miércoles, 9 de diciembre de 2009

En busca del asiento del alma

Puede perdonarse a los médicos y filósofos de la antigüedad que fijaran el lugar del intelecto y de la conciencia o, según lo llamaban, "el asiento del alma" en cualquier parte del cuerpo, menos en el cerebro. Después de todo, el cerebro humano es relativamente pequeño y pesa en promedio apenas 1.5 kg. Ante un examen somero, su textura gelatinosa ofrece pocos indicios de la vasta complejidad de sus operaciones y de su gran importancia en la regulación de las funciones corporales.

La ignorancia sobre anatomía llevó en la antigüedad a, por ejemplo, la creencia de que las secreciones nasales venían directamente del cerebro y que la materia gris de éste se componía de flema. Por lo tanto, el asiento del alma se atribuía a órganos más interesantes en apariencia, como el corazón, el hígado o los riñones. Las frases "con el corazón partido" y "echar los hígados" son reminiscencias de aquellos tiempos. Aunque a fines del siglo V a.C. Hipócrates situó el intelecto en la cabeza, con fundamento en sus observaciones de la epilepsia, varias generaciones más tarde Aristóteles lo ubicó en el corazón, y descartó al cerebro por ser el órgano que "enfriaba la sangre". En el siglo II, el famoso anatomista griego, Galeno, descubrió ciertas funciones cerebrales, mas la opinión de Aristóteles prevaleció durante 1,500 años más.

No fue sino hasta 1628, cuando el médico inglés William Harvey descubrió la circulación de la sangre y demostró que el corazón es una bomba muscular, que cayó en descrédito la doctrina aristotélica. Incluso entonces se prefirió como asiento del alma otros sitios y no la materia gris del cerebro: los ventrículos, que son espacios en el interior del cerebro, o las meninges, sus membranas exteriores. El filósofo francés del siglo XVIII, Descartes, escogió el diminuto cuerpo pineal como punto de contacto entre cuerpo y alma, ya que es la única parte del cerebro que es órgano impar. Más adelante, los anatomistas practicaron autopsias y quedaron consternados cuando descubrieron que la glándula considerada "asiento del alma" no era más que un residuo calcificado.

Fue Franz Joseph Gall —anatomista austriaco que se especializó en el cerebro antes de desviarse hacia la seudociencia de la frenología— el primero que a fines del siglo XVIII descubrió en el cerebro el origen de los nervios. Identificó la corteza cerebral, gruesa capa de materia gris que cubre al cerebro en su totalidad, como asiento de las funciones superiores.

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