martes, 11 de marzo de 2014

Jugando también se aprende

El juego y los amigos tienen una importancia decisiva en la infancia. A través de los juegos en grupo el niño aprende a convivir y a cooperar con el prójimo jugar es ciertamente una de las maneras más eficientes de aprender. A través de los juegos en grupo, el niño —creando las reglas y actuando en conjunto— desarrolla aptitudes in dispensables para la vida adulta.

Pero el proceso de sociabilización sólo se inicia a partir de cierta edad. Si ponemos a dos bebés juntos, cada uno de ellos no verá en el otro más que un juguete interesante, y no un individuo con derechos y deseos que deben ser considerados. Si los metemos en una misma habitación, se ponen a gatear, toman los juguetes y examinan el espacio a su disposición, pero no realizan ningún intento de comunicarse. Más tarde, cuando comienzan a caminar, ya son capaces de jugar juntos. Poco a poco, y a través de la manera como juegan, se advierte que cada uno tiene conciencia de la individualidad del otro. Conocen sus propios juguetes, cuando están mezclados con otros. El pequeño empuja su autito de manera tal que lo hace pasar rozando al de su compañero, sin tocarlo; en la playa, la niñita rodea el castillo de arena de su amiga, para no deshacerlo. Los niños están aprendiendo a jugar en conjunto y a hacer amistades.

Lograr amigos es una aptitud que el niño debe desarrollar. La relación con el prójimo comienza en el hogar, pero, en la siguiente etapa, cuando el niño empieza a relacionarse con otros de su edad, en el vecindario, en el club o en la escuela, la situación se torna más complicada y difícil.

El primer paso en la vinculación con otros niños de la misma edad consiste en la simple toma de conciencia de que ellos existen. En una etapa posterior, dos niños que se juntan para jugar serán ya capaces de repartirse las cosas que tengan a su disposición, o de combinar sus esfuerzos para jugar mejor. Ellos comprenden, por ejemplo, que dos conjuntos de cubos pueden formar una torre más alta, y que dos autitos pueden competir en una carrera mucho más animada. Advierten también que, juntos, tardan menos tiempo para construir un castillo de arena más grande. Además, hay juegos que, como el "sube y baja", sólo pueden ser efectuados por dos niños.

A los cuatro años, casi todos los niños ya juegan en pequeños grupos y acatan las reglas simples de los juegos. A los siete, juegan en grupos mayores, y cooperarán en actividades apreciablemente más complejas. 

LA CUESTIÓN DE LA EDAD

Es muy importante que los niños tengan amigos de la misma edad para jugar. Un niño pequeño, obligado a jugar con otros mayores, puede no llegar a desarrollar determinadas cualidades que son necesarias para un buen desempeño en la vida adulta. Por otra parte, los niños mayores que sólo juegan con otros menores terminan por modificar sus patrones de juego para adaptarlos al comportamiento de los más chicos.
Generalmente, el hijo único juega con sus padres, por no tener otra compañía. Pero estos juegos estarán más frecuentemente de acuerdo con la mentalidad y con los gustos de los padres que con la naturaleza del niño.

Los niños pequeños no tienen prejuicios raciales, culturales o sociales. Ellos jugarán sin ningún problema con otros niños de recursos y orígenes diferentes. Pero la actitud de los padres podrá modificar su comportamiento, transfiriéndoles todos sus prejuicios y animosidades.

En las escuelas, y principalmente en las guarderías y jardines de infantes, es donde el niño encuentra la necesaria variedad de intereses, orígenes, grados de madurez y creencias. Sólo entonces procederá a trabar sus primeras amistades verdaderas, vinculándose a alguien sin ninguna interferencia de su familia.

Muchos niños llaman "amigos" a sus juguetes favoritos. Un osito, por ejemplo, aunque no ayude a su dueño a desarrollar nuevas aptitudes, ni a efectuar juegos agitados, por lo menos no discute y no pelea con él; siempre es fiel, sea cual fuere la atención que le brinde, cosa que no ocurriría con otro niño. El osito también puede ser utilizado como un portavoz por el niño, para expresar comportamientos que no le están permitidos. A veces, el niño tiene un amigo imaginario con quien conversa. En otras oportunidades es un animalito el que se convierte en su compañero constante. Los animales exigen poco y, a la inversa de un juguete, tienen vida y son receptivos, por lo que pueden suplir temporariamente la falta de un amigo, en caso de que el niño no lo encuentre fácilmente en la vecindad de su casa.

