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Un alud puede devastar una aldea sin previo aviso

El 31 de mayo de 1970, una gruesa capa de hielo de casi 800 m de ancho y millones de ton de peso se desprendió del Huascarán, la montaña más alta del Perú, con 6,768 m de altura. Tras caer cerca de 1,000 m por una cara escarpada de la montaña, se estrelló contra la ladera y se precipitó valle abajo, lanzando rocas y trozos de hielo del tamaño de una casa, al descender a una velocidad que llegaba a los 480 km/h. Cuando por fin se detuvo en el valle de Santa, la avalancha prácticamente había arrasado la ciudad de Yungay y devorado 11 aldeas cercanas, resultando muertas entre 18 y 25 mil personas.

Ésta, la avalancha más devastadora de que se haya tenido noticia, fue desencadenada por un terremoto, pero un alud puede sobrevenir al menor desequilibrio de nieve, hielo o rocas. Basta con que un cristal se salga de su sitio para desencadenar un alud de nieve que puede crecer hasta convertirse en una inmensa masa, de millones de toneladas de peso, que descienda a velocidades hasta de más de 400 km/h.

Por su parte, los aludes de "losas" son consecuencia del deslizamiento de una capa de nieve: cuanto mayor sea la cantidad de nieve que tengan encima tanto mayor será su devastación.

El poder de las avalanchas es inmenso; pueden asolar bosques, descarrilar trenes y arrancar casas de sus cimientos. Pero tal destrucción no siempre se debe al volumen de materia que arrastran, sino que puede resultar también de la formación de una onda de aire frente a la avalancha, que barre todo lo que halla a su paso. Así, en 1900, un trabajador forestal de Glarus, Suiza, fue lanzado por el aire "como hoja llevada por la tormenta", y cayó en la nieve, 670 m montaña abajo. Y de igual forma, en 1952, un autobús fue arrojado de un puente, cerca de Langen, Austria, por la corriente de aire de una avalancha; murieron 24 personas.

Cómo detener el alud

Resulta casi imposible predecir una avalancha, pero sí se puede hacer mucho para evitarlas. Así, por ejemplo, se pueden colocar barreras de acero para mantener la nieve en su lugar e impedir los derrumbes, o bien, en sitios menos accesibles, producir con explosivos pequeños e inofensivos aludes que eviten la formación de masas de nieve que pudieran adquirir peligrosas dimensiones.


  • Las avalanchas cobran en promedio 150 vidas al año. La mayoría de las víctimas son esquiadores; ellos mismos desencadenan los aludes que les causan la muerte.
  • En agosto de 1820 una avalancha en el Monte Blanco lanzó a un grupo de nueve montañistas a la grieta de un glaciar. La gente de la zona, que conocía la velocidad a la que avanzaba el glaciar, calculó que los cuerpos aparecerían en 40 años al pie de la montaña, en el valle de Chamonix, a unos 8 km del fatal sitio. Aparecieron, en efecto, en 1861, un año más tarde de lo previsto; aún parecían estar, según se dijo, "en la flor de la juventud".
Un alud puede devastar una aldea sin previo aviso

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