viernes, 23 de abril de 2010

¿Acaso se reía Jesucristo?

El teatro, la literatura, la pintura y la tradición oral han servido de vehículos para el humor y la chanza en la historia. El puritanismo no ha conseguido borrar las muecas de regocijo de la boca de la gente.

Va un tipo al médico y le dice: "Doctor, cuando me levanto tengo mareos al menos durante media hora antes de empezar a sentirme mejor". Y el médico le contesta "Pues levántese media hora más tarde". El chiste es muy viejo, dirán, y con toda razón. Probablemente haya cumplido los 2,400 años. Pertenece a una colección de chistes griegos y latinos, que se llama Philogelos, procedentes de manuscritos de diversas épocas y recopilados en el siglo III. Es increíble que todavía nos pueda hacer gracia algo que se inventó entonces. Pero aún lo es más que hoy se repitan los sketches de humoristas de hace más de 20 siglos. Jenofonte (430 a 350 a. C.) cuenta en su Banquete que el bufón Filipo (gelotopoios, el que provoca risa) no conseguía arrancar la guasa de nadie hasta que se puso en un rincón a llorar ostentosamente su fracaso y entonces todos se rieron a carcajadas.

Y también conocemos los clásicos dichos ingeniosos atribuidos a un personaje famoso. Se cuenta que a Sócrates le preguntaron si era mejor casarse o no y que éste respondió que daba igual porque en ambos casos acabas por arrepentirte. De Platón, que definía al ser humano humorísticamente como "un animal bípedo sin plumas", se recuerda la vergüenza que pasó el día que el gracioso de Diógenes apareció llamando a un pollo pelado "hombre platónico".

Pero casi en el mismo momento en que aparecen los mejores humoristas de la antigüedad, como Mistófanes, surgen los primeros puritanos detractores, pues la historia se empecina en no dejarnos estar contentos. Los pitagóricos de la isla de Crotona tenían duros preceptos ascéticos que incluían la prohibición de la risa, ya que sus maestros Pitágoras, el tirano de Siracusa y Aristóxeno jamás rieron... lo que aprovechaban los gansos atenienses para representarles en las comedias con máscaras avinagradas.

Al romano Plauto se puede atribuir la invención de las comedias de situación, tal como las vemos ahora en la tele. Plauto escribe diálogos delirantes y diferencia entre la risa provocada por los incidentes y la que surgía de los defectos de dicción del actor -el eterno truco del gangoso y del tartamudo-.

Encendida fue la polémica religiosa sobre la risa en la Edad Media. Por un lado, Aristóteles la había señalado como "un rasgo típico del hombre" en su perdida Poética; por otro, no se encontraba ningún episodio en los Evangelios que indicar que Jesucristo hubiera reído. Hubo gente como san Luis, rey de Francia que resolvió el debate del modo más ingenioso: no reía los viernes. Otros se acomodaron a las definiciones del Antiguo Testamento distinguiendo entre risa natural (la permitida) y risa maliciosa (la prohibida).

La censura trató de impedir que el humor siguiera formando parte de la vida. No lo consiguió con el Arcipreste de Hita, quien, a finales del siglo XIII, se atrevía a provocar con versos satíricos que atribuían al dinero el poder de hacer correr al cojo y hablar al mudo.

Más adelante se escribió un auténtico recopilatorio de anécdotas satíricas: Il libro del cortegiano, de Baldassare Castiglione, que data de 1528 pero apareció censurado en la edición de 1584. Al mismo tiempo, la Iglesia colocaba en el Índice de libros prohibidos a diversos libros humorísticos, como las burlas del bufón Arlotto y las sátiras de carnaval de Erasmo, y el cuentista Traparolo terminaba juzgado por la Inquisición. La censura cambió los personajes relacionados con el clero en los cuentos del Decamerón de Bocaccio, para que frailes o arcángeles no se vieran implicados en historietas más o menos verdes.

Si hay un país occidental dotado para el humor es Inglaterra. Allí dieron sus primeros pasos hacia 1500 los personajes más delirantes Shakespeare y Ben Johnson. Con muestra, la broma pesada que le gasta al odioso criado Malvolio en comedia Noche de Epifanía, haciéndole creer que le gusta a su señora condesa Olivia. Rabelais y Cervantes son los otros dos grandes humoristas europeos, junto con el autor de El Lazarillo de Tormes. En Siglo de Oro español Quevedo, Lope y Góngora lanzaban tan ingeniosos como feroces dardos.

