martes, 25 de febrero de 2014

Hacerse el loco

Todo el mundo, alguna vez, ha optado por desentenderse de alguna cuestión que le atañe personalmente, fingiendo no ver o enterarse de algo a fin de evitar una incomodidad. Es lo que se conoce como hacerse el loco, el sueco o el longui.

De forma ocasional puede ser perfectamente disculpable e incluso necesario como mecanismo de defensa. Pero algún caso hay también de quien lo toma como actitud permanente ante la vida, haciendo orgullosa gala de su arresponsabilidad.

Son estos últimos los que, cuestionados, suelen responder con un "yo soy así" y un "no lo puedo evitar". Y en esta presunta inmutabilidad de la naturaleza impuesta basan toda la defensa de su cómoda fortaleza. A menudo, como alegación refranesca, se acogen a la máxima "yo soy yo y mis circunstancias".

Pero esta frase truncada, y por tanto malinterpretada, tiene en su versión original (la de Ortega y Gasset) precisamente el sentido contrario al que comunmente se le da. "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo" sugiere justamente lo opuesto: no dejarse abatir por los propios hechos o limitaciones, declarando que sólo hay redención posible en hacerles frente.

Otros hay que convierten su locura de conveniencia en todo un modo de vida, pretendidamente rebelde y bohemio, con esa aureola artística que rodea siempre a una supuesta demencia. Incluso alguno recurre de nuevo a citas literarias y filosóficas, recordándonos que ya Erasmo de Rótterdam elogiaba la locura.

Otro argumento erróneo, pues cualquier figurada estética de dicha posición pierde bastantes puntos cuando, tras una revisión más precisa del Encomium moriae, se comprende que en esta obra el término "locura" se usa como sinónimo de necedad, estulticia y estupidez.

Por todo ello, no es genuino el loco que lo es por distracción o exageración intencionadas, pues a tal intención contribuyen el juicio y la razón, y es precisamente su pérdida la verdadera locura.

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