viernes, 20 de enero de 2012

El poder de Bach, incólume al paso del tiempo

Su poder para exaltar, sosegar, desconcertar, deleitar e instruir sigue suspenso en una urdimbre maravillosa, incólume al paso del tiempo.

En toda la historia, la música de ningún compositor ha sido sometida a tantas versiones y estilos diferentes, y en general tan debatida y admirada como la de Juan Sebastián Bach. Este organista y maestro de coro, del movimiento barroco, no es una figura del pasado, sino una presencia viva, con quien está en deuda casi todo cuanto se ha hecho o se hace en música. Las razones de esto son muy sencillas: Bach es a la vez romántico y científico, melódico y objetivo. Como dice el compositor y escritor satírico Peter Schickele —mejor conocido por su seudónimo, "P.D.Q. Bach"—: "Bach siempre refulge, sin importar cómo lo toques".

La música de Bach representa la apoteosis de la vertiginosa e intrincada fuga, técnica estilística de composición en que un brevísimo fragmento de tema, tocado en contrapunto consigo mismo, en continua suspensión, culmina en la unidad expresiva. En sus últimos años, Bach escribió y nos legó su insuperado Arte de la fuga, que consiste, no en uno, sino en unos 20 distintos tratamientos del mismo tema de 12 notas. Las manipulaciones técnicas que esto implica confundirían al más ducho hacedor de rompecabezas; pues bien, cada solución de Bach está rodeada de un halo de belleza inefable.

Sin duda, la popularidad que ha alcanzado en el siglo habría pasmado al Maestro mismo. Durante sus 65 años de vida casi ninguna de sus composiciones llegó a ser famosa y muy pocas se publicaron. Sólo unas cuantas copias manuscritas de sus creaciones circularon entre músicos y eruditos después de su muerte, ocurrida en 1750. No obstante, muchas de las últimas obras maestras de Mozart ( nacido en 1756 ) , como el Réquiem y La flauta mágica, dan testimonio del encuentro del gran salzburgués con algunas composiciones para teclado del autor de las Pasiones. Y Beethoven también obtuvo enseñanzas del Clavecín bien templado, esa monumental y bellísima exploración de Bach, en 48 preludios y fugas, de los infinitos modos de la expresión contrapuntística. Hoy, esas 48 gemas musicales siguen siendo las piedras millares de la sapiencia musical para cualquier compositor que aprecie en lo que vale la integridad de su arte.

Veamos, entonces, ¿quién fue este compositor y maestro para todos los siglos?

La trayectoria de la carrera de Bach difiere poco de la de cientos de compositores provinciales de su época; excepto, en la calidad de su música. En aquel tiempo, era típico que un músico profesional pasara penosamente de uno a otro empleo, en calidad de maestro de coro —o cantor— y organista, en alguna corte o municipalidad. El empleo exigía también que el titular del puesto compusiera una cantata para la iglesia, cada domingo; una piececita para la orquesta de cámara del duque. La mayoría de estas obras constituían secas fruslerías sin valor artístico.

Nacido en la ciudad de Eisenach, que hoy forma parte de Alemania Oriental, Bach provenía de un largo linaje de músicos, cuyo origen casi se remonta al tiempo de Martín Lutero. Al cumplir los 18 años, el primer empleo importante de Juan Sebastián fue el de organista de la iglesia de Arnstadt. Bach se atrajo la ira de los pastores cuando se ausentó de allí sin permiso y fue a Lübeck, a unos 320 kilómetros de Arnstadt, para escuchar al organista virtuoso y compositor danés Dietrich Buxtehude. Posteriormente, en Weimar, a resultas de un pleito con su patrono, el duque Wilhelm Ernst, Bach fue despedido y encarcelado cuatro semanas.

Los 27 años que vivió Bach en Leipzig, donde creó la mayor parte de sus composiciones, no fueron más serenos. Cuando no lo reprimían en sesión solemne por castigar con excesivo rigor a un estudiante, lo atacaba el influyente crítico Johann Adolph Scheibe, que se refería a las composiciones de Bach como a "procedimientos pomposos e intrincados que las privaban de naturalidad y oscurecían su belleza con excesos de técnica".

En 1749, las cataratas y la mala salud afligieron a Bach, aunque siguió componiendo. En junio de aquel mismo año, el Ayuntamiento le asestó el último insulto: admitió en una prueba al sucesor de Bach, cuando este aún ocupaba el puesto.

El Maestro se casó dos veces: la primera, con una prima suya, Maria Barbara, que le dio siete hijos; luego, al quedar viudo, con Anna Magdalena Wilcke, que le dio otros 13. Varios de ellos murieron en la primera infancia, y de los que sobrevivieron, cuatro varones llegaron a ser compositores destacadísimos.

