miércoles, 22 de septiembre de 2010

Vanidad de vanidades

Vanidad de vanidades y todo es vanidad, pero, ¿a quién no agrada ser dueño de una porción, cuanto mayor mejor, de esta vanidad? No he conocido a nadie que, teniendo hambre, rechace un pollo bien condimentado porque el pollo, como todo lo de este mundo, es transitorio y fugaz.

Vanidad es el pollo, pero creo que todos cuantos lean estas líneas se han engullido muchos desde que nacieron. Yo deseo que mis lectores puedan comerse uno cada día, y que no bajen a la tumba sin haber consumido por lo menos quinientos mil. Sentémonos a la mesa, caballeros, y caigamos con apetito sobre esas vanidades.

Rociémoslas con vino, otra vanidad, otra cosa transitoria, hartémonos de vanidades, y demos gracias a Dios, que nos permite regalarnos con ellas; y sobre todo, aprovechémonos de los placeres aristocráticos, como se aprovechó Becky, porque también esos placeres son fugaces y transitorios.

William M. Thackeray, Vanity Fair, 1847

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