miércoles, 22 de febrero de 2012

¿Por qué somos supersticiosos?

Hecha sal sobre tu hombro, toca madera, ahuyenta al gato negro y olvídate de leer esto de debajo de una escalera.

Todos somos supersticiosos: puedes ser del tipo que señalas a las personas que cuelgan ajos en el marco de la puerta “por si las moscas” evita pasar debajo de una escalera; o eres de los que prefiere caminar una cuadra más con tal de no cruzarte con el gato negro que toma el sol en la acera. O mejor aún: te parece ridículo tirar sal por encima de tu hombro, pero si por casualidad la habitación del hotel que reservaste está en el piso 13, pides un cambio de nivel o aún mejor, buscas otro lugar. Es innegable que forman parte de nuestra cotidianidad pero, ¿nacemos supersticiosos o desarrollamos un gusto particular por el entorno en que vivimos?

Los psicólogos Jaime Ernesto Vargas Mendoza y Everardo Aguilar, coeditores del portal de divulgación psicológica científica conductitlan.net, así lo definen: “La superstición es un comportamiento no funcional manifiesto en algún animal o persona que no tiene como objetivo principal satisfacer una necesidad. Además, obedece a interacciones ambientales de naturaleza social.” Es decir, esta es una conducta que depende del “aprendizaje observacional”. “Si una persona observa a otro hacer o decir algo con intención de lograr un efecto positivo o negativo, copia esa conducta y la replica; más aún por obra de una coincidencia, sin que haya una relación causa y efecto, ocurre el efecto deseado, Dice Vargas Mendoza.

¿Cuántas veces nos hemos visto en ritos previos al cobro correcto de un penalti o un jonrón en el deporte profesional y lo imitamos con la intención que funcione también para nosotros? Asimismo existe la posibilidad de ajustar nuestro comportamiento a los que aprendemos de las generaciones anteriores. Desde muy pequeños escuchamos reglas que nos dicen que para algo tenemos que comportarnos de alguna manera, pero si esas reglas tienen un fundamento empírico o casual, dice Aguilar. Como mencionamos anteriormente, las supersticiones son comunes entre animales: el psicólogo Burrhus F. Skinner observó que al proporcionar trozos de comida a un grupo de palomas por intervalos fijos de tiempo, estas realizaban una especie de ritual previo al momento en que caía la comida. Eso también es una conducta supersticiosa, comenta Vargas Mendoza. Años después los médicos Staddon y Simmelhag destilaron esta misma teoría: “explicaron que la manera como la conducta animal [si, la humana también] se modifica por la intromisión de un estímulo”, dice Aguilar, “aunque nuevas teorías de psicólogos ecológicos y biólogos evolutivos apuntan a que esto se trata de más bien un mecanismo adaptativo con valor de supervivencia.”

Por último, la conducta obsesiva y casi enfermiza de algunas personas con la relación a las supersticiones podría ser mucho más compleja que los casos anteriores: “la neurociencia ha decretado que ciertas disfunciones del lóbulo temporal medio del cerebro, particularmente en el hipocampo, que son particularmente responsables del condicionamiento supersticioso”, afirma Vargas Mendoza. “La explicación sugerida es un mecanismo de transmisión excesiva de dopamina. Dicha estimulación produce alucinaciones y distorsiones en el pensamiento, similares a los condicionamientos supersticiosas”, explica Aguilar.

Las supersticiones más comunes y su posible origen.

Siéntete tranquilo: eso que tus enemigos juzgan como la ignorancia, podría ser para ti puro placer. Eres como un puerco hedonista, pero con buena suerte.

Abrir un paraguas en casa.

Esta superstición es reciente, pues hasta el siglo XVII aparecieron en Europa los primeros paraguas. Abrirlo dentro de casa representa una provocación doble: ofendes la dignidad de los dioses al rechazar su protección (porque el paraguas te cubre) y alteras el curso del reino de la luz.

Romper un espejo.

Los pueblos primitivos consideraban que la imagen del espejo es la del alma. Por lo tanto, si lo rompes, pones en riesgo la vida misma. Los años de maldición corresponden a los cambios del cuerpo, suceden cada siete años: a los siete la niñez, a los 14 la pubertad y a los 21 la edad adulta.

Gatos negros.

Las brujas medievales adoptaron la adoración egipcia por los gatos y la relacionaron con sus rituales, de manera que muchos pensaban que los felinos eran su forma de transformación favorita. Con el tiempo se convirtieron en un símbolo de brujería y las practicas paganas. De ahí el temor que al verte pasar te caiga un hechizo.

El trébol de cuatro hojas

Los cristianos de la Edad Media lo consideraban una reducción natural de la cruz de Cristo. Además, se dice que fue lo único que se llevó Eva al salir expulsada del jardín del Edén.

Herradura en la puerta.

Los griegos atribuían al hierro el poder de ahuyentar el mal y lo introdujeron a la cultura occidental en el siglo IV. Es considerado el más universal de los símbolos de buena suerte, pues además su forma de media luna se asocia con la fertilidad y la fortuna.

Caminar debajo de una escalera.

Debido a que la santísima trinidad también se representa con un triángulo, pasar por debajo de la figura que forma una escalera en la pared es sinónimo de ruptura con lo divino, además, los criminales condenados a muerte eran obligados a pasar por debajo de una escalera antes de su ejecución.

Derramar sal.

Debido a que durante siglos fue el condimento más preciado, desperdiciarla tiene por consecuencia el desencadenamiento de malos augurios, y mucho sufrimiento. Para contrarrestar el efecto se dibujaba con ella un círculo mágico que, de paso, protege contra el diablo.

Llevar consigo una pata de conejo.

En la Europa medieval se organizaban cacerías de brujas y liebres porque se creía que las hechiceras se convertían en estos animalitos para refugiarse en las casas de los campesinos. De ahí que después se les atribuyeron poderes mágicos. La única culpa de los conejos fue parecerse a las liebres.

Tocar madera.

Para los antiguos celtas, los árboles representaban lo divino en la Tierra. Les conferían el poder de atrapar los espíritus malignos, lo que dio origen a la creencia de tocar madera rompe una cadena de mala suerte. También se le atribuye poderes contra el mal, porque con ella se fabricó la cruz donde murió Jesús.

Políticamente supersticioso, y tu ni enterado.


  • El origen de la costumbre de taparte la boca al bostezar no es de buen gusto ni la higiene: es para que no se te meta el diablo.
  • Vestir de negro en un funeral no sólo es una manifestación de respeto, en realidad obedece al miedo ancestral de que un espíritu te posea, pues en la oscuridad permanece camuflado y libre de almas errantes.
  • Los antropólogos coinciden que decir ¡salud! cuando alguien estornuda da surgimiento en Roma (591 d.C.), pues las víctimas de la peste estornudaban sin parar antes de morir. De ahí también las encomiendas religiosas.
  • Llevar flores a los difuntos es más un símbolo de duelo: la corona de flores representa encerrar al espíritu para evitar que regrese.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada