jueves, 9 de abril de 2009

¿Qué tan comunes somos?

Lo parecido que podemos ser todos, no limita nuestra capacidad de libre pensamiento y la inteligencia con la que podemos vivir. Así que solo tu puedes decidir como quieres ser

Habitar en un mundo junto con cientos de millones de seres comunes, puede resultar muchas veces complicado y confuso. La pérdida de identidad y la falta de un criterio propio, son epidemias que aquejan a todos los que pasamos por las vicisitudes de lo cotidiano. La alternativa para no perderse en este vasto océano, es definir quienes somos, encontrando en ello una de las recompensas más satisfactorias.

Poco o nada se sabe al respecto del primer González, pero es un hecho que el muy hábil, buscando dejar de ser común (que también era común en esos días), se decidió a tener una gran descendencia. Lo mismo ocurrió con otros tantos que ostentaban semejantes apellidos, los cuales, más que apelativos, figuraban como meros gentilicios. Así, hartos Franciscos, Alejandros, Juanes, Antonios, Lupitas, Claudias, Pérez, Torres, González, Fernández, Benítez, Gutiérrez, Ramírez, Gómez y Rodríguez pululan por las calles, establecimientos, oficinas y escuelas, dándole a nuestros nombres, esas armas que supuestamente nos marcan como individuos únicos e indivisibles, un aire de pluralidad eternamente compartida.

Todo comienza en tus primeros días escolares, cuando en la lista descubres que más de uno de tus compañeritos se llaman y apellidan como tú. Los maestros te llaman por tu número, aprobando la educación que han recibido, en diversos momentos y épocas de la historia, millones de individuos como tú. Tiempo después, en tus años de juventud, tuviste novias que se llamaban como otras, concurrías con ellas "al igual que todos" a los mismos lugares de moda, te peleabas por las mismas razones todo el tiempo y concluías finalmente, que todas las mujeres son iguales (casualmente, ellas concluían lo mismo de ti). Tu primer coche, seguro uno usado, era de marca mundialmente conocida, y manejado por muchos. Tu primer empleo fue como aprendiz de algo común (contador, administrador, impresor, tendero de carrito de hot dogs, trapecista) y tu primer cheque lo gastaste en algo tan intrascendente que ya no lo recuerdas.

Hoy, llegas a la oficina, prendes tu computadora y por Internet envías correos que consisten en chistes o cartas cadena que otros te han mandado. Cuando alguien te pide tu dirección no das la de tu casa, sino la del correo electrónico, y cuando le escribes algo personal a alguien, tu letra es Arial o Times New Roman. Entonces, ¿qué podemos hacer para escapar de esta sentencia compartida y amorfa? ¿Qué hay que hacer para ser, aunque sea un poquito, diferentes?

El hecho de que seas un Pérez no significa que tengas que compartir constante y absolutamente la suerte de los demás. Encontrar tu propio criterio es más fácil de lo que piensas.

Algo que nos hermana a todos como seres comunes son, sin lugar a dudas, los modernos y maravillosos medios de comunicación y, en caso particular, la publicidad. El hombre auténticamente común, tanto el que ignora que lo es como el que está orgulloso de serlo, vive de, por y para los anuncios comerciales y los flamantes estilos de vida que aparecen en la radio, la televisión, las revistas, Internet y el cine. Nunca falta quien cree religiosamente que cierta loción provocará un éxtasis sexual nirvánico en miembros del sexo opuesto o que un producto que viene en presentaciones de pastillas, gel o jabones puede en realidad hacerle perder centímetros de cintura en cuestión de horas. Dicha persona debe de quedar con la boca abierta frente al televisor, al comprobar viendo hermosas modelos, las bondades de tales productos pensando "Si lo certifica un notario entonces debe ser verdad, la televisión nunca me mentiría".

En el mundo que estos curiosos seres habitan, un auto de superlujo es sinónimo de triunfo y categoría, y tenerlo (u obtenerlo) es la respuesta a todos sus problemas en la vida. La solución mágica.

Asimismo, el "hombre masa" cree al pie de la letra los artículos de cuanta literatura cae en sus manos, así como el de las promesas milagrosas de los anuncios publicitarios. Mucho de esto tiene que ver con su concepción del mundo, su formación académica, sus relaciones de amistad y trabajo y no podríamos dejar de mencionar, su seno familiar.

El mundo de las imágenes es tan superficial e imaginario que se puede acabar con tan sólo cerrar los ojos o abrirlos. Lo puedes comprobar de una manera muy sencilla. Cada vez que veas o escuches un anuncio publicitario piensa inmediatamente "Esto no es cierto". ¡Verás lo divertido que te es y las cosas que descubrirás aprendiendo a pensar por ti mismo!

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