martes, 13 de julio de 2010

¿Por qué no vivimos bajo tierra?

"Washington" sirve como término para hacer referencia a la sede del poder en los Estados Unidos. Se le considera como una identidad colectiva única, como por ejemplo: "En Washington se ha tomado la decisión de enviar a un diplomático de alto nivel a las conversaciones nucleares en Irán". Canadá cuenta con una entidad similar, Ottawa, y, durante la Guerra Fría, Washington y Ottawa trabajaron estrechamente para defender el pedazo de continente que comparten contra un posible ataque soviético

El resultado más destacado de esta campaña de defensa conjunta fue el NORAD, Mando Norteamericano de Defensa Aérea (North American Air Defense Command) de seguro lo conoces, es donde transcurre la acción en la película Juegos de Guerra y la serie Stargate SG-1. NORAD provee comunicación global, detección, validación y alerta de posibles ataques de misiles balísticos hacia Norteamérica abarcando detección continental, también provee alerta temprana en tiempo de paz en caso que el espacio aéreo este comprometido. Está ubicado en lo profundo de la Montaña Cheyenne, en Colorado, lugar que se considera el sitio más seguro de la Tierra.

Después de escarbar 700,000 toneladas de granito de las entrañas de la montaña, y de asegurar la única salida del centro de comando con dos puertas de 3.5 metros de espesor con acero a prueba de explosiones, los militares norteamericanos confían que la base puede soportar un ataque nuclear directo.

¿Por qué no vivimos bajo tierra?

La seguridad que ofrecen las estructuras subterráneas no es idea exclusiva en los Estados Unidos. El presidente Mao mandó construir una ciudad subterránea debajo de Pekín tras una disputa fronteriza con los soviéticos en 1969. En el mundo actual no polarizado, el poder ya no centra exclusivamente en los lugares donde están almacenados los misiles balísticos intercontinentales, ahora son los centros de datos los que se deben proteger más que cualquier otra cosa en el mundo; la información es más poderosa que las armas. La imagen de que lo subterráneo equivale a seguridad sigue siendo una constante.

Existen empresas que operan redes que no se conectan a Internet, almacenan datos de los historiales crediticios e información sensible bajo tierra; consideran que es ahí donde queda a buen resguardo su gallina de los huevos de oro. Esto se debe a que las estructuras subterráneas son menos susceptibles a la incursión de extraños y a los desastres naturales; ofrecen temperaturas constantes y, dado que no le afectan las condiciones meteorológicas, se requiere menos energía para su mantenimiento.

Por lo viendo tantos beneficios nos preguntamos ¿porque no vivimos allá abajo?

Construimos nuestras casas sobre el suelo por una razón. Estamos diseñados (o mejor dicho, evolucionados) para prosperar en éste entorno. Tenemos salud física y mental gracias al sol, al aire, a la flora y a la fauna con la que compartimos el mundo. En el caso de que la humanidad se desplazara a la vida subterránea, estaríamos desafiando nuestra propia evolución. 

Los seres humanos somos criaturas diurnas, destinados a desarrollar nuestras actividades con la luz del sol y a dormir durante la noche ante la ausencia de la misma. Poseemos un ritmo circadiano, un reloj biológico que dicta nuestros patrones de sueño basado en el ciclo de salida y puesta del sol. Estamos indisolublemente dependiendo de nuestra estrella. Los ritmos circadianos regulan una notable variedad de funciones metabólicas y fisiológicas. La acumulación de pruebas epidemiológicas y genéticas indica que la alteración de los ritmos circadianos podría estar directamente vinculada con el cáncer.

Ese vínculo con la luz solar se hace evidente a través de la vitamina D. Ese ingrediente es esencial para las funciones fisiológicas humanas. Previene el raquitismo (inadecuado y débil desarrollo de los huesos) en los niños y la pérdida ósea en los ancianos. La Vitamina D representa un papel importante en el mantenimiento de órganos y sistemas a través de múltiples funciones, tales como: la regulación de los niveles de calcio y fósforo en sangre, promoviendo la absorción intestinal de los mismos a partir de los alimentos y la reabsorción de calcio a nivel renal. Con esto contribuye a la formación y mineralización ósea, siendo esencial para el desarrollo del esqueleto, lo curioso es que la única forma de obtenerla es a través de la fotosíntesis, un proceso que es imposible de llevar a cabo sin la radiación ultravioleta.

También producimos serotonina a través de la luz solar. Esta hormona es la responsable en gran medida de nuestro buen estado de ánimo, inhibe el enfado, la agresión, la temperatura corporal, el humor, el sueño, el vómito, la sexualidad, y el apetito. Estas inhibiciones están relacionadas directamente con síntomas de depresión. Particularmente, los antidepresivos se ocupan de modificar los niveles de serotonina en el individuo.

El aire es otro ingrediente importante para el buen funcionamiento del cuerpo humano. Nuestros pulmones se han desarrollado de tal manera que están bien adaptados para aceptar la mezcla de elementos que componen nuestra atmósfera, la cual consiste en su mayoría de nitrógeno, oxígeno y algunos rastros de argón y dióxido de carbono; así como a la presión atmosférica en la que se encuentran. Vivir a decenas o centenas de metros bajo la superficie, puede ocasionar que el aire se separe de la sangre, como le ocurre a los buzos de profundidad, convirtiéndose en burbujas potencialmente mortales. La misma presión que se ejerce en fondo marino, ocurre en las entrañas de la tierra, por eso, los mineros deben utilizar el mismo tipo de paradas para descomprimirse mientras vuelven a la superficie.

