jueves, 20 de agosto de 2009

¿Era la alquimia la búsqueda del oro o de algo más sorprendente?

La otra cara de la alquimia

Durante siglos, el sueño de los alquimistas medievales fue descubrir cómo transformar plomo y otros metales "base" en oro. Si ello parece mucha ambición, palidece ante la recompensa que esperaban obtener a cambio: la inmortalidad.

Su interés primario por el oro encontraba fundamento en la antigua idea de que todo cuanto nos rodea está compuesto por diferentes proporciones de sólo cuatro sustancias básicas: tierra, agua, aire y fuego. Los alquimistas creían en la posibilidad de ajustar por medios químicos las proporciones de los elementos que conformaban el plomo para que se convirtiera en oro. Todos sus experimentos estaban encaminados a encontrar la sustancia —por ellos denominada "piedra filosofal"— que, al ser agregada al plomo, efectuara la asombrosa transmutación.

Niveles de significado

Las descripciones de dichos experimentos están plagadas de oscuras metáforas que pueden interpretarse de muchas maneras. Por ejemplo, un texto dice: "Asciende de la tierra al cielo con la mayor sagacidad, y después desciende nuevamente a la tierra, y reúne el poder de las cosas superiores e inferiores..." Esto podría interpretarse en el sentido de combinar ciertas sustancias químicas; pero también entenderse como la descripción de un proceso paralelo de purificación espiritual. A medida que avanzaban en sus experimentos, los alquimistas confiaban en refinar cada vez más los materiales "base" hasta obtener su esencia más pura: la piedra filosofal. Del mismo modo procederían para tratar de liberar el alma del cuerpo "base". Por consiguiente, el elixir que tuviera la propiedad de producir oro a partir de plomo conferiría perfección e inmortalidad al propio alquimista, quien, una vez alcanzada esta condición divina, se volvería hermafrodita.

Genios exéntricos

Tanto Isaac newton como Albert Einstein eran de carácter complejo y contradictorio. A pesar de su poderosa mente analítica y asombroso genio matemático, Newton sostuvo muchas creencias extrañas. Hacia el final de su vida se dedicó a la alquimia y la transmutación de los metales, esto es, cómo transformar plomo en oro. Redactó multitud de curiosos manuscritos referentes al fin del mundo y a las profecías de Daniel. Al fallecer Newton, sus amigos, desconcertados por el embarazoso hallazgo, mantuvieron ocultos los manuscritos durante años.

De niño, Albert Einstein fue de memoria frágil y mataba el tiempo armando rompecabezas y torres de naipes. Dejó de ir a la escuela a los 15; al año siguiente reprobó el examen de admisión del Instituto Politécnico de Zurich. Cuando finalmente logró ingresar, Einstein detestaba tanto estudiar que perdió todo interés en la ciencia durante un año entero, según declaró. Después de aprobar a duras penas los exámenes finales, trabajó como profesor y, más adelante, como examinador de patentes en Berna.

Principio nada prometedor para el más célebre científico del siglo XX. Sin embargo, tres años después de estar trabajando en Berna, Einstein alcanzó fama mundial por su teoría especial de la relatividad.

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