miércoles, 8 de enero de 2014

Santo, el enmascarado de plata; un héroe de carne y hueso

No vuela como Superman ni trepa edificios como el Hombre Araña, pero al igual que cualquier superhéroe, ha luchado contra enemigos que intentan dominar al mundo. Su ingenio derrotó a luchadores, a las momias de Guanajuato, a las seductoras mujeres vampiro, a zombies y karatecas. Pero su máxima victoria no fue arriba del ring, en un comic o en una película: El Santo alcanzó la gloria cuando, en dos de tres caídas, ganó la inmortalidad. 

En el libro Santo, el Enmascarado de Plata. Mito y realidad de un héroe mexicano moderno, Álvaro A. Fernández introduce su investigación con una frase de T. Carley: “La sociedad se basa en el culto del héroe”. Toda dignidad jerárquica en que se cimienta la asociación humana es lo que llamaríamos heroarquía o jerarquía, porque es sagrada también”. El héroe se distingue por sus hazañas o virtudes. Es un individuo que encarna la posibilidad: en él, la perpetuidad del miedo, la maldad, de la crueldad puede encontrar, por fin, un antídoto. La justicia tiene su fin, el sufrimiento, también. El héroe tiene en sus manos el poder de aniquilarlas. Y cuando eso suceda, el resultado será inevitable: La sociedad rendirá un eterno tributo a quien convirtió sus sueños en realidad.

El héroe del que hablaremos usaba máscara de color plata. No era de gran musculatura, calzaba botas e intentaba ocultar su identidad a como diera lugar. En sus innumerables apariciones cinematográficas siempre encontró la fórmula para vencer a personajes de apariencia terrorífica. En cada pasaje de historieta le devolvió la justicia a los indefensos y se consagró en la eterna victoria. Pero eso no era todo: para verlo hacer gala de su valentía sólo hacía falta pagar una entrada de lucha libre. A diferencia de los fanáticos de Batman, los de este enmascarado podían presumir la fotografía en la que lucían dándole la mano a su ídolo. Él era de carne y hueso, aunque cruzara los límites entre la ficción y la realidad. Como todos los héroes, tenía un nombre; se llamaba Santo.

SIN LÍMITE DE TIEMPO

El público, enardecido, gritaba con todas sus fuerzas. La arena vibraba llena de vida. Los espectadores abandonaban las butacas para golpear el aire. Ese 26 de julio de 1942, un nuevo luchador del bando de los rudos había subido al ring para enfrentarse al Lobo Negro y demostrar de todo lo que era capaz. Cuando  su contrincante comenzó a ganar la partida, el enmascarado cometió faltas y rasgó la camisa del réferi, quien decidió descalificarlo. El público permaneció boquiabierto: ¿de dónde provenía ese sangriento personaje?

Antes de esta pelea, el Santo ya había emprendido algunas batallas sin éxito. Su carrera en el pancracio nacional comenzó en 1935 (tenía tan sólo 18 años) pero en aquel momento no logró trascender. Su identidad se transformó en varias ocasiones: primero Rudy Guzmán, después El Hombre Rojo y, más tarde El Murciélago II. Fue en 1942 cuando su entrenador, Jesús Lomelí, le propuso tres opciones para comenzar de nuevo: El Santo, El diablo o el Ángel, Rodolfo escogió la primera. 

Desde que adoptó su nueva identidad, el Santo comenzó a cosechar éxitos: en 1944 se alió con Gori para crear “La Pareja Atómica”, uno de los duetos inolvidables de la lucha libre. Más adelante se convirtió en el ganador del Campeonato Mundial de Peso Walter. Sin embargo, uno de los momentos clímax de su renacimiento llegó en 1952, cuando tras una sangrienta batalla despojó de su máscara a su más grande rival de aquella época: Black Shadow. Durante esa pelea, el público se rindió a sus pies sin poner resistencia. “El luchador es un psicólogo natural que mueve las masas. El Santo obligaba a los aficionados a perder la razón”, dice Alfonso “Doctor” Morales, cronista de box y lucha libre.

NACE UN HÉROE

El 3 de septiembre de 1952, José G. Cruz publicó por vez primera la historieta Santo, el Enmascarado de Plata. En este popular cómic, el ya prestigioso luchador entró a un ring más complejo que el de las arenas: el mundo exterior, en el que sabía enfrentarse a los malos para defender a los buenos.

La popularidad de la historieta no se hizo esperar. Al inicio, esta publicación era semanal. Posteriormente, se empezaron a publicar tres capítulos por semana y poco tiempo después alcanzó un tiraje de 550 mil ejemplares por capítulo. Para la mayoría de los estudiosos del fenómeno del Santo, la publicación de este comic es un punto clave: al parecer, sus aventuras impresas fueron las que transformaron de célebre luchador a ídolo inmortal. Gracias a la historieta, el Santo se convirtió en el héroe que México no tenía. Los superhéroes estadounidenses sólo aparecían en los cómics.

Este héroe a la mexicana existía en carne y hueso. El Santo comenzó a tomar fuerza debido a dicha publicación, él fue el pionero en ese medio. Ningún otro luchador había recorrido el camino de la historieta, un medio impreso de precio totalmente accesible que era consumido por una gran parte de la población. Antes del Santo, el superhéroe en las historietas mexicanas era Kaliman, pero a él no lo veían caminando en las calles. Las aventuras del Enmascarado de Plata plasmadas en el papel lo transportaron directo al heroísmo y al culto.