Por supuesto que podríamos adaptarnos paulatinamente, de hecho, esa es la clave de la evolución. Y como prueba de ello, tenemos un claro ejemplo de evolución humana acelerada, pero del otro lado del espectro atmosférico. Los tibetanos se han aclimatado a respirar un aire menos denso y, en un poco más de 3,000 años, se han modificado sus organismos para vivir cómodamente a elevadas alturas, en donde el aire tiene menos oxígeno. Bajo tierra, los topos han evolucionado para producir y circular más sangre y hemoglobina rica en oxígeno.

Podríamos suponer que los humanos prosperaríamos bajo tierra si utilizamos nuestra mejor herramienta de adaptación: la tecnología. De este modo no tendríamos que esperar miles o millones de años de evolución, eliminando la prueba y error que se necesita para desplegar a los seres más aptos para ese entorno. Podemos modificar simplemente el ambiente para que sea adecuado para nuestros organismos tal y cual son en la actualidad. El problema más grande es en todo caso, es de diseño tecnológico.

La idea de vivir bajo tierra no es nueva; tribus en diferentes regiones del planeta han vivido ya de ese modo, descubriendo que la climatología no les afectaba en gran medida. Desde hace algunas décadas se ha retomado esta práctica, y se ha experimentado con proyectos de vivienda parcial y totalmente enterradas. Tal vez no sean casas que se vean muy bonitas, pero si son muy prácticas. A unos cuantos metros bajo tierra el calor del desierto “casi” desaparece, y en los lugares helados permite una mejor conservación del calor generado para mantener la vida. Pero incluso en esas condiciones es necesario salir a la superficie para abastecerse de lo necesario para la supervivencia; de lo contrario, tendríamos que comer gusanos arrancados de las paredes… viscosos, pero sabrosos.

Tal vez hayas escuchado hablar de las catacumbas. Son unas galerías subterráneas que algunas civilizaciones mediterráneas antiguas construyeron y utilizaron como lugar de enterramiento. Las más conocidas y las mejor estudiadas son las catacumbas de la ciudad de Roma. También son conocidas las catacumbas de París, aunque su origen es bien distinto.Por lo general el espacio consta de diversos núcleos, dispuestos en pisos, casi siempre excavados en distintas épocas. Cada piso tenía su entrada propia hasta que con el tiempo se fueron comunicando hasta quedar reunidos

El agua bajo la tierra no es un problema, de hecho, el 30 porciento del agua potable de la cual podemos disponer está en los acuíferos. Ésta fuente de agua dulce se renueva constantemente con las precipitaciones, además, el filtro de rocas por el cual pasa la deja purificada. No así sucede con el aire, la densidad del suelo no le permite pasar, y es necesario contar con un eficiente sistema de ventilación para no morir asfixiados.

Los japoneses son los que más han desarrollado la tecnología para poder subsistir debajo de la tierra. Al tener una gran densidad poblacional, han buscado la manera de utilizar el espacio bajo la superficie para acomodar más centros comerciales y vías de transporte. Así que, poco a poco, resuelven los problemas de ventilación y prevención de accidentes en dicho entorno.

Shimizu Corp. publicó recientemente un proyecto para el aprovechamiento del subsuelo de Tokio. Se propone la construcción de amplios túneles que harían las veces de calles, a la que se conectarían galerías que se utilizarían como naves industriales. Además, el proyecto de la Shimizu contempla la posibilidad de incluir bloques de oficinas. El proyecto comenzaría con unas pocas galerías y se ampliaría modularmente a media que la demanda de espacio lo requiera.

Otro paso para poder desarrollar la vida bajo tierra, es el desarrollo de la hidroponía. Hoy en día esta actividad está tomando mucho auge en los países donde las condiciones para la agricultura resultan adversas, combinando la hidroponía con un buen manejo de invernadero se llegan a obtener rendimientos muy superiores a los que se obtienen en cultivos a cielo abierto. Es una forma sencilla, limpia y de bajo costo, para producir vegetales de rápido crecimiento y generalmente ricos en elementos nutritivos.

Se calcula que para el 2050 habrá más de nueve mil millones de seres humanos. Aun estará lejos la migración hacia el espacio exterior, por lo que no es tan descabellado pensar en utilizar el terreno debajo de nuestros pies para crear espacios cómodos para vivir. Habrá necesidad de desarrollar aun más la tecnología de los detectores de humo y mejorar los diseños de las estructuras que transporten ventilación y agua.

En la ficción, tanto Asimov como George Lucas nos han presentado ciudades e incluso planetas enteros cuyas civilizaciones viven bajo la superficie. En “Las bóvedas de acero” la población vive bajo tierra, mientras que la superficie es un gran parque; mientras que en Coruscant, tanto arriba como abajo se ha eliminado cualquier rastro de naturaleza. En ambos casos, los que han ideado éstos mundos no se complicaron al tratar de explicar cómo se lograron tales megaestructuras.

Actualmente vivir bajo tierra es un lujo, pero tal vez mañana sea una necesidad.

¿Por qué no vivimos bajo tierra?