domingo, 21 de marzo de 2010

Los secretos de las Meninas

Mágica, inquietante - también sospechosa-, Las Meninas es una de las joyas más preciadas del Museo del Prado. Está en una sala exclusiva, y quienes se acercan a admirarla se conmueven y asombran como lo hizo la corte de Felipe IV aquel verano de 1656 cuando Diego de Velázquez le dio los últimos toques a esta obra inmortal, que desde entonces perturba por su impresionante realismo. "Pero, ¿dónde está el cuadro?", dicen que preguntó él crítico y poeta Teófilo Gautier el día que entró a verlo en la sala. Era una pregunta lógica. Gracias a su inquietante perspectiva, con 

Las Meninas se establece una extraña complicidad entre quienes miran el lienzo y quienes lo protagonizan: mágicamente que rota la ba­rrera entre ficción y realidad. Sin embargo, pese a su innega­ble realismo, es una de las obras que más secretos y misterios encierra. Muchos ya han sido dilucidados, pero tal vez el más perturbador de todos sea el que señaló el especialista español Ángel del Campo y Francés. Estudió durante años a Las Meninas e investigó los pá­rrafos más oscuros de la vida de Velázquez.

Apoyado exclusiva­mente en la rigidez de las mate­máticas y en los laberintos de la geometría, arribó a conclusio­nes que asombran a los estu­diosos de todo el mundo: para componer su famoso cuadro, Diego de Velázquez no solo hizo uso de su genial talento de artista, sino que también recurrió a la cábala, a las teorías pitagóricas y a las ciencias ocultas; de todo ello – se sabe – tenía profundos conocimientos.

El cuadro se puede "leer" así, en una primera interpretación nada difícil: la infanta Margarita, de apenas cinco años de edad, ha invadido el estudio que el pintor tiene en el Alcazar. A la noble niña la acompañan sus dos damas de honor -María Agustina Sarmiente e Isabel de Velazco-, una enana -Mari Barbola- y un enano -Per­tusato-. En segundo término, y en penumbras, se adivinan los bultos de otros dos servidores de la corte, y en el marco de la puerta del fondo se destaca la silueta del ayuda de cámara Jo­sé Nieto. Se supone que Veláz­quez, que también figura en la tela, está pintando un, retrato de la pareja real, Felipe IV y la reina Mariana, que no están en el cuadro pero a los cuales se los muestra reflejados en el espejo que esta junto a la puerta. Como la vida de Velázquez, el cuadro aparenta ser cristalino, sin secretos. No obstante encierra, igual que la existencia de su autor, un sinnúmero de interrogantes. El primero, aun sin respuesta, se centra en el aspecto que muestra el artista: no parece tener los cincuenta y siete años que realmente tenía cuán­do lo pintó. Su rostro es casi tan joven como el que se ve en su autorretrato, pintado dieciséis años antes. La segunda incóg­nita está en la pechera de su ju­bón, allí ostenta orgulloso la roja cruz de la Orden de los Caballe­ros de Santiago.

Se sabe que la aspiración máxi­ma de Velázquez era conquistar la categoría de hidalgo y ser miembro de la Orden de San­tiago. Lo consiguió al final de su vida: había solicitado esa distin­ción en 1636, y la recibió recién en 1659. Murió un año después: el hábito santiaguista casi le sir­vió de mortaja. Las Meninas fue terminado tres años antes de que se le otorgara la orden; vale decir, pintó el cuadro dejando en la pechera de su jubón el es­pacio para agregar posterior­mente la roja cruz, como si hu­biese estado seguro de que en ese sitio habría de pintarla. Conseguir la Orden de Santiago no era tarea fácil: el espíritu de cuerpo de los caballeros de hábito impedía in­gresar en sus filas a los que no probasen sobradamente la lim­pieza de sangre, y el oficio de pintor se consideraba deshonro­so en aquellos tiempos.

Para col­mo, los abuelos maternos de Ve­lázquez eran portugueses, ple­beyos e incluso se decía que po­drían ser de descendencia judía. Con esos antecedentes era casi imposible que le dieran la Orden, ¿por qué entonces se atrevió a pintar el cuadro dejando el espa­cio libre para estampar sobre su pechera la cruz santiaguista? Tal vez la respuesta esté en los dos largos viajes que el artista realizó por Italia. Se sabe que allí se vin­culó con los más agudos maes­tros de lo oculto, consultó los li­bros prohibidos de sabios, cientí­ficos, magos y astrólogos; no hay duda de que no era ajeno a los enigmas de á cábala hebrea. Según Del Campo y Francés, sus amplios conocimientos de astronomía los plasmó en Las Meninas.

