lunes, 7 de septiembre de 2009

El sapo que causó un suicidio

Los sapos poseen curiosos hábitos de apareamiento. La mayoría lo hacen en el agua: el macho se adhiere a la hembra, por semanas si es necesario, hasta que ella produce los huevecillos que él fertiliza. Para sostenerse durante el apareamiento sobre la resbaladiza piel, el macho desarrolla en cada extremidad un cojinete oscuro provisto de espinas.

El sapo partero es distinto: se aparea sobre tierra. Y por ello los machos no desarrollan "cojinetes nupciales". Pero, en 1909, el biólogo austriaco Paul Kammerer declaró haber criado varias generaciones de estos sapos a los que sí les habían crecido tales cojinetes.

Kammerer los mantuvo en un ambiente cuyas condiciones los obligaron a aparearse en el agua. Para adaptarse a tales condiciones, el macho descendiente de estos sapos parteros desarrolló cojinetes nupciales imperfectos, los cuales estuvieron totalmente desarrollados en la siguiente generación.

El trabajo de Kammerer hizo furor entre sus colegas. Parecía confirmar la teoría, ya abandonada, expuesta 100 años antes por el naturalista Jean Baptiste Lamarck, quien afirmaba que las adaptaciones físicas de los animales al ambiente eran susceptibles de transmitirse a su progenie. Si así fuera, los callos que se le forman a un carpintero aparecerían en las manos de sus hijos. Los genetistas modernos, por más que investigan, no dan con los mecanismos físicos que transmitan dichas adaptaciones. Los sapos parteros de Kammerer parecían haber logrado lo imposible.

Prueba entintada

Algunos científicos enfurecieron con la afirmación de Kammerer e iniciaron un mordaz ataque que duró años. Finalmente, en 1926, uno de ellos visitó Viena y disecó uno de los polémicos sapos. Las espinosas cerdas del animal preservado —ejemplar único, pues los demás se habían perdido durante la Primera Guerra Mundial— se habían quebrado por la continua manipulación; pero faltaba lo peor: encontró que la mancha en la piel del sapo se debía a una inyección de tinta india. No había indicio de que el animal hubiese tenido jamás cojinetes nupciales.

Kammerer admitió pesaroso la presencia de tinta, pero negó saber nada sobre el fraude. Varios años antes, el mismo sapo había sido examinado por dos grupos independientes de científicos. Ambos habían visto las almohadillas, sin haber advertido signo alguno de tinta inyectada.

Semanas después de publicada la noticia de la alteración, Kammerer, de 46 años, se quitó la vida. ¿Había falsificado sus resultados? Si bien ningún otro científico ha repetido esos experimentos con éxito, él no dio a sus sapos la importancia que otros sí les concedieron. El sugirió que los cojinetes nupciales eran producto de un "retroceso" genético a una época anterior a que los sapos parteros evolucionaran a aparearse en tierra. Nadie sabe hoy quién inyectó la tinta en la piel del sapo. Kammerer tenía una sólida reputación, por su rectitud. El responsable pudo haber sido un asistente ansioso de acicalar al maltrecho sapo; o quizá uno de sus críticos, en un intento de sabotear las pruebas que quedaban de los experimentos.
Poco antes de morir, Kammerer estaba sin dinero y enredado en una tortuosa aventura de amor. La idea de que alguien pudo haberse sentido tan amenazado por su trabajo que echó a perder el espécimen para desacreditarlo pudo haber sido, sencillamente, el golpe de gracia para el biólogo austriaco.

Excepcional A diferencia de otros sapos, los llamados parteros, que habitan en Europa Occidental, se aparean en tierra y no en el agua, y carecen de "cojinetes nupciales".
¿Sabías que...?

El sapo partero lleva ese nombre por la forma en que el macho asegura eI sano alumbramiento de las crías: primero fertiliza los huevecillos depositados bajo la hembra y después los envuelve alrededor de sus extremidades posteriores. Durante varias semanas Ios carga consigo a donde vaya; los mantiene húmedos y a salvo de los depredadores. Cuando están a punto, el macho sumerge las patas en una charca y "pare" los renacuajos dentro del agua.

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