Incluso cuando alcanzó la gloria de sus grandes obras maestras del periodo de Leipzig, como la Misa en si menor y La Pasión según San Mateo, Bach estaba "fuera de moda". La exuberante retórica barroca que él utilizaba con tanta elocuencia cedió el lugar a melodías y armonías más sencillas. Ya se habían quedado atrás, en el gusto de la época, las complejidades contrapuntísticas y las largas y sinuosas líneas melódicas que sólo se resolvían al final. En la música nueva de entonces, las frases musicales, simétricas, flotaban melifluamente sostenidas por armonización de lento trascurrir. Entre los creadores de este nuevo estilo musical estaban dos hijos de Bach: Carl Philip Emanuel y Johann Christian. Poco después de la muerte de Juan Sebastián, el 28 de julio de 1750, el apellido Bach se refería automáticamente a sus hijos. Bach el Viejo se había convertido en reliquia.

Y como reliquia siguió, hasta el 11 de marzo de 1829, día en que Félix Mendelssoh3 dirigió la primera audición de la cantata La Pasión según San Mateo, desde la muerte del autor. MendeMendelssohn su propio arreglo, trabajando a partir de un manuscrito copiado de la partitura original. La obra maestra redescubierta creó gran sensación: se imprimió en 1830 y al estreno siguieron más ejecuciones en varias ciudades alemanas.

El Bach que llegó al corazón de la Europa romántica era un producto impuro. Los órganos del tiempo de Bach se habían deteriorado; los nuevos eran máquinas monstruosas que podían funcionar como orquestas accionadas por un solo hombre. Los arreglistas chapuceros publicaban ediciones de las obras corales en que las maderas de gatunos timbres contaminaban la orquestación limpia y discreta de Bach.

Estados Unidos también intervino en esa distorsión. La venerable Sociedad Handel y Haydn de Boston ejecutó una abreviada Pasión según San Mateo en 1874, en la re-orquestación estruendosa de la época romántica que entonces consideraban como auténtico Bach.

Luego, en 1889, cuando el lenguaje musical romántico parecía a punto de morir, aplastado bajo el peso de tan masivos sonidos, el músico de origen francés Arnold Dolmetsch, que vivía en Inglaterra, empezó a recobrar y a restaurar los instrumentos del pasado, de timbres suaves. Entre ellos, las violas, abuelas de la familia del violín, así como los clavicordios de íntima sonoridad y los tintineantes clavicémbalos, antecesores del piano.
Hoy, Bach llega hasta nosotros en muchas formas y magnitudes, y suena maravilloso en casi todas ellas. Examinemos la suerte que ha corrido una de sus más difundidas obras: la Tocata y fuga en re menor para órgano. Por una parte, está el irresistible pandemónium de la trascripción para orquesta, de Leopold Stokowski, que engalanó a la película Fantasía, de Walt Disney. Por otra, la versión que hizo el abogado de la "autenticidad" de Bach, Christopher Hogwood, en un Festival Bach del Centro Lincoln, de la Ciudad de Nueva York. En ese concierto, Hogwood, de origen inglés, y un violinista de su Academia de Música Antigua, demostraron muy convincentemente que la obra bien pudo haberse compuesto para violín solo.

Bach sobrevive a las estruendosas alteraciones de los victorianos y a las pastosidades de la orquesta de Stokowski. Cada uno de estos estilos ha ganado mucho público. Y lo mismo podemos decir del famoso disco Switched-On Bach ("Bach electrónico" ), en el que Wendy Carlos sometió la música de Bach a la manipulación electrónica, en sintetizador. De igual modo, son gustadísimas las escapadas de "P.D.Q. Bach", que apuntan a las convenciones de la música del siglo XVIII con exactitud rigurosa, pero que no dan en el blanco.

Cambian las actitudes de los intérpretes, pero Bach sigue incólume como fuerza que se renueva a sí misma. Escuchemos la parte inicial de La Pasión según San Mateo. Dos orquestas y dos coros se lanzan preguntas y se contestan recíprocamente, mientras un tercer coro, entonando una inefable y lenta melodía de consolación, parece que se cierne sobre nuestras cabezas, tan exactamente construida, que podemos oír cada nota de las tres entidades. Luego, escuchemos atentamente el Crucifixus, de la Misa en si menor, al final, cuando los bajos cantan sobre el entierro de Jesús en el registro sepulcral de su tesitura, y la armonía se desliza de pronto desde su firme posición en una tonalidad, hasta algún lugar fuera de este mundo.

"Jamás me sentí tan estrujado, tan profundamente conmovido, como en una catarsis que compartiera con el público", relata el violinista y director Yehudi Menuhin, refiriéndose a una de las interpretaciones que dirigió en Inglaterra de una de las Pasiones de Bach. "Me di cuenta de qué significaba dotar a los seres humanos de toda la gama de la experiencia humana: desde su aspecto más abominable, hasta su aspecto más sublime... y que el público la compartiera".

El poder de Bach para exaltar, sosegar, desconcertar, deleitar e instruir: todo esto sigue suspenso en una maravillosa urdimbre, incólume al paso del tiempo.
El compositor Ernest Bloch solía decir en sus clases de la Universidad de California, en Berkeley: "Siempre que tengo alguna pregunta, se la planteo al señor Bach. Y él siempre tiene la respuesta apropiada".

CONDENSADO DE "NEWSWEEK"

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