domingo, 7 de julio de 2013

China, Sina, Tschina

El nombre de este gran imperio, conforme él mismo se nombra, debe escribirse China, y no Sina u otro sonido similar. Según dice el profesor Fischer, de Petrogrado, no hay un nombre fijo para el imperio chino; el más usado es "Kin" que significa "oro" —que los tibetanos llaman "Ser"—; por eso el emperador es llamado rey del oro. Es posible que esa palabra en el imperio se pronuncie como "Chin", pero los misioneros italianos la habían pronunciado "Kin", a causa de la letra gutural. De allí se deduce, pues, que lo que los romanos llamaban tierra sérica o de los Seres, era China.

El comercio de la seda se hacía probablemente por el Tíbet, Bujara y Persia, todo lo que da lugar a numerosas consideraciones sobre la antigüedad de ese extraordinario Estado, comparándolo con el Indostán y relacionándolo con el Tíbet y el Japón. En cambio, el nombre de Sina o Tschina, no sugiere nada.

Tal vez puedan explicarse también las antiquísimas, aunque nunca bien conocidas, relaciones de Europa con el Tíbet, por lo que nos cuenta Esiquio del grito de los hierofantes en los misterios de Eleusis. Este grito era, en letras latinas, "Konx ompax". Ahora bien: según el alfabeto tibetano de Georgius, la palabra "Cancioa" significa Dios, y esta palabra tiene un gran parecido con la de "Konx"; la palabra "pah-cio" significa el que promulga la ley, la divinidad repartida por el mundo. Téngase en cuenta que los griegos pronunciaban esa voz "pah-cio" como "pax". Por último, "om", que La Croze traduce por bendito, no puede significar más que bienaventurado, aplicando este epíteto a la divinidad.

Ahora bien: el padre Francisco Horacio dice que, habiendo preguntado muchas veces a los Lamas tibetanos qué entendían por Dios —"Concioa"— recibió siempre esta respuesta: "Es la reunión de todos los santos". La teoría de la metempsicosis de los Lamas afirma que las almas, tras migraciones por toda clase de cuerpos, vienen, por fin, a bienaventurada unión en la divinidad y se convierten en Burchane, es decir, seres dignos de ser adorados. De todo lo que puede deducirse que aquellas misteriosas voces eleusinas "Konx ompax" significan: la divinidad, "Konx"; bienaventurada, "om", y sapientísima, "pax", o sea el ser supremo extendido dondequiera por el mundo, la naturaleza personificada. En definitiva, aceptando las relaciones ya dichas, y recíprocamente, resulta probable que haya habido muy tempranas relaciones entre la China y Europa por el Tíbet, quizá antes que entre la India y Europa.

Fuente: Immanuel Kant, La paz perpetua (trad. A. Conca), Editorial Tor, Buenos Aires, sin fecha.

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