictaba a sus discípulos Torricelli y Viviani y que eran enviados a países con prensa libre.

En ellos, exponía observaciones sobre cuerpos flotantes y la teoría ondulatoria del sonido y la luz, las leyes matemáticas fundamentales del tono y la armonía y el fenómeno de la atracción de los cuerpos pequeños por los grandes. También por entonces, mandó una carta a Erick Bemegger, profesor de la Universidad de Estrasburgo diciendo: "...Y relegado a este estrecho reducto, sigo arrastrando mis cadenas... pero ni siquiera esto puede encadenar mi sentir, gracias al cual tengo todos los días pensamientos libres y dignos de un hombre... y ya que la muerte se aproxima y mis días declinan... yo la espero con valor, porque los límites de mi encierro me acostumbraron a los límites de mi tumba... pero ¡no enterrarán al mismo tiempo mi cuerpo y mi nombre!"

Esta vez, Galileo también tuvo razón.

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