jueves, 27 de octubre de 2011

¿A qué suena una mano que aplaude?

Un día, un maestro de budismo zen andaba de paseo por la ribera de un río cuando, de pronto, advirtió algo que debió ser una sorprendente visión milagrosa: uno de sus discípulos caminaba sobre las aguas.

"¿Qué haces?", exclamó el maestro. "Cruzo el río", contestó el discípulo. "Ven conmigo", ordenó el maestro zen. Y emprendieron una larga caminata a pleno sol, hasta que se encontraron con un barquero. Cuando se subieron al bote, el maestro dijo: "Ésta es la manera de cruzar un río."

Este breve relato es representativo del aparente absurdo de que está empapado el budismo zen, introducido en China por el monje hindú Bodhidharma en el año 520. De todos los artificios de que el hombre se ha valido para investigar qué hay realmente bajo la cara exterior de lo cotidiano, el zen parece el menos lógico y el menos científico. El objetivo de la escuela zen de budismo es ir más allá de las palabras y las ideas con el propósito de que la percepción original de Buda retorne a la vida y, a diferencia de la teoría, la verdadera iluminación pueda ser experimentada.

Aprender con el ejemplo

Un maestro zen no enseña a sus discípulos. Ellos sólo lo acompañan y tratan de descubrir el secreto de su serenidad y la espontaneidad con que actúa. Ese momento de iluminación se llama satori. No existe otra forma establecida de lograrlo, pero, cuando se alcanza, el discípulo sabe —no en su razón, sino en su intuición— y comprende.

Enigma

Quizás el aspecto más desconcertante del zen es el koan: un problema sin solución intelectual. Si existe una respuesta, ésta no tiene ninguna relación lógica con la pregunta. "¿Qué es Buda?", dice un koan, y la respuesta que el maestro zen considera mejor es: "Unas cuantas semillas de lino." Interrogado acerca de dónde vienen todos los Budas, un maestro contestó algo enigmáticamente: "La Montaña del Este camina sobre las aguas."

Algunos koan implican cosas lógicamente imposibles. "¿A qué suena una mano que aplaude?", por ejemplo, o "Cuando la mayoría se reduce a uno, ¿a qué se reduce el uno?", o incluso "Caminar mientras se monta en burro".

Filosofía subyacente

Pero tras la máscara de sinrazón del zen yace una filosofía profundamente sensata. Uno de los objetivos de esos acertijos es enseñar la inutilidad de emplear la lógica y el lenguaje para lograr algo tan inexpresable como la iluminación espiritual. Otro es alentar reacciones espontáneas y decididas ante los hechos, para que el adepto responda de modo instantáneo, intuitivo y más acorde con las circunstancias, y eluda la trampa del pensamiento abstracto. (Este aspecto condujo a los samurai, la casta guerrera de Japón, a adoptar esta disciplina, con efectos devastadores para sus enemigos.) Pero preguntar por qué el hecho de caminar sobre las aguas no es prueba de enormes poderes espirituales tal vez tenga sentido para provocar una respuesta totalmente confusa.

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