Si se traza, por ejemplo, una línea que desde la cabeza de Velázquez llegue hasta la cabeza de José Nieto, parado en el marco de la puerta de la pared del fondo, pa­sando por sobre las cabezas de la infanta Margarita y de las dos meninas, se obtiene una figura que coincide con la forma que tiene la constelación celeste lla­mada Corona Borealis. No es casual que la estrella más bri­llante de esa constelación se de­nomine Margarita. También se descubren algunos mensajes astrológicos en el cuadro. No es difícil obtener la figura del signo de Capricornio, formada por un círculo que encierra a los siete protagonistas principales de la obra. Ni Felipe IV, ni la infanta Margarita, ni Velázquez pertene­cían a Capricornio; pero sí era capricorniana la reina Mariana de Austria, que había nacido el 23 de diciembre de 1634. Así, si­lenciosamente -de una manera sólo entendible por los inicia­dos-, el pintor le brindaba su afecto a una reina que no estaba pasando por sus mejores mo­mentos: de su maternidad de­pendía el destino de la corona de España. ¿Qué intimidades unían al pintor con la reina para que se atreviera a estampar se­mejante mensaje? Pero hay otras cosas más en esa tela. Basta con trazar un triángulo equilátero cuyos vérti­ces serían la cabeza de Marga­rita, la imagen de los reyes re­flejada en el espejo y la puerta abierta del fondo, por donde entra la luz que ilumina al cua­dro, para advertir algunas de ellas.

Ese mágico triángulo ex­plicaría el fundamental secreto de la obra. Según Del Campo y Francés, en Las Meninas se re­sume la realidad, la ilusión y el infinito. Un vértice del triángulo, el que da sobre la cabeza de la infanta, sería la realidad; el otro, sobre los reyes, la ilusión y, el último, sobre la puerta, el infini­to. El espejo representa la ilu­sión porque, según el estudio­so español, Felipe IV y Mariana no están reflejados allí, en con­tra de lo que siempre se creyó.

En verdad, lo que el especta­dor ve en Las Meninas no es otra cosa que un juego óptico creado por Velázquez, quien -temeroso de la Inquisición- decidió no revelarlo, pues vio­laba las leyes de la física acep­tadas en la época. Trazadas las coordenadas geométricas y establecidas las elementales reglas de perspectivas, Del Campo y Francés logró un análisis antropométrico de los cuerpos del rey y de la reina que están reflejados en el su­puesto espejo. El resultado es que los dos monarcas que po­san para Velázquez estarían "flotando" en el aire, lo cual -según Del Campo y Francés- es totalmente imposible. Tampoco es válido entender que lo que refleja el espejo es un busto de mármol de los re­yes, como alguna vez se dijo. Manteniendo las mismas coor­denadas geométricas, estaría­mos frente a un busto de pro­porciones sobrenaturales. Tampoco es posible aceptar que se trate de un cuadro, porque que­da claro que lo que está en la pared del fondo es un vidrio que refleja algo. Pero si no son los reyes de carne y hueso, si no es un busto de ellos, ¿qué es lo que refleja ese cristal que tanto ha preocupado a los estudiosos de todo el mundo? La sorpren­dente conclusión de Del Campo y Francés no deja lugar a du­das: se trata de un juego de es­pejos propuesto por Velázquez con la complicidad de José Nie­to.

Es él quien, desde la puerta de atrás, al apartar la cortina, orienta la luz del sol para hacer posible un experimento lumíni­co, llevado a cabo para demos­trar que eran válidas las teorías de Atanasio Kircher, el creador de la linterna mágica, conside­rada en esa época un aparato poco menos que diabólico. Así, dice el crítico español, pintó el retrato de los reyes sobre una pequeña tabla, la ubicó cabeza abajo, la colocó de forma tal que la luz solar, incidiendo oblicuamente sobre su superficie, proyectara por reflexión la figura, enormemente agrandada, a través de un cristal de aumento. En una palabra, estaba aplicando el fenómeno óptico de la linterna mágica en un cuadro que, aparentemente, sólo es­taba destinado a inmortalizar un momento de la vida familiar en palacio. Si esto que dice Del Campo y Francés fuese cierto, el prodigioso atractivo de Las Me­ninas sería doble y encerraría un cautivante misterio, tan enigmá­tico como su autor. 

¿Quién era, en verdad, este Velázquez, que dejó a su soberana un riesgoso mensaje de amor oculto, que desafió a la Inquisición y que se anticipó a los acontecimientos calculando exactamente el lugar para una cruz que iba a pintar al­gunos años más tarde?

Tal vez no se sepa nunca. O tal vez bas­te saber que fue sólo un genio.

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