UNA VOLADORA AL CINE

En 1952, el Santo recibió una oferta del director René Cardona: Protagonizar la película El Enmascarado de Plata. Sin embargo, no la aceptó (al parecer porque no lograron un acuerdo respecto a la cifra que se le pagaría al luchador) y el llamado Médico Asesino interpretó al personaje en su lugar. Su debut vino después, en 1958, con dos cintas de bajísimo presupuesto filmadas en Cuba. Las primeras películas en las que participó fueron Santo vs. el cerebro del mal y Santo vs. los hombres infernales, de Joselito Rodríguez. Éstas marcaron el inicio de más grande mito del género afincado mucho antes en el ring, la historieta y la televisión. 

Con estos filmes comenzó una prolífica producción cinematográfica relacionada con la lucha libre. Pese a que se realizaban con un presupuesto modesto, estos productos acapararon la taquilla durante casi dos décadas. La crítica, en cambio, nunca los vio con buenos ojos. Diálogos dichos por el Santo, como” estoy siendo objeto de una seducción infernal”, fueron descuartizados por la prensa, y los errores técnicos como los evidentes murciélagos de goma en Santo vs. las mujeres vampiro (1932), ofendían a los círculos intelectuales del país. No obstante, esos mismos elementos convirtieron a las películas protagonizadas por el enmascarado en exitosas producciones a escala internacional. Tan sólo en París se les estudió como cine de arte y en Líbano se construyó un cine con el nombre “Santo, el Enmascarado de Plata”. 

Incluso la cinta Santo vs. las mujeres vampiro lo convirtió en un personaje de culto alrededor del mundo. Los enfrentamientos del Santo contra hombres lobo, inquisidores, alienígenas cachondas, gángsters, cerebros diabólicos e incluso la mismísima Tigresa, entre muchos otros peligros latentes, provocó que sus películas movieran al mismo tiempo a la risa involuntaria, al asombro fantástico y, por supuesto, a la emoción de la lucha libre. 

Por otro lado, la presencia del Santo en el mundo del cine lo terminó de consagrar como héroe nacional. En sus películas luchaban incansablemente contra el mal y tanto las víctimas como los otros personajes lo concebían como el único salvador dentro de un mundo lleno de injusticia. Muestra de ello es lo expresado por Dagoberto Rodríguez, jefe de policía en Santo vs. los zombies (1932): “Santo es una leyenda, una quimera. La encarnación de lo más hermoso: el bien y la justicia. Ese es el Santo, el Enmascarado de Plata”. Por su fuera poco, esta figura heroica y encantadora se encontraba más cerca que nunca del público.

El Santo se volvió parte de la vida cotidiana. Era un héroe que no sólo estaba en la pantalla, también en la tele, los cómics, las revistas, el ring. Ese imán de taquilla que tuvo después de su encumbramiento se debe a la mediatización que tenía. Si a ese momento cinematográfico se le suma que el Santo tenía un gran carisma, una amplia trayectoria, una personalidad altruista, una intensa presencia en todos los medios y que Rodolfo Guzmán se fundió con el enmascarado, se obtiene como resultado al personaje heroico en el que se convirtió.

El Santo ya era un ídolo. Era posible leer sus aventuras en el cómic, sus fanáticos podían verlo pelear en la Arena México, los niños jugaban con figuras de plástico que portaban la máscara plateada, las multitudes acudían a las salas a ver sus películas. Su popularidad y publicidad heroica y aventuras eran tales que dejó la esquina ruda y sangrienta y decidió cambiarse al bando técnico. Entonces el público se le entregó y lo hizo favorito.

EL PRINCIPIO DEL FIN

En 1980, mientras luchaba junto al Huracán Ramírez y Black Shadow contra Los Misioneros de la Muerte, el Santo Sufrió un infarto. Se le implantó un marcapasos y se le sugirió que abandonara el pancracio, pero continuó luchando hasta el 12 de septiembre de 1982. En aquella fecha, el cartel de El Toreo Cuatro Caminos anunciaba una pelea legendaria: El Perro Aguayo y los Misioneros de la Muerte se enfrentarían al Huracán Ramírez, El Solitario, Gori y el Santo, luchador que emprenderá su última batalla. Entre mariachis y llanto, los fanáticos lloraron la despedida de quien había sido su ídolo por más de 40 años. 

Para muchos, el momento en que el Santo mostró su rostro fue tan sólo un indicio de que el final se acercaba. En enero de 1984, en el programa Contrapunto, el Santo levantó su máscara (durante un corte comercial) para revelar a Rodolfo Guzmán, un ser totalmente desconocido. Tan sólo 10 días más tarde, apareció un titular en la revista Alarma! que los fanáticos nunca habrían deseado leer: “Se nos fue el Santo al cielo”. Rodolfo Guzmán murió de un infarto al miocardio, pero el héroe jamás perderá la inmortalidad. 

A la fecha, el Santo es el único personaje heroico de México que ha alcanzado ese alto nivel de popularidad. Mientras haya lucha libre en el mundo, se hablará del Santo, y por el momento no hay manera de desmentirlo. El gigante del pancracio es la inspiración de las nuevas generaciones de luchadores, las arenas ostentan placas con su nombre, aún podemos ver sus películas y continúa siendo irresistible comprar una máscara plateada en cualquier mercado. 

La vigencia del héroe es indiscutible, como personaje, entró a un proceso de mitificación paulatino. Tuvo que convertirse en un héroe sagrado, pero uno que podías tocar. Eso le da mucha magia y espectacularidad. 

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