lunes, 24 de febrero de 2014

Monos que pintan monitos

"Media docena de monos, provistos de máquinas de escribir, producirá en unas cuantas eternidades todos los libros que contiene el Museo Británico."
(Variante del Teorema de los infinitos monos)


Cada cierto tiempo aparece, en los telediarios o en los periódicos, alguna noticia sobre orangutanes, elefantes y otros animales que parecen demostrar habilidades artísticas cuando se les proporciona un lienzo y un pincel (convenientemente adaptados a su anatomía).

Uno de los casos más famosos fue el del chimpancé Congo, quien, apadrinado por Desmond Morris (autor, entre otros libros, del conocido "El mono desnudo"), se convirtió en un afamado pintor durante la década de los cincuenta del pasado siglo, contando incluso con ilustres defensores de su arte, como Pablo Picasso.

Estos casos ponen de manifiesto la importante dosis de subjetividad que existe en la apreciación de esa delgada y borrosa frontera que separa lo que es y lo que no es arte. Personalmente, yo no estoy de acuerdo con la manida máxima de que TODO sea o pueda ser arte, o de que todo el mundo sea artista en cierta medida, incluso sin pretenderlo. No creo que sea así, al menos simultáneamente y desde un mismo punto de vista. Se podría argumentar, de manera informal, que si fuese de ese modo, la propia palabra "arte", por implícita, carecería de significado. Bien es cierto que lo que unos pueden entender por arte, otros no lo incluirían en ese concepto y, claro, reuniendo las opiniones y gustos de todo el mundo, al final cualquier cosa podría llegar a ser arte para alguien en algún momento. Pero no se trata de eso.

Probablemente, cualquiera de nosotros, aunque seamos incapaces de expresar en palabras o de hacer entender a los demás nuestro particular concepto de arte, podemos reconocerlo perfectamente cuando lo encontramos. No obstante, tratando de dar una definición más formal de mi percepción del asunto, he encontrado cinco aspectos que considero indispensables para considerar una obra como arte. Los describo a continuación:

Actividad humana
Consultando diferentes definiciones del término arte en distintas fuentes y atendiendo a las entradas correspondientes al ámbito que nos ocupa, se observa que en muchas de ellas aparece un primer factor distintivo, que es la calificación del mismo como actividad humana.

Teniendo en cuenta esta primera criba, nuestro amigo Congo quedaría fuera de la selección. Pero por ser el simio un pariente cercano, casi de la familia, vamos a concederle el beneficio de pasar por alto este detalle y le haremos también partícipe de las siguientes rondas comparativas.

Técnica
Una segunda exigencia que se hace evidente en las definiciones oficiales es la necesaria presencia de cierta habilidad, destreza o técnica en el proceso. Este es quizás el punto fuerte merced al cual ciertos animales especialmente hábiles pueden inducir a la ilusión de parecer artísticamente expresivos por el mero hecho de disponer de maña suficiente como para manejarse con las pinturas.

Desde nuestra perspectiva, sus obras pertenecerán siempre a una corriente abstracta, aunque puede quedarnos la duda de si, desde la limitada concepción de un chimpancé, su brochazo verde se corresponde acaso con una representación hiperrealista del árbol en el que duerme. En cualquier caso, sin el concurso del resto de condiciones indispensables del arte, la destreza de los animales no dejará de ser una ilusión.

Conviene aclarar que, en el arte, la posesión de habilidad y destreza no tiene por que implicar su ostentación. Se trata más bien de conocer y dominar las reglas, para luego optar por respetarlas o por saltárselas (aunque incluso pretender intencionadamente la simplicidad, improvisación y falta de rigor en el resultado puede requerir de una refinada técnica, no visible para los ojos profanos).

Estética
Otro factor fundamental, y quizá el más subjetivo, es el criterio estético. Históricamente se ha comprobado la validez perceptual de determinadas normas de belleza (relacionadas con las proporciones, los espacios, las líneas, el movimiento, etc.) cuyo conocimiento entra dentro del ámbito de la técnica. No obstante, es el juicio del artista el que en última instancia determinará el equilibrio o la composición de la pieza, en función de unos valores personales.

La principal singularidad de este factor es que de él participa no sólo el creador, también el observador o espectador de la obra, y rara vez coincidirán íntegramente los criterios de ambos puntos de vista.

Retomando el análisis del simio pintor, podemos suponer que los criterios estéticos del chimpancé pertenecerán a un nivel más elemental (preferencias de colores, por ejemplo) y serán, en general, menos elaborados que los que pueda llegar a valorar un humano.

Intención
En mi opinión, la intencionalidad es otro matiz primordial en la creación artística. El resultado, aún cuando sea fruto del aporte de grandes dosis de improvisación y azar, debe partir de una motivación o deseo expresivo del artista, así como de unas mínimas pautas y directrices de origen.

Imaginemos un pintor que olvida un lienzo vacío en un balcón durante una tormenta. La lluvia arrastra el óxido de un tejadillo y cae sobre la tela, dejando sobre la misma trazos y estelas dirigidos por el viento. Cuando la tormenta cesa, el resultado es un abstracto dibujo de tonos ocres que despierta el interés del pintor, quien decide asumirlo como obra propia sin ningún proceso adicional de elaboración. En este hipotético ejemplo no hay intención, ya que el resultado, aunque estético, es puramente casual. Cuando esto ocurre, no existe arte en la creación, aunque sí puede haberlo en la interpretación.

Este puede ser el caso de los cuadros pintados por Congo, pues posiblemente haya más intención en nuestra interpretación de su obra que en su propia elaboración.

Creatividad
Una última cualidad exigible a toda obra artística sería la creatividad, entendida ésta como la creación de algo nuevo, no necesariamente universal, pero sí que vaya más allá de una mera copia.

La simple replicación de una pieza no escaparía más lejos de la consideración técnica y, si bien la capacidad de reproducir un resultado parece en un talento adecuado y necesario en un artista, basando únicamente en ella su trabajo, éste quedaría relegado al ámbito de la artesanía, no del arte.

No sé si entre la inmensidad de cosas que nos quedan por descubrir acerca de la capacidad intelectiva de los animales (y de la nuestra propia), aguarda alguna importante sorpresa creativa. Por el momento, en nuestra siempre conservadora pretensión de humanizarlos, si queremos que nos pinten La Gioconda, lo único que podemos hacer es seguir la sugerencia de Borges: meter a varios miles de monos en un taller y esperar una eternidad.

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