viernes, 5 de agosto de 2011

No pensar como los demás

No pensar como los otros nos coloca en una situación desagradable. No pensar como los demás quiere decir, simplemente, que se piensa. Los demás, que se hacen la ilusión de que piensan, adoptan, en realidad, sin reflexionar, los slogans que circulan, o bien se asimilan a las pasiones absorbentes que ellos mismos se niegan a analizar. ¿Por qué razón se niegan, esos otros, a desmontar los sistemas de clichés, las cristalizaciones de clichés que constituyen su filosofía prefabricada, las ropas de confección? En primer lugar, evidentemente, porque las ideas recibidas sirven a sus intereses o a sus impulsos; porque eso les da la conciencia necesaria y justifica sus actitudes. Todos sabemos perfectamente que se pueden cometer los crímenes más abominables en nombre de una causa "noble y generosa".

Existe, asimismo, el caso de los muchos que no tienen el valor de sustentar "ideas como todo el mundo, o reacciones comunes". Ello es tanto más fastidioso cuanto que, casi siempre, es el solitario el que tiene razón. Hay un puñado de hombres, desconocidos, aislados en el primer momento, que son los que cambian la faz del mundo. La minoría se convierte en la mayoría. Cuando ese puñado de hombres se convierte en el mayor número y el más escuchado, es el momento en que la verdad resulta falseada, desnaturalizada.
Siempre he tenido la costumbre de pensar contra los demás. En el liceo, en la facultad, polemizaba con mis profesores y con mis camaradas. Trataba de criticar, me oponía a "las grandes concepciones" que me querían meter compulsivamente en la cabeza o en el estómago. Hay en ello razones psicológicas de las que soy consciente. De todas maneras, estoy contento de ser como soy. Así, pues, soy verdaderamente un solitario, porque me resisto a tener las ideas de los demás.

Pero, ¿quiénes son "los demás"? ¿Estoy solo yo? ¿Hay solitarios?

De hecho, los demás son las gentes de vuestro medio. Ese medio que puede inclusive constituir una minoría que es, para ustedes, todo el mundo. Si ustedes, viven en esa "minoría", esa "minoría" ejerce, sobre el que no piensa como ella, un dramático terrorismo intelectual y sentimental, una opresión que se va tornando paulatinamente insostenible. Me ha ocurrido, a veces, por cansancio, por angustia, que he deseado y he tratado de "pensar" como los demás. Finalmente, mi temperamento me ha impedido ceder a ese género de tentaciones.

Habría llegado al abatimiento, por último, si no me hubiera dado cuenta de que, en realidad, no estaba solo. Me bastaba cambiar de medio, ver otros países, para encontrarme con hermanos solitarios, que sentían y obraban, como yo. Con frecuencia, rompiendo con el "consenso" de mi medio restringido, he conocido a numerosos "solitarios" pertenecientes a eso que se ha dado en llamar acertadamente la mayoría silenciosa. Es muy difícil saber dónde se encuentra la minoría, dónde se encuentra la mayoría, como es difícil saber si se está delante o detrás. ¿Cuántas personas, de las clases sociales más diversas, no se han reconocido en mí?
No estamos solos, por tanto. Lo declaro para alentar a los solitarios, es decir a los que se sienten desorientados, como perdidos en su medio. Pero aun cuando los solitarios sean muchos, aun cuando haya quizás una mayoría de solitarios, ¿tiene siempre razón esa mayoría? Este pensamiento me causa vértigo. Con todo, estoy convencido de que hay razones para oponerse a su medio.

Eugene Ionesco, Antidotes, 1970

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