miércoles, 8 de febrero de 2012

Inexplicables coincidencias

Vivimos en un mundo más misterioso y travieso de lo que nos imaginamos, donde todo es posible.


POR SYLVIA FRASER
La novelista Adele Wiseman, oriunda de Winnipeg, Canadá, iba en su coche de Montreal a Toronto por la carretera 401 cuando vio una señal que anunciaba la salida hacia Odessa y Yarker, dos ciudades de Ontario. Tiempo después escribió una obra de teatro y, recordando aquel letrero, a uno de los personajes le puso el caprichoso nombre de Odessa Yarker. Antes de publicar y estrenar la obra, se mudó a la región de Toronto, donde conoció a la novelista Marian Engel, quien acababa de terminar un libro para niños titulado My Name Is Not Odessa Yarker ("No me llamo Odessa Yarker" Marian había visto el mismo letrero y se le había ocurido la misma idea.

Mientras ordenaba los recuerdos familiares de su marido, Bettina Kuypers, cartógrafa de Toronto, se sorprendió al encontrar una foto que le pareció conocida: en ella aparecía el esposo a lmismo.tro años de edad, sentado en el regazo de Santa Claus. También a ella le habían tomado una foto a los cuatro años sentada en el regazo del mismo Santa Claus de Toronto y en la misma Navidad.

La pintora Helen Lucas, oriunda de Saskatoon, Canadá, contemplaba con satisfacción tres cuadros que había pintado durante un fin de semana de intenso trabajo cuando sonó el teléfono.

—¿Helen? ¡Hola! Soy Sue. —La desconocida añadió unas palabras en griego y luego continuó'-: Como estabas enferma, tu marido me pidió que rezara por ti.
Sorprendida de que la mujer le hubiera hablado en su lengua materna, Helen objetó:
—Pero yo no estoy casada.
Tras explicar que trabajaba en el programa religioso de televisión "100 Huntley Street" ("Calle Huntley 100"), la mujer se dio cuenta de que había invertido dos dígitos, y dijo:
—Debe de haber sido la voluntad de Dios que usted y yo habláramos.

Inspirada por este extraño suceso, Helen publicó una nota para buscar esposo en un periódico de anuncios personales. Entre las primeras respuestas figuraba la de un hombre con el cual acabó casándose. Vivía en la calle Huntley.

Una noche fui a una fiesta en las afueras de Toronto junto con un cineasta y su esposa, a quienes llamaré Bob y Betty. Nos acompañaba un curandero indio muy venerado en su país, al que la pareja había invitado a Canadá para que tratara a un amigo suyo que padecía cáncer.

A la mañana siguiente me sorprendió ver en el recibo de la compañía telefónica un cargo por una llamada a Nueva Delhi. Aunque sabía que era absurdo, pensé: Apuesto a que ésta es la llamada que Betty hizo al curandero. Como no conocía bien a la pareja, llamé a la anfitriona de la fiesta para pedirle su número telefónico, que resultó ser igual al mío, salvo el último dígito. Tras hacer indagaciones, confirmé que la llamada telefónica había sido la invitación hecha al curandero. Más adelante me enteré de que la persona que contestó el teléfono en la Alta Comisión Canadiense, en Nueva Delhi, era mi amiga Carol, quien casualmente se encontraba de visita en la India.

Estas anécdotas demuestran por qué los científicos ortodoxos restan importancia a las coincidencias considerándolas meras obras del azar: porque contravienen todas las leyes de causa y efecto, de espacio y de tiempo. Sin embargo, es precisamente su naturaleza caprichosa lo que suscita curiosidad. El psiquiatra Carl Gustav Jung creía que descartarlas como carentes de sentido era menospreciar su peculiaridad y su significado personal.

Algunos casos clásicos están tan bien documentados que no es posible pasarlos por alto. En 1838 Edgar Allan Poe publicó El relato de Arthur Gordon Pym, en el que tres náufragos, a la deriva en una lancha en alta mar, matan a un grumete llamado Richard Parker y se lo comen. Cuarenta y seis años después, el 28 de octubre de 1884, el Times de Londres publicó el caso de tres marineros británicos que, rescatados de una lancha tras haber naufragado, fueron llevados ante los tribunales de su país por haber matado y devorado a un grumete. ¿Su nombre? Richard Parker.

En 1898 el escritor estadounidense Morgan Robertson escribió una obra de ficción titulada Futility: or The Wreck of the Titan ("Futilidad, o el naufragio del Titán"), sobre un trasatlántico de lujo, supuestamente inhundible, que chocaba contra un iceberg en el Atlántico Norte durante su viaje inaugural, en un mes de abril, con gran pérdida de vidas humanas. En abril de 1912, el Titanic chocó contra un iceberg en el Atlántico Norte durante su viaje inaugural, con gran pérdida de vidas humanas.

Muchos investigadores modernos se limitan a recopilar y clasificar las coincidencias, y dejan a los físicos la tarea de determinar cómo ocurren y a los psicólogos la de explicar qué significan. En mi categoría de "Palomas mensajeras" —así la he llamado por la persistencia de los objetos perdidos para volver a sus dueños—, abundan las anotaciones curiosas.

Poco después de mudarse a Calgary, Marilyn Trites perdió su libreta de direcciones. Seis meses después llegó a su casa una invitada mostrándole una libreta que acababa de encontrar en el taxi en que había llegado.
—¡Es increíble! —exclamó—. Está llena de conocidos nuestros.
Era la libreta perdida de Trites.

En 1972, apunta Alan Vaughan en su libro Incredible Coincidence ("Coincidencias increíbles"), el actor Anthony Hopkins se pasó un día registrando en vano las librerías londinenses en busca
de un ejemplar de The Girl From Petrovka ("La chica de Petrovka"), novela en la que se basaría su siguiente película. De vuelta a casa vio un libro colocado boca abajo sobre un banco de la estación de Leicester Square; lo volteó y... era The Girl From Petrovka. Como tenía muchas correcciones hechas a mano, Hopkins se lo comentó al autor del libro, George Feifer, cuando se reunieron después en Viena para rodar la película. Feifer se quedó estupefacto. Era una versión preliminar que se le había perdido un año antes de que Hopkins la encontrara.

En la categoría de "Accidentes felices" tengo anotada una ocurrencia que me relaciona con Shannon Brown, una pintora de 28 años. Cuando nos conocimos, en abril de 1995, Shannon me contó que tenía lastimada la rodilla a causa de un accidente de bicicleta.

—No estaba satisfecha con lo que hacía, y ese accidente me impulsó a profundizar más en mi pintura.
Su relato me tocó en lo vivo.

—Yo me fracturé la rodilla andando en bicicleta la primavera pasada —le dije—, y también fue una experiencia positiva porque me llevó a pensar y a sentir con más profundidad.

Nuestros accidentes no sólo habían ocurrido el mismo día, 17 de junio de 1994, sino que Shannon se cayó en el cruce que está enfrente de mi casa. Las coincidencias abren una ventana a un universo más misterioso de lo que nos imaginamos, y nos ponen en sintonía con los ecos de la risa cósmica.

1996 POR SYLVIA FRASER. CONDENSADO DE (OCTUBRE DE 1996), DE TORONTO, CANADÁ.

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