miércoles, 4 de abril de 2012

El lado amoroso de los animales salvaje

Un halcón se cierne sobre un nido de alondra, listo para lanzarse en picada. En vez de quedarse a proteger sus crías, la alondra madre huye del nido, arrastrando un ala como si la tuviera rota. Al hacerse pasar por presa fácil, distrae al halcón; poniéndose en peligro, protege a sus crías.

El instinto que empuja a una madre a sacrificarse por su progenie tiene una lógica evidente. Sin embargo, en muchas especies de aves y mamíferos ocurren sacrificios similares por parte de, por así decirlo, tíos y hermanos. ¿Puede considerarse que es desinteresada o altruista la conducta de los animales que se comportan así?

Entre las zorras rojas, las hembras de una carnada viven en grupo y sólo una se reproduce. Las demás cooperan en la crianza, alimentación y acicalamiento de los cachorros, además de vigilar que no se extravíen. El arrendajo de los matorrales es un ave de Florida, EUA, que recibe ayuda de más de seis parientes. Éstos, por lo general de la misma carnada, consiguen alimento y ahuyentan a los depredadores. La mangosta gris (Cynictis penicillata) también cuida de los miembros más jóvenes del grupo familiar y les enseña a proveerse de forraje. Los podencos africanos, mangostas y chacales se comportan de manera semejante.

Los zoólogos solían explicar que esta conducta buscaba el bien de la especie, cuya sobrevivencia sería más importante que la del individuo. Pero los biólogos actuales rechazan esta opinión por sentimentalista. Plantean que la conducta de un animal es altruista sólo cuando ayuda a preservar o transmitir genes que comparte con el grupo familiar. Al proteger a los miembros de éste, conserva una parte de su propio material genético. Aunque no sea el que transmitiría él mismo, es suficiente para justificar su sacrificio.

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