Aunque parezca mentira, la asamblea revolucionaria francesa estuvo llena de momentos hilarantes. Antoine de Baecque, profeso de Historia en la Universidad d Versalles, ha recopilado hasta 408 casos de estallidos de risa. Uno de los más estruendosos lo provocó un sacerdote que subió a hablar por “primera y quizás última vez" solicitando que se habilitara un despacho en la Asamblea para que los revolucionarios pudieran confesar ante un capellán sus muchos pecados. La carcajada fue tan general que hubo que disolver la sesión.

Los ingleses, de nuevo, despertaron las conciencias puritanas de la época victoriana con la revista Punch, fundada en 1841, que publicaba burlas, sátiras y caricaturas hasta de las instituciones más respetables, como la Iglesia o la Corona. Nacía la paradoja de manos de Oscar Wilde, quien aseguraba que la seriedad era el pecado original del mundo. El humorista inglés empezaba a seguir la definición de Horace Walpole: "La vida es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten". Más tarde, Bernard Shaw y Gilbert Chesterton desarrollaron las paradojas más genuinamente british.

El affaire Dreyfus fue un detonante para la aparición de revistas satíricas francesas, como L' Assiette au Beurre, en la que dibujaba el sarcástico y excelente pintor Honoré Daumier. Los humoristas eran entonces muy desgarrados: una viñeta de Jean Véber que se titulaba Lourdes, por ejemplo, mostraba a un sacerdote echando a un agonizante de la gruta mariana mientras le decía: "¡Márchese, aquí no se viene a morir!”

España e Italia vieron nacer en el siglo XX el humor del absurdo, sobre todo en el teatro. El cine acababa de llegar al mundo del humor.
  • Franca Trippa y Frittellino. A finales del siglo XVI y principios del XVIII se desarrolló la commedia dell'arte italiana. Sus actores, excomulgados, procedían del pueblo y actuaban con máscaras representando un papel arquetípico e improvisando sobre él. Los más populares eran el criado Arlequín, el comerciante Pantalón o el soldado Matamoros. Luego, Carlo Goldoni y más tarde Moliere adrizaron esos personajes en sus comedias.
  • El humor es un pecado mortal. Jorge de Burgos, el personaje de El nombre de la rosa prohíbe leer a los monjes la Poética de Aristóteles, donde se reivindicaba la risa. Las Reglas monásticas consideraban que el mal venía del exterior e interior del cuerpo humano, y sus orificios eran los filtros. Cuando a un monje le entraba la risa tenía que cerrar la boca y usar la barrera de los dientes impidiendo su salida.
  • Contrarreforma contra la juerga. El papa Pío V promulgó un decreto contra la risa "sin moderación" en la Iglesia, en 1582. San Carlos Borromeo y otros representantes de la contrarreforma lo confirmaron.
  • En la Biblia hay muy pocos episodios en los que se cite el humor o la risa. Uno de ellos es el de Abraham y su mujer Sarah cuando Dios les anuncia que van a tener un hijo a una edad muy avanzada. Ellos se carcajean sin creérselo, y cuando nace por fin el niño le llaman Isaac, que significa risa.
¿Cómo se dice Ja, ja, ja en swahili?

Los antropólogos no se han preocupado demasiado por comprender el humor en los pueblos que estudiaban y, dado que está ligado estrechamente al idioma y a la memoria cultural, es muy difícil comprender las ocurrencias de otras civilizaciones.

El etnólogo Hans Fisher describió su llegada a un pueblo de Papúa-Nueva Guinea en los años 50 como una sucesión de risas incomprensibles, que a veces se desataban porque él era demasiado alto o porque se equivocaba al hablar en su idioma. Otra estudiosa, Laura Bohannam, describió en Return to Laughter su estupor al constatar la juerga que sacudía a los tiv de Nigeria cuando veían a un animal agonizante.

El antropólogo, Chapen contó cómo se carcajeaban los yanomami de la selva venezolana cuando él repetía en alto el nombre de alguno de ellos que otro le había susurrado al oído. Luego se enteró de que los nombres que él decía significaban cosas como "vagina peluda", "recto sucio" o "caca de buitre".