lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Por qué soñamos?

La medicina moderna sugiere que dormir entre seis y ocho horas diarias es suficiente para conservar una adecuada salud física y mental. Sin embargo, lo más interesante cuando decidimos entregarnos a los brazos de Morfeo no radica en el mencionado descanso, sino qué ocurrirá durante este lapso.

Siempre extraños y siempre enigmáticos, los sueños siempre han provocado curiosidad a los hombres. Se sabe que los egipcios hace cuatro mil años, ya daban una especial importancia a la interpretación de estos pasajes oníricos. Dicha civilización pensaba que eran manifestaciones de los dioses, quienes por medio de los mismos les transmitían mensajes cargados de esperanza, felicidad o temor; así como consejos para tomar decisiones que les regían la vida.

Toda esta creencia está plasmada en el papiro de Cherster Beatty, documento escrito en 1350 a.C. que daba una detallada descripción de los buenos y los malos sueños, así como conjuros para evitar que los negativos afectaran la vida de las personas. Los griegos llevaban a sus batallas a intérpretes para que con sus consejos se pudieran dirigir los ejércitos. Augusto, por su parte, aprobó una ley para que todo aquél que soñara con la República  tuviera que contarlo en público.

El Talmud de Babilonia tiene diversos datos de cómo se deben interpretar los sueños. Incluso en el Antiguo Testamento se mencionan episodios de soñadores, como José, Daniel, Salomón, Nabucodonosor y Jacob. Los chinos argumentaban que durante ésta etapa, el alma abandonaba el cuerpo para instalarse en otro mundo.

Al correr del tiempo, estas costumbres se fueron arraigando, creando toda una gama de personajes que se dedicaban a interpretar los sueños. En la Edad Media, por medio de la corriente del Neoplatonismo, los sueños conservaron su función de conocimiento, pero también fueron jerarquizados: las experiencias de los reyes y de los miembros de la nobleza debían ser considerados como de suma importancia, mientras que los de los plebeyos eran totalmente despreciados. Por su parte, San Agustín reconoció el origen divino de ciertos sueños al decir que “Dios usa imágenes oníricas para revelar al hombre cosas útiles de conocer”.

En el siglo XVIII, pensadores como Gottfried Wilhelm von Leibniz o Thomas Hobbes utilizaron los sueños como un tema de sus reflexiones filosóficas. Éste último comento: “Son el reverso de nuestra imaginación en estado de vigilia”. Para el siglo XVIII, durante la ilustración, se cuestionó el valor de las experiencias en los sueños. Para Emmanuel Kant, “los sueños carecen de todo valor, pues el hombre no está dormido totalmente; éste siente con claridad cierta medida y teje las operaciones de su espíritu junto con las impresiones de los sentidos externos”.

Con el Romanticismo, resurge de nuevo el interés, al grado de que Johann Wolfgang von Goethe escribe que “los episodios oníricos que se originan en nosotros pueden muy bien poseer una analogía con nuestra vida y destino”.  Después, Nietzsche, en el siglo XIX, opina que: “Los sueños no son más que la interpretación completamente arbitraria por parte de la conciencia de las irritaciones nerviosas”.

Sigmund Freud publica en 1900 una obra que cambió la concepción y el análisis de los episodios oníricos al darles por primera vez un enfoque científico a la interpretación de los sueños. En dicho libro, el austriaco establece que la aparente falta de lógica del sueño no era tal, sino que corresponde a diferentes estados que interactúan en la vigilia o en el momento de dormir.

Gracias a su método de interpretación de las asociaciones libres, fue capaz de descubrir que el contenido manifiesto del sueño representa la realización de un deseo, y no un designio de las alturas.

Carl Gustav Jung, discípulo de Freud, fue más allá y, basándose en la coincidencia de que el contenido de algunos sueños se repiten en todos los individuos, independientemente de la raza o clase social, elaboró la teoría del inconsciente colectivo, en la que, según el investigador suizo, los sueños están relacionados con el nacimiento, la vida y la muerte, el camino hacia la madurez, el hambre, el matrimonio y la sabiduría; una especie de herencia psíquica.

Pese a los importantes avances, aún quedaban muchos cabos sueltos, sobre todo desde el punto de vista neurológico, es decir, qué papel juega en estas imágenes inconexas el cerebro. En 1953, Nathaniel Kleitman, investigador de la Universidad de Chicago y fundador del primer laboratorio del sueño, empezó a realizar pruebas con el electroencefalógrafo, las cuales concluyeron que mientras el hombre permanece en estado vigilia, el cerebro emite ondas con una frecuencia que oscila entre los ocho y los 13 ciclos por segundo (alfa); por su parte, cuando duerme profundamente, el ritmo disminuye entre 1/2 y 2 (delta). En medio de ambas se ubican las beta y gamma, que corresponden al dormir y soñar respectivamente.

Dos años más tarde, Eugene Aserinsky, ayudante de Kleitman, observó que durante la fase más profunda, los ojos se mueven de un lado a otro a gran velocidad, fenómeno que bautizó como Movimientos Oculares Rápidos (REM) y al cual relacionó directamente con los sueños. Con ese descubrimiento se echó abajo la creencia de que había personas que no soñaban; simplemente no lo recuerdan debido a que el lóbulo pariental se encuentra "desconectado" durante las ensoñaciones.

Con estas conclusiones se puede asegurar que en una noche de sueño normal, un individuo sano tiene entre cuatro y cinco episodios REM, lo que significa que sueña la misma cantidad de veces. El primero tiene una duración aproximada de tres minutos, el segundo de 10, el tercero de 30, y el último puede durar hasta una hora; es decir, pasamos el 20 % de nuestra vida en esta etapa. Sin embargo, el tiempo que pasamos soñando no es igual durante la vida. Los primeros meses de nacido, cuando el sueño REM es más frecuente, de 17 horas que el niño duerme, ocho pertenecen a este periodo, mientras que el adulto que duerme ocho horas, sueña cuatro de ese tiempo. Las personas mayores ven disminuidas sus horas de sueño, por consiguiente, la etapa REM.

La ciencia aún no ha podido responder a la pregunta ¿Para qué sirve soñar?, lo que si puede contestar es cuáles son las funciones del sueño. Se ha comprobado que en este periodo se procesa el aprendizaje del día, se estimula la creatividad y se ayuda a desarrollar nuevas habilidades y la solución de problemas cotidianos; lo último se logra gracias a que en el sueño se rompen las barreras de la lógica, y el cerebro ofrece soluciones alternas que no se pensaron en la vigilia.

Los sueños, en apariencia insignificante y carente de sentido, juegan un papel tan importante para el ser humano como lo es comer o ejercitarse. El poeta francés Gérard Nerval dijo: "El sueño es una segunda vida". Por eso, si no duermes de forma adecuada, es momento de cambiar de hábitos, ya que con ello puedes mejorar en algunas áreas que creías desconocidas, incluyendo el conocimiento que tienes sobre ti mismo. Además... es gratis.

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