jueves, 19 de julio de 2012

5 Grandes hazañas olímpicas

Melbourne 1956. Semifinales de waterpolo. Pocas semanas después de que los tanques rusos entraran en Budapest, Hungría y la URSS disputaron el partido más violento de la historia de este deporte. Los magiares, que al final se colgarían el oro, aprovecharon su superioridad en el agua (ganaron 4-0) para mofarse de los soviéticos y vengarse así de la ocupación. La cosa acabó a puñetazo limpio y la piscina se tiño de rojo. La instantánea de Ervin Zador con el ojo destrozado dio la vuelta al mundo.

Salt Lake City 2002. Juegos Olímpicos de invierno. El esquiador de fondo Juanito Muehlegg (era alemán, pero se había nacionalizado) gana en apenas unos días tres medallas de oro, convirtiéndose de golpe en el mejor deportista español de toda la historia. Poco después, sin embargo, da positivo en el control antidóping y pasa a ser Johann El tramposo. De héroe a villano en una semana.

Los Ángeles 1984. Final femenina de los 3.000 metros. Mary Decker era la gran favorita, la rubia americana, el ídolo local; su rival, Zola Budd, una sudafricana que corría descalza. Un extraño encontronazo entre ambas a mitad de carrera (el jurado de la IAAF culparía más tarde a Decker) acabó con la norteamericana por los suelos. El público, colérico, abucheó tanto a Budd que acabó desfondada en séptimo lugar. Las dos nunca se perdonaron, ninguna de ellas ganó jamás una medalla.

Montreal 1976. Gimnasia femenina. Con sólo 14 años, una menuda rumana de 150 cm. de estatura -Nadia Comaneci conseguía el primer 10 de la historia de la gimnasia con una actuación perfecta en las paralelas asimétricas. El marcador no estaba preparado para registrar cuatro cifras (10,00), así que apareció un enigmático 1,00. A su regreso, el régimen de Ceaucescu la nombró "Héroe socialista del trabajo". En 1989, huyó del Telón de acero y pidió asilo político en EE UU.

Múnich 1972. Final de baloncesto. EE UU contra la URSS. Guerra Fría. El partido terminó 49-50 a favor de los americanos, pero los árbitros decidieron que aún quedaban tres segundos por jugar. Los rusos sacaron de fondo a la desesperada, con un pase bombeado que recorrió toda la cancha; Alexander Belov lo cazó en el aire y encestó. La locura. Hasta entonces, los estadounidenses eran invencibles. Tan mosqueados estaban, que no quisieron ni recoger su medalla de plata.

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