lunes, 4 de julio de 2011

¿Por qué no nos comemos a las ardillas?

De seguro ya han visto algún capítulo de Man vs Wild. En el primer episodio que yo vi, Bear Grylls, el protagonista de dicho programa, destazaba un camello y pasaba la fría noche del desierto dentro de los restos de ese animal. Esa serie nos ha deleitado constantemente con escenas en donde la alimentación consiste en los manjares más insospechados. 

Yo no he sido tan intrépido como Bear, pero si he comido gusanos, hormigas y hasta chapulines… pero no he comido ardilla; y supongo que tu tampoco… supongo.

Básicamente, las ardillas son ratas con buenas relaciones públicas. No nos comemos a esas ratas de árbol porque podríamos contagiarnos de la rabia, o de cualquiera de las otras enfermedades que portan, y que incluso se pueden contagiar por el simple contacto con la piel. Ahora que, estoy siendo injusto, porque lo anterior sólo aplica a las ardillas urbanas y suburbanas.

Las ardillas campiranas están bien, siempre y cuando seas tu el que las atrapes, y no se te ocurra comerte una que te encuentres muerta. Una vez que hayas matado la que te vas a comer, quítale la cabeza y las patas. A continuación, sácale todos los órganos internos y, lo que te quede – esto es muy, muy importante – lávalo con agua y vinagre. Ahora si, puedes cocinarla como si se tratase de pollo.

… y me dices a qué sabe.

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