martes, 25 de febrero de 2014

Tarde para la fama

Cuenta una leyenda alemana que, si bien los Reyes Magos que llegaron a Occidente para adorar al recién nacido niño Jesús eran tres y de nombres Melchor, Gaspar y Baltasar, en realidad fueron cuatro los sabios que debieron partir desde Oriente. Pero el último de ellos, Artabán, nunca logró reunirse con sus compañeros de viaje ni alcanzar después su destino geográfico.

Artabán acudía al encuentro de los otros Reyes en el zigurat de Borsippa, una importante ciudad de la antigua Mesopotamia (actual Iraq), y llevaba consigo una triple ofrenda compuesta por un diamante protector de la isla de Méroe, un pedazo de jaspe de Chipre, y un fulgurante rubí de las Sirtes. Su primer camino se interrumpió al toparse con un viejo moribundo y desahuciado por bandidos, al que curó las heridas y ofreció el diamante. Cuando llegó al lugar de encuentro previsto, sus compañeros ya habían partido.

Continuó pues su viaje en solitario, pero al llegar a Judea, tarde de nuevo, no encontró a los Reyes ni al Redentor, sino al ejército de Herodes degollando a niños recién nacidos. A uno de los soldados ofreció el rubí a cambio de la vida de uno de los inocentes, pero sorprendido en el canje, fue arrestado y encarcelado en el palacio de Jerusalén.

Allí permaneció durante treinta años, a lo largo de los cuales le iban llegando noticias y ecos de los prodigios del Mesías, Rey de Reyes, al que él había querido ir a adorar. Con la absolución y errando por las calles de Jerusalén, recibió el anunció la crucifixión de Jesucristo y encaminó sus pasos al Gólgota para ofrecer la adoración largamente postergada.

Pero en su camino reparó en un mercado en el que una hija estaba siendo subastada para liquidar las deudas su padre. Artabán se apiadó de ella y compró su libertad con el pedazo de jaspe, la última ofrenda que le quedaba.

Es entonces cuando Jesucristo murió en la Cruz: tembló la tierra, se abrieron los sepulcros, los muertos resucitaron, se rasgó el velo del templo y cayeron los muros. Una piedra golpeó a Artabán y entre la inconsciencia y la ensoñación, se presentó una figura que le dijo: "Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste". Desorientado y exhausto Artabán preguntó: "¿Cuándo hice yo esas cosas?", y con la misma expiración recibió la respuesta: "Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí". Y con el Redentor se elevó a los mismos cielos que en su juventud le guiaron en pos del destino finalmente alcanzado.

Así fue como Artabán, el cuarto Rey Mago, llegó tarde para la fama, pero no para la gloria.

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