viernes, 23 de enero de 2009

La increíble expedición de la vacuna contra la viruela

Tradicionalmente ha sido considerada la viruela una de las grandes calamidades de la humanidad; a ella se refieren muchos cronistas de la Edad Media y ella fue el precio que pagó Europa por la heroica empresa de las cruzadas, pues, originaria de Asia, fue llevada a Occidente por los cruzados después de sus expediciones al Próximo Oriente. Con la conquista española llegó a América, llevada a México por un soldado negro que acompañó al conquistador Pánfilo de Narváez.

Muchas y muy graves fueron las epidemias que sufrió el Nuevo Mundo en los primeros siglos de su colonización; en todas las ciudades importantes hizo terribles estragos, las poblaciones indígenas quedaron diezmadas y muchos españoles perecieron víctimas de la cruel enfermedad.

Sabido es que un médico inglés, el doctor Eduardo Jenner, descubrió en el año 1796 la vacuna contra la viruela y que, después de muchos ensayos, fue aplicada con éxito en Europa.

Los reyes de España, preocupados por las epidemias que asolaban a sus colonias, resolvieron enviar una expedición que, para combatir el mal, vacunara al mayor número posible de americanos. Pero en aquella época no era posible transportar la vacuna a tan largas distancias, pues al poco tiempo se volvía completamente eficaz.

Era necesario buscar otro procedimiento para llevar el virus a América, sin que el largo viaje y las dificultades de los cambios de clima lo alteraran y lo hicieran inútil. Se pensó entonces en llevar la vacuna inoculada en seres humanos que no hubiesen padecido la enfermedad y que transmitieran el virus bienhechor de brazo en brazo para poder conservar así toda su eficacia.

Fueron el rey Carlos IV y su ministro Godoy quienes dictaron las órdenes necesarias para organizar la expedición. Se escogieron personas de gran espíritu apostólico, animadas del deseo de servir a sus semejantes y dispuestas a sufrir toda clase de peligros en la realización de la empresa.

Se nombró jefe de la expedición al doctor Francisco Javier Balmis, vice-director a don José Salvany y ayudantes a Don Ramón Fernández de Ochoa, Don Manuel Julián Grajales y don Antonio Gutiérrez Robredo; los enfermeros fueron Don Basilio Bolaños, Don Ángel Crespo, Don Pedro Ortega y Don Antonio Pastor, y, como encargada de la custodia de los niños que debían ser portadores de la vacuna, se designó la señora Isabel López Gandalla. Todos estos nombres merecen recordarse por los servicios que prestaron al Nuevo Mundo.

El 30 de noviembre de 1803, a bordo de la corbeta Maria de Pita, zarpó la expedición del puerto de La Coruña; veintidós niños expósitos cumplían la misión de transmitirse unos a otros la vacuna, para que pudiera llegar a América en condiciones de ser usada con éxito.

Después de varias semanas de navegación, la expedición arribó a Puerto Rico, donde se comenzó la obra de vacunar a todos los habitantes, y muy especialmente a los niños; de Puerto Rico pasó a Puerto Cabello, en Venezuela, y allí la misión se dividió en dos: el doctor Balmis con algunos niños siguió hacia La Habana, pasó a Yucatán y llegó a México, donde tuvo que luchar contra las autoridades que, mal informadas o poco deseosas de colaborar en la vacunación, se opusieron y dificultaron la tarea; pero el médico español venció todo los obstáculos, vacunó gran número de personas y luego se embarcó para las Filipinas, que eran también parte del gran imperio de España. Continuó su viaje por Asia y dio la vuelta al mundo llevando por todas partes la vacuna que salvaría tantas vidas.

El doctor Salvany se dirigió con parte de los ayudantes y de los niños a Nueva Granada, que es la actual República de Colombia; antes de llegar al puerto de Barranquilla, naufragó la barca que los llevaba y se salvaron milagrosamente. Visitó Cartagena y continuó por el río Magdalena, vacunando a los habitantes de sus riberas, hasta llegar a Bogotá, capital del virreinato.

Una vez cumplida su misión en esta ciudad, marchó a Quito. Aunque en el viaje sufrió la pérdida de un ojo y más tarde la de una pierna, no se desanimó. De Ecuador pasó al Perú, y en Lima fue muy bien recibido y ayudado en su labor. Allí la expedición se volvió a dividir: una parte siguió a Chile, otra se encaminó al sur de Perú y Salvany se dirigió a La Paz. Realizaron su labor a costa de inmensos esfuerzos, pues tuvieron que luchar contra la hostil naturaleza tropical, atravesar grandes ríos, hacer frente a tribus salvajes, cruzar las altas montañas de los Andes, soportar los malos climas y vencer muchas enfermedades. Salvany cayó enfermo, pero continuó vacunando hasta que, al fin, en una región desconocida del mediodía del Perú, murió víctima de su gigantesco empeño.

Así terminó la famosa expedición de la vacuna, que inoculó el milagroso virus a casi un millón de personas en la América española y puso reme-dio a una de las enfermedades más terribles.

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