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Carácter, actitud y pose

Así como huesos, músculos y piel sustentan, mueven y recubren respectivamente nuestro cuerpo, tres conceptos inorgánicos hacen lo propio con nuestra forma de ser: el carácter, la actitud y la pose.

Carácter
El carácter, de origen interno, es quizás la más irracional de las tres cualidades, pues procede de la fragua genética y de una alfarería social moldeada en edades y tiempos sobre los que aún ejercíamos escaso control.

Como la constitución ósea, un carácter firme y recio puede ser un buen soporte para sobrellevar las cargas más pesadas. Pero también un exceso de dureza y rigidez puede ser contraproducente, si es flexibilidad, más que resistencia, lo que las circunstancias demandan.

A menudo se confunde la fortaleza de carácter con el mal carácter, pero en realidad es sólo una cuestión de exteriorización, pues las malas conductas siempre se ponen más fácilmente de manifiesto. La fuerza del buen carácter, edificado sobre la adaptabilidad y la capacidad de conciliación (que no conformidad), habitualmente se menosprecia o se llega a confundir con debilidad por no ejercer voluntariamente la imposición.

Actitud
La actitud también tiene un origen interno pero, a diferencia del carácter, parte de una motivación más racional y voluntaria. Aunque no siempre es fácil afrontar las situaciones con la actitud más adecuada, esta cualidad suele ser el resultado de una intención de actuar (o de no hacerlo) para lograr un objetivo.

La actitud es el músculo, mejor o peor entrenado, que nos pone en movimiento; ya sea para cambiar de estado en un entorno estático, o para mantener una posición estable en un escenario cambiante y adverso. La motivación última de nuestra actitud puede ser loable o deleznable, pero siempre estará caracterizada por una intención voluntaria de autocomplacencia, y cierta capacidad de control.

Pose
La pose, aunque protectora como la piel y a veces necesaria para suavizar la imagen visceral, suele tener más que ver con el adorno estético para complacer a las miradas ajenas. La finalidad, por tanto, es externa, ya que su objetivo es proyectar una imagen maquillada a ojos de los demás. Al no proceder de una motivación autónoma y realmente de propia, sus objetivos también serán más superfluos.

Parece razonable pensar que una personalidad equilibrada será la que reúna de manera proporcionada estos tres aspectos. En efecto, dado que el carácter es una cualidad sobre la que tenemos poco control, una personalidad sesgada desmesuradamente sobre esta variable parece una candidata probable a la insatisfacción y la infelicidad (salvo que nuestro carácter esté totalmente alineado con la predominante mezquindad de este mundo).
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Por otra parte, cualquier individuo que priorice la pose sobre los otros atributos, estará haciéndose una paupérrima declaración de intenciones a sí mismo. Así que, aunque buena parte del ruido social y mediático incita a este comportamiento (y es cierto que la pose en estado puro a veces tiene una insolente recompensa), no parece la mejor de las opciones para alguien con ciertas inquietudes metaestéticas.

Nos queda entonces la actitud como eje intermedio y principal mecanismo conductor en el camino hacia el equilibrio y la personalidad verdadera. Lástima que no siempre (casi nunca, en realidad) baste con proponerse las cosas para conseguirlas. Pero eso tampoco es razón para rendirse, pues nadie ha dicho que fuese una empresa fácil...

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