viernes, 23 de octubre de 2009

Palacios sobre ruedas; viajes de lujo en la época de oro de los ferrocarriles

A mediados del siglo XIX, los monarcas estaban tan fascinados con los trenes como el hombre común. Sin embargo, cuando la realeza viajaba, lo hacía en vagones igual de cómodos que sus palacios.

Los fastuosos interiores reflejaban el gusto personal del real viajero: el rey Luis de Baviera creó una versión en movimiento de sus famosos castillos de ensueño, y de continuo agregaba nuevos toques de lujo (hasta los asientos de los excusados tenían acojinamiento de plumas de cisne auténticas). Tan orgulloso estaba del tren que, según se dice, lo hacía circular vacío por el reino para que sus súbditos pudieran admirarlo. Y aún más ostentoso fue el que se mandó construir Said-Bajá, virrey turco de Egipto. El coche salón albergaba sus aposentos en un extremo y los de su harén en el otro; la locomotora estaba decorada en púrpura y plata con elaborados adornos en rojo y dorado.

Decoro y decoración

La reina Victoria hizo su primer viaje en tren en 1842, en medio de una enorme pompa y ceremonia. Uno de los vagones tenía cortinas de seda en carmesí y blanco, y sofás bellamente labrados al estilo Luis XIV. El viaje fue bastante lento, pues la soberana exigió que el tren no corriera a más de 70 km/h.

Muchos otros jefes de Estado gozaron de opulencia semejante. El emperador austrohúngaro Francisco José I tuvo un tren con comedor de gala de 16 asientos, antecomedor y un vagón cocina con literas para los jefes cocineros. El último de los grandes trenes reales, armado para el rey Víctor Manuel III de Italia en la década de 1930, era un palacio renacentista en miniatura, con un salón para banquetes en rojo y dorado y otras habitaciones acabadas en cuero dorado, sedas, tapicería y maderas exóticas.

Sin embargo, los vagones privados amueblados con fausto no eran sólo para los miembros de la realeza. El que se construyó para el papa Pío IX en 1859 tenía una sala interior del trono, forrada de terciopelo blanco, y una cúpula apoyada en pilares cincelados, con estatuas de tamaño natural de la Fe, la Esperanza y la Caridad al frente. En América, a fines del siglo XIX, poseer al menos un vagón suntuoso, con baños de mármol, plomería de oro, vajilla de plata, órganos, cuadros invaluables y murales hechos por encargo especial, se volvió un símbolo de posición social muy importante para los estadounidenses más ricos.

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