LOS JUEGOS Y LA IMITACIÓN

La mayoría de los juegos infantiles enseñan al niño a adaptarse a los deseos de los otros y también a esperar su turno. Dos niños que juegan a los automovilistas, por ejemplo, crean normas y actitudes que se basan en su experiencia de la vida real. Los mayores —y con más experiencia— enseñan a los menores, a través de esos juegos, costumbres y procedimientos que éstos aún no conocen. De esa manera, jugando y creando situaciones, los niños asimilan los rituales sociales y llegan a comprenderlos mejor.

Hasta los cinco años, sus juegos y pasatiempos se basan en las experiencias prácticas observadas en la vida diaria. Más adelante, comienzan a incluir en ellos elementos provenientes de su propia imaginación.

Además de enseñar las costumbres sociales y desarrollar la imaginación, los juegos estimulan las aptitudes físicas. En las comunidades primitivas, el niño incluye en sus juegos las actividades que cuando sea adulto formarán parte de su vida cotidiana. Aprenden a obtener alimentos, a conducir canoas o animales, a pescar y cazar y a protegerse del peligro. El material que emplea en los juegos constituye un reflejo de su ambiente: sus juguetes, por lo general, son miniaturas que reproducen los instrumentos de trabajo de los adultos. De modo similar, los niños de comunidades más avanzadas tienen pasatiempos y juegos que reflejan su forma de vivir. El tipo y la extensión de las experiencias adquiridas en los juegos influyen en la posterior capacidad de realización del niño. Su ajuste social .se podrá ver dificultado, a menos que, a través de los juegos, en los años formativos se estimule su capacidad para adaptarse a una amplia gama de aptitudes.

Los niños amplían su vocabulario y desarrollan sus dotes de percepción y perfección frente a los elementos, en tanto aumenta su autoconfianza.

Las reglas de los juegos sólo pueden ser aceptadas cuando el niño puede cumplirlas. Si son muy difíciles, puede rehusar participar en el juego. Apenas aprende a dominar el mecanismo de un juego, se vuelve riguroso y exigente en el cumplimiento de sus reglas. Luego, al adquirir plena confianza en sí mismo, se torna más flexible y condescendiente.

A los seis años, jugando a la mancha, podrá pedir "pido", para no ser alcanzado. Eventualmente, se valdrá de argumentos atenuantes, con el fin de alterar las normas a su favor. Dirá entonces, "patiné" o "mi zapato se desató; esta vez no vale". Posteriormente, cuando ya sea capaz de dominar las normas con facilidad, se mostrará condescendiente con los demás chicos, y permitirá cierta elasticidad en las reglas; pero nunca hasta el punto de posibilitar que otro gane el juego, naturalmente. Aun así, el niño ya está aprendiendo que las circunstancias pueden variar. Y la flexibilidad que entonces adquiere le será muy útil cuando tenga que enfrentar problemas más complejos, en la vida adulta.

SEXOS Y JUEGOS DIFERENTES

Las niñas generalmente muestran mayor preocupación que los niños por las normas, y recurren más frecuentemente a la intervención de los adultos. Los niños acostumbran resolver sus problemas por sí solos.
Alrededor de los siete años, los niños y niñas tienen juegos diferentes. Por lo general, estas últimas prefieren juegos de reglas más rígidas. Mientras los niños aún son torpes, ellas muestran mejor dominio muscular y una mayor coordinación motora. Juegan a saltar a la comba, y progresan con rapidez de los movimientos más fáciles a los más difíciles. A esa edad, los varones se inclinan por juegos más violentos, que exigen fuerza y audacia. Profieren luchar o jugar al fútbol.

