domingo, 14 de junio de 2009

Hungría: la revolución de 1956

Al término de la Segunda Guerra Mundial, Hungría estaba ocupada por las tropas soviéticas y, de esta forma, quedó dentro del bloque socialista en virtud de un tratado de asistencia mutua suscrito en 1949. Al fusionarse el Partido Social Demócrata con el Partido Comunista Húngaro, surgió un partido hegemónico: el Partido de los Trabajadores Húngaros, que dio origen a la República Popular de Hungría. Bajo el gobierno de mano dura de Mátyas Rákosi comenzó una época de terror para los disidentes, miles fueron juzgados, ejecutados y, en el mejor de los casos, recluidos en campos de concentración. Cuando el gobierno se convirtió en el más represivo de Europa la situación social, sumada a una grave crisis económica, causó descontento entre los habitantes.

Tras la muerte de José Stalin en 1953, la esperanza de recuperar la libertad y la independencia se extendió por todo el bloque comunista de Europa. En Polonia un movimiento obrero depuso al gobierno en junio de 1956 y el líder Wladyslaw Gomulka exigió reformas a la URSS. Para aliviar la creciente tensión en Hungría, Rákosi fue removido de su cargo y reemplazado por Erno Gero.

Periodistas, intelectuales y estudiantes acentuaron sus críticas al régimen y el presidente reformista (1953-1955) Imre Nagy fue rehabilitado como miembro del Partido Comunista. Las sociedades estudiantiles cobraron nueva forma y el 23 de octubre de 1956 realizaron un acto masivo de protesta en torno a la estatua de Jozef Bem, líder de la independencia.

Dieron a conocer una lista de 16 demandas y echaron abajo una enorme efigie de Stalin.

Erno Gero solicitó la intervención de las autoridades soviéticas y el 24 de octubre los tanques rusos entraron a Budapest, aunque no atacaron de inicio. Miles de manifestantes que se hallaban fuera del parlamento, empero, fueron masacrados por la policía húngara, hechos que propiciaron el estado de emergencia e hicieron urgente negociar el cese del fuego. Nagy llamó a la calma y formó un nuevo gobierno. Las tropas soviéticas se retiraron al interior del país, pero en la noche del 3 al 4 de noviembre llegaron nuevos efectivos rusos e iniciaron un ataque masivo contra el movimiento. Nagy fue depuesto y ejecutado. Cuando se pactó el fin de las hostilidades, el 10 de noviembre, habían muerto 2,500 húngaros y 14,000 estaban heridos. Miles fueron deportados a centros de reclusión en la URSS y el nuevo gobierno de János Kádár endureció su control.

La opinión pública internacional condenó los acontecimientos y las autoridades soviéticas se esforzaron en ocultar lo ocurrido; acusaron a la CIA de impulsar el levantamiento y afirmaron que todo había sido un asunto de política interna. La verdad no se conoció sino hasta la caída del comunismo, cuando muchos documentos secretos fueron desclasificados. Los más importantes son la trascripción de las sesiones de trabajo del Comité Central del Partido Comunista de la URSS.

Por ellas conocemos las opiniones encontradas y sus propuestas iníciales de solución. La más extrema de ellas consistía, en "suprimir, decididamente, a las fuerzas armadas de los insurgentes", fortalecer al Partido Comunista y establecer un gobierno títere pro-soviético, evitando las concesiones e impidiendo que los partidos de otros países apoyaran al movimiento. A través de las notas del 30 de octubre sabemos que los líderes soviéticos planearon una campaña de desinformación internacional para hacer creer que la ocupación militar de Polonia, Hungría y Rumania se había hecho con el consentimiento del gobierno y en bien del pueblo.

Nikita Kruschev (a la sazón primer secretario del Partido Comunista de la URSS) menciona dos rutas: "El camino militar: la ocupación. El camino pacífico: el retiro de las tropas y la negociación".

El 31 de octubre se inclina por la decisión militar: "No debemos retirar nuestras tropas de Hungría. Debemos restaurar el orden en el país. Del modo contrario estaríamos impulsando a los ingleses, a los estadounidenses y los franceses; a los imperialistas. Lo verían como una debilidad de nuestra parte, por eso tenemos que ir a la ofensiva. No tenemos otra salida... Crearemos un gobierno provisional." Otros participantes tomaron la voz: "Hemos demostrado tener paciencia, pero las cosas han ido demasiado lejos. Debemos asegurar que la victoria quede de nuestro lado. Debemos usar el argumento de que no permitiremos que se estrangule al socialismo en Hungría." Finalmente tomaron la decisión de actuar. Cuatro días más tarde comenzaba el baño de sangre en las calles de Budapest.

Por su parte, los reportes desclasificados de la CIA revelan que, a pesar de sus complejas operaciones de inteligencia en la zona, ni previó lo que iba a pasar ni estuvo vinculada al levantamiento: "El impensable estado presente de las cosas, que nos quita la respiración, tomó desprevenidos a muchos húngaros, pero también a nosotros. Difícilmente se nos puede culpar pues no contábamos con información del interior ni podíamos leer la mente de los rusos". En ellos se aclara que su intervención se limitó a recolectar datos. Leídos en conjunto los documentos confidenciales aclaran: a) la responsabilidad de Kruschev en la masacre, y b) la falsedad de las historias que vinculan a Estados Unidos con un movimiento de genuino corte popular.

A medio siglo de los hechos, la Revolución de 1956 es motivo de orgullo para los húngaros. Sus figuras centrales han sido rehabilitadas públicamente (en especial el presidente Nagy) y se ve en ella un ejemplo de la capacidad del pueblo para cuestionar a la autoridad.

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