miércoles, 26 de febrero de 2014

El arte de engañarse a sí mismo

Y hablando de la dialéctica de la distorsión, no conviene olvidar que, probablemente, la persona que más fácilmente cae en el engaño propio es precisamente uno mismo. Ya sea por comodidad, por autoprotección, por miedo o por falta de confianza, a lo largo de la historia ni siquiera la ciencia ha escapado de caer ocasionalmente en las garras de la poderosa autosugestión.

Como relataba el singular físico Richard Feynman al hablar del principio de integridad científica o de honradez a ultranza, no siempre es fácil dar la totalidad de la información y no engañarse a sí mismo. El caso que ponía como ejemplo era el de la medición de la carga del electrón.

El 1909, Robert Millikan ideó y llevo a cabo un famoso experimento que le permitió medir la carga eléctrica de esta partícula subatómica. Hoy se sabe que el valor que obtuvo no era totalmente exacto y se apartaba un ligeramente del verdadero porque el valor de la viscosidad del aire era incorrecto. Ello no le quita valor al experimento de Millikan, cuyos méritos le valieron el Premio Nobel de Física de 1923.

La curiosa historia de autoengaños tiene que ver con los experimentos y mediciones posteriores a la suya, tal y como describen las propias palabras de Feynman (que también recibió dicho galardón varias décadas después):

"[...] Resulta interesante examinar la historia de las mediciones de la carga del electrón posteriores a la de Millikan. Si uno va representándolas gráficamente en función del tiempo, se observa que cada una es algo mayor que la de Millikan, y la siguiente, un poquito mayor que ésta, y la siguiente, un poquito mayor todavía, hasta que finalmente se estabilizan en un valor más alto que el primitivo.
¿Por qué no se descubrió inmediatamente que el valor correcto era superior al de Millikan? Es una cuestión que avergüenza a los científicos —hablo de esta historia particular— porque salta a la vista que la gente hizo cosas como las que voy a explicar: cuando obtenían un valor que estaba demasiado por encima del de Millikan, pensaban que habían cometido algún error, y buscaban hasta dar con algo que les parecía que pudiera estar mal. En cambio, cuando obtenían un valor más cercano al de Millikan, no examinaban los resultados con tanta minuciosidad. De este modo fueron eliminando los valores que se desviaban demasiado y otras cosas por el estilo. Hoy ya nos sabemos estos trucos y no padecemos ese tipo de enfermedad.

Pero esta larga historia de aprender a no engañarnos a nosotros mismos —de integridad científica a ultranza— es algo que, siento decirlo, no hemos incluido específicamente en ningún curso concreto del que yo tenga noticia. Nos limitamos a confiar en que sea adquirida por ósmosis."

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