Los niños de cada sexo escogen determinados tipos de juegos de acuerdo con lo que la sociedad adulta espera de ellos. Así, el juego violento y el comportamiento más agresivo de los niños —que los adultos ven con condescendencia— no son aceptados por las niñas. A veces, sin embargo, el niño prefiere juegos que no son los característicos de su sexo, y eso no debe ser objeto de una reprensión. La niña que le gusta luchar y el niño que juega con muñecas generalmente son criaturas normales, con un temperamento más agresivo o más tímido.

La aceptación de las normas en el hogar estará directamente relacionada con el tipo de reglas que el niño acatará al jugar con otros. Los más chicos necesitan que los padres les presenten normas objetivas y sensatas, para sentirse seguros. Tales normas, por otra parte, deben ser suficientemente flexibles para permitir que los niños desarrollen su propia autodisciplina.

La rutina familiar no es un juego en el que el niño pueda recurrir al "pido" cuando le exigen demasiado. El pequeño podrá reaccionar con una actitud de desafío o agresividad si los adultos le imponen un código de comportamiento muy rígido, excesivamente exigente para su incipiente capacidad de control. El castigo podrá ciertamente modificar su actitud en el momento; pero es muy probable que él vuelva a comportarse en forma agresiva, si los padres no se tornan más flexibles y comprensivos en sus exigencias y recomendaciones.

LA FUNCIÓN DEL CASTIGO

Todo niño, cuando aprende a caminar, se cae y se golpea. De esa manera, él es "castigado" por su falta de aptitudes. Lógicamente, llora y grita, pero si el dolor no sobrepasa ciertos límites, se calma pronto y vuelve a repetir exactamente el mismo esfuerzo, el mismo movimiento. La ansiedad de satisfacer su deseo supera las posibles consecuencias desfavorables de sus acciones. Es exactamente de esa manera como los niños procuran conquistar la independencia necesaria para convertirse en individuos competentes.

El castigo, para ser eficiente, no debe olvidarse inmediatamente. Pero ciertos tipos de castigo pueden tener efectos muy serios. El castigo físico es 'aplicado con frecuencia a los niños pequeños. Puede tener su utilidad, en ciertas ocasiones, y con niños aún incapaces de comprender ciertos peligros. Ejemplo: el adulto da una palmada en la mano al niño, para que entienda que no debe tocar los enchufes eléctricos.

La amenaza "espera a que llegue tu padre" es inútil, porque el niño probablemente no recordará, cuando llegue el padre, lo que hizo para merecer el castigo, y ciertamente repetirá la travesura. Castigar a un niño con palabras duras e hirientes también puede tener pésimos efectos. Amenazarlo con venganzas o atemorizarlo, tal vez le provoque un miedo profundo que lo acompañará toda la vida.

Aunque la mayoría de los niños no necesitan elogios constantes para sentirse alentados, una palabra de aprobación o una respuesta afectuosa son muchas veces indispensables para robustecer su autoconfianza.
El niño al que se impide constantemente jugar con sus amigos, o que se le está siempre ridiculizando, puede tornarse incapaz de establecer una buena relación con el prójimo.

Los resultados de los castigos severos frecuentemente pueden ser observados en los niños, cuando ellos están jugando. Un niño constantemente ridiculizado por sus errores es inseguro, y no acepta normas complicadas o variadas: prefiere recurrir a la mentira antes que admitir el fracaso. El niño que se vuelve rebelde corno reacción frente a un ambiente demasiado rígido, rechaza las normas cuando le conviene o las modifica en su propio provecho.

Si hace eso con sus amigos, termina siendo rechazado por ellos. Los niños que aprenden a autodisciplinarse, en un ambiente que toma en cuenta las distintas etapas de su desarrollo, se adaptan a las situaciones cambiantes. Aceptan el hecho de que las normas pueden ser flexibles, y acatan con serenidad la derrota.
Los pasatiempos y juegos infantiles constituyen una muestra de la cultura, el modo de vida y las aptitudes que las distintas sociedades valorizan y, a su vez, ofrecen una clara visión sobre el desarrollo del niño, en su aspecto físico, intelectual, moral y emocional.

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