domingo, 5 de julio de 2009

Rojo amanecer en Tiananmen

En 1989 se libraba una fuerte lucha por la liberalización del régimen en los países socialistas de Europa del Este. Como presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov parecía tolerar y hasta impulsar los movimientos que ocurrían en Hungría, la República Checa y Polonia. A finales de ese año, el régimen comunista se había abolido en todos esos países y en varios más. El muro de Berlín habla caído. ¿Qué pasaba en China, el país comunista con mayor número de habitantes?

Ya desde la década de 1950 el Partido Comunista Chino había denunciado a las autoridades soviéticas por separarse de la doctrina marxista más ortodoxa. Durante 1989 las políticas de Gorbachov, primero la Glasnost y después la Perestroika, parecían dar sobrada razón para justificar esas acusaciones. Las reformas realizadas en el gobierno chino habían sido muy limitadas y mientras habían permitido el surgimiento de pequeñas empresas privadas, el control político seguía en manos del Partido Comunista. Pero la población, contagiada del peculiar espíritu de 1989 y cansada de las restricciones a las libertades individuales, comenzó a exigir una transición democrática.

El movimiento se inspiraba en la figura de Hu Yaobang, quien, como secretario general del Partido Comunista, se había propuesto rehabilitar a las miles de personas perseguidas injustamente durante la Revolución Cultural y había ordenado el retiro de cientos de efectivos de la región ocupada del Tíbet, pues creía que los tibetanos debían tener el control sobre sus propios asuntos. Gran impulsor de la libertad de expresión y prensa, sus ideas ocasionaron que Deng Xiaoping (líder de gran peso en el Partido) lo obligara a renunciar en 1987. Yaobang murió el 15 de abril de 1989 durante una reunión del buró político del Partido. El régimen, titubeante, le ofreció un funeral de Estado, pero la población consideró que no se le honraba lo suficiente.

En las calles de Pekín hubo muestras de duelo popular que en unos días derivaron en genuinas manifestaciones que exigían la transformación. Una semana después 100,000 personas, en especial estudiantes, se habían reunido en la plaza Tiananmen, importante centro cívico de la capital china construido en 1651. A pesar de las instrucciones de dispersarse, permanecieron allí; el motín cobró fuerza a partir del 4 de mayo, aniversario del primer movimiento estudiantil en la China moderna, y se intensificó con la llegada de Mijail Gorbachov a la primera cumbre China- URSS que se llevaba a cabo en treinta años. El 20 de mayo un millón de personas ocupaban el centro de Pekín y un grupo de estudiantes levantó un monumento a la 'Diosa de la democracia' en la plaza. El 3 de junio el gobierno hizo llamar a unidades militares del interior del país, declaró la ley marcial y dio instrucciones de dispersar la protesta. En la noche del 3 al 4 de junio los tanques entraron a la plaza, hirieron a miles de personas y cobraron cientos de vidas.

Lo que realmente ocurrió allí fue descrito en un amplio conjunto de documentos confidenciales del gobierno chino. La indignación internacional motivó varias investigaciones para acceder a esos archivos reservados. A inicios del año 2001 un informante anónimo, entrevistado por el periodista Mike Wallace en el programa 60 minutos, afirmó contar con cientos de documentos que incluían la transcripción de conversaciones telefónicas y reuniones privadas obtenidos de respaldos en equipos de cómputo.

Con el tiempo fueron publicados en el libro The Tiananmen Papers: The Chinese Leadership's Decision to Use Force Against Their Own People, editado por Andrew Nathan, profesor de la Universidad Columbia. De acuerdo con estos documentos, fue Deng Xiaoping, con la complicidad del primer ministro Li Peng, quienes impusieron la solución de mano dura al conflicto. En los documentos, otras altas figuras del partido se oponen al ataque contra los estudiantes y se inclinan por una solución moderada. De ser genuinos, estos reportes pondrían en evidencia el enfrentamiento de dos posturas opuestas y las contradicciones internas de un partido comunista menos uniforme y hegemónico de lo que siempre se creyó.

El gobierno chino reaccionó afirmando que los documentos eran falsos y representaban un nuevo intento de los intereses occidentales para vulnerar la seguridad del Estado. En ese momento se realizaron arrestos para castigar a quienes podrían haber estado implicados en la `elaboración' de los textos. Por su parte, mediante información desclasificada en Estados Unidos, el público ha podido enterarse de la muerte de cientos de civiles y el vandalismo de los propios militares que irrumpieron en tiendas, bancos y otros edificios para saquearlos. En los documentos reservados, los hechos son descritos como 'un baño de sangre'. En 1999, diez años después, Zhu Muzhi, presidente de la Sociedad China para los Derechos Humanos, afirmó: "Si hubiéremos actuado de forma incorrecta en Tiananmen, no tendríamos la prosperidad actual, China estaría en caos. La gente se habría levantado para resistir al gobierno".

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