martes, 17 de agosto de 2010

¿Hacemos mal cuando usamos la «media lengua» infantil con los niños?

Si se mira bien, es un fenómeno curioso. Apenas se inclina un adulto sobre la cunita infantil o sobre el pequeño que camina de la mano de su madre, la mímica de aquél se modifica inconscientemente, recurriendo a muecas faciales ligeramente exageradas. Al mismo tiempo le hablan utilizando un vocabulario limitado, con expresiones que ninguna persona adulta emplea jamás normalmente, y para colmo, impostando la voz una octava hacia los agudos.

Se ha dicho muchas veces que la «media lengua» perjudica a los pequeños porque retrasa el aprendizaje normal. Sobre esto se han realizado amplios estudios, según los cuales no sucede necesaria-mente así. Los niños de corta edad, tratados de palabra y gesto en las formas congruentes con su nivel de desarrollo evolucionan con mayor facilidad que los hijos de quienes se esfuerzan en utilizar siempre «el lenguaje correcto». Como en otros muchos aspectos de la educación, lo más lógico es adaptarse siempre a la edad y capacidad de comprensión de los pequeños. Y lo mismo que en esos aspectos se procura no abrumarlos exigiéndoles lo que está fuera de su alcance, deberíamos tener en cuenta este criterio en lo que se refiere al habla. Cuando, a la vista de un bebé, caemos inconsciente en la «media lengua», ello seguramente obedece a un mecanismo biológico que lejos de perjudicar a la criatura tiende a facilitarle el proceso de aprendizaje.

También tenemos ahí una posible explicación del retraso en inteligencia y desarrollo general que revelan con frecuencia los hijos de madres depresivas, en comparación con sus coetáneos, cuando se les pasan las baterías de tests correspondientes. A causa de la depresión, esas madres se expresan por medio de un lenguaje empobrecido, y con voz tristona y monótona, poco adecuada para transmitir estímulos intelectuales. Pero el caso es que los niños precisan un entorno estimulante, para poder procesar de manera completa y eficiente el gran volumen de información que cae sobre ellos en la primera infancia. El habla de las madres depresivas carece de la calidad acústica, podríamos decir, y no despierta la sensibilidad de los hijos hacia lo que les rodea.

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