martes, 13 de abril de 2010

Un futuro de animales y plantas hechos a la medida

En abril de 1998, la Oficina de Marcas y Patentes de EUA otorgó una patente para un ratón, a solicitud de la Universidad de Harvard. El ratón tenía un gene causante del cáncer de pecho. Hasta ese entonces, ningún animal de investigación había sido patentado. Para decidirse a sentar este precedente, los examinadores tardaron más de cuatro años en aprobar la solicitud. Los anteriores intentos de patentar animales con alteraciones genéticas no habían encontrado eco porque las técnicas empleadas no eran nuevas. Pero poco después de otorgársela a Harvard, la Universidad de Adelaide solicitó una patente australiana para un cerdo de rápido crecimiento.

Éstos son sólo dos productos de la ingeniería genética, una joven ciencia que podría acarrear amplios beneficios a la investigación, con enorme potencial comercial en agricultura. Pero, ¿en qué difiere de la reproducción selectiva tradicional la forma en que los ingenieros genéticos alteran la naturaleza de plantas y animales?

La forma y las funciones de los seres vivos están controladas por el ADN, que actúa a través de los genes (partes de los cromosomas dentro del núcleo celular). Los genes, solos o en serie, determinan, por ejemplo, si un animal tendrá ojos azules o una planta flores rojas. Este carácter se transmite de una generación a otra. La tarea de la ingeniería genética es identificar cuáles genes producen el carácter que se intenta reproducir, copiarlos y después trasplantarlos a tejido vivo.

Ésta es una labor desalentadora. En una célula, cada par de cromosomas contiene entre 10,000 y 90,000 genes. Su papel específico en el control del crecimiento de un organismo, su bioquímica y comportamiento apenas se empiezan a comprender, y cada planta o animal posee un conjunto propio. Sólo cuando se cuenta con la suficiente información de un organismo determinado es que el trabajo de un ingeniero en genética resulta relativamente sencillo.

Una vez identificados, hay que transferir los genes. Una forma de hacerlo es alterar ciertas bacterias para que cuando ataquen a las células del organismo elegido dejen atrás nuevos genes. Otra, es disparar al interior de la célula diminutas "balas" de tungsteno cubiertas con genes nuevos o, mediante el empleo de electricidad, perforarle agujeros a través de los cuales los biólogos alimenten los genes. Y no hay garantía, después de todo, de que los nuevos genes serán "aceptados" como parte de la célula, o de que surtirán el efecto deseado.

Pero ha habido logros fascinantes en ingeniería genética. Por ejemplo, en Edimburgo, Escocia, un rebaño de ovejas produce ahora leche que contiene sustancias coagulantes que antes sólo se encontraban en la sangre humana. Se pueden extraer de la leche y emplearlas para curar hemofílicos, cuya sangre es de difícil coagulación.

También han comenzado a surgir plantas "sobre diseño". Actualmente, los botánicos hablan de producir granos de café sin cafeína e, incluso, hojas de tabaco sin nicotina.

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