miércoles, 25 de noviembre de 2015

¿Cómo sería un día sin madres?

Cuando escuché la propuesta de imaginar un día sin madres y describirlo, no me cupo en el juicio. Creí que no había entendido y pregunté de nuevo. Sí, ese era el tema. Me parecía imposible: a tal grado la figura materna está arraigada en nuestra realidad. Lo comenté con mis amigos; el brillo de sus miradas y la reacción espontánea comenzaron a inspirarme. "¡Qué bendición!" "¡Sería increíble!" "¿Dónde? Yo me inscribo". Sin embargo, segundos después surgía una sombra en algunos rostros, y ya con sentimiento de culpa se retractaban: "Mi vida sería mucho más desastrosa" "¡Quién sabe qué hubiera pasado conmigo!" Al figurarme tal jornada, pensé, tendría que tomar en cuenta no sólo el impacto avasallante de las madres en la vida de todos, sino la complicidad de los hijos que se quejan de ellas, pero no entienden la vida sin su apoyo, en una infancia que se prolonga por siempre. Recordé una pelea de box entre dos hombres de treinta y tantos años, transmitida por televisión. Cuando uno de los contendientes tundía al otro, la madre de este último (que se hallaba entre el público) subió al cuadrilátero. Tomó su bolso de mano y empezó a darle al contrincante de su hijo mientras el vástago lograba escapar. Pensé también en cientos de historias donde el matrimonio es un interludio en ese extraño romance que comienza el día del parto y concluye con la muerte de la pareja madre-hijo. Un genuino vínculo de interdependencia. La relación madre-hija es menos incestuosa pero igual de truculenta, nunca se separan y la suegra se convierte en el fantasma del domicilio conyugal. Una promiscuidad donde los límites son difusos y un juego de manipulaciones, represión y complicidades que desafía a antropólogos y psicoanalistas.

El día sin madres (que llamaremos Día M) comienza tarde, pues no hubo quien pusiera el despertador. El entorno es una casa sucia y desordenada. La escoba y la aspiradora están guardadas. La cama es un caos y será mejor tenderla, de no hacerlo la veremos así al regresar a casa. Por más que nos resistamos a creerlo, no se compone por arte de magia: se necesitan dos manos y quejas ("me duele mucho la espalda cuando me agacho"). Tampoco está listo el desayuno y no queda nada  en el refrigerador. La jefa de compras y cocinera mayor se ha ausentado. Quienes no se prepararon para el Día M tendrán que conformarse con salir de la casa con el estómago vacío. Niños, adolescentes y adultos tienen que recurrir a la misma estrategia para calmar el hambre: pastelillos con relleno cremoso, botanas con chile y limón, bebidas de frutas en envase plástico. Pero a esta hora no se antojan. La casa se queda sola, se apoderan de ella el polvo, las hormigas y cierta indignidad. No hay quien tome el gas o atienda al cartero, ni quien prepare la comida para el mediodía...

No existen estadísticas precisas al respecto, pero las madres son la principal fuerza laboral doméstica en México. A ellas les toca lidiar con la mugre en todas sus formas: en estufas y cacerolas, en los cuellos de las camisas, en los tapetes viejos y los mosaicos del baño. Mejor que nadie, ellas experimentan la verdad del eterno retorno: un mismo vaso puede hacer hasta 10 viajes al fregadero en sólo 12 horas. El Día M marca un descenso histórico para los fabricantes de productos para el hogar (sus aliados en la lucha contra la inmundicia que entra por las ventanas, regurgita por el retrete e invade el hogar).

Con la suciedad y todo, esa ocasión sería también un maravilloso descanso del coro de reproches: "Me mato todo el día limpiando"; "tú no te has dado cuenta del esfuerzo que esto significa"; "nadie reconoce el trabajo de lhogar"; "mira nomás como tengo las manos". Combínense con varias otras que en esta jornada de libertad NO se escucharán: el lamento de la presión arterial elevada, de los niveles de azúcar al máximo, de la columna vertebral en desintegración pulverizante. Aun así ¡cómo nos gusta que nos hagan todo! 

En el Día M vástagos grandes y pequeños abandonan la casa sin protección contra los malos espíritus. En los hogares de la clase media mexicana el momento de la bendición recuerda a las culturas primitivas, cuando los jóvenes cazadores escuchaban mensajes protectores para enfrentar a las fieras y sobrevivir a los peligros de una naturaleza indómita. La madre es el vector de la vida religiosa. Le reza a los santos, obliga a ir a misa, conduce a los niños al catecismo, enciende el cirio pascual y llora para convencer a los descarriados de que se corten el pelo, no sean jotos, o santifiquen su unión y se casen por la iglesia cuando nada más están arrejuntados con la pelada esa que les está sacando el dinero. Se sienten dueñas de poderes sobrenaturales para conectarse con el otro mundo empleando novenas y rosarios, mandas y penitencias, círculos bíblicos y procesiones, flores, estampas y relicarios. El hijo vive presionado por todo el santoral para no ir al antro. A la hija se le manifiesta santa Rosa cuando se le antoja manosear a un stripper. Pero son ellos mismos quienes le piden a mamá que rece para que consigan trabajo, aprueben una materia, no estén embarazadas o resuelvan un desamor. La virgen de Guadalupe, el mayor símbolo patrio y el culto más extendido en todo México, es la máxima sacralización del vínculo filial. Esta se erige como madre de todos los mexicanos y lleva al nivel más alto y vistoso un estilo de relación que a veces ocurre en departamentos de 60 metros cuadrados: culpa, perdón y expiación que jamás terminan. Así, en el Día M todos salen a la calle con sus propios medios, en una curiosa mezcla de libertad y desamparo. Sin embargo, los huérfanos por 24 horas disfrutan un gran momento: no escuchan comentarios sobre lo mal que llevan la corbata (ejecutivos de 40 años), los remiendos que necesita el uniforme (niños de preprimaria) o lo ridículo que es ese tubo de labios (chicas de diversas edades). Tampoco oyen —esto sí que es una bendición— la frase: "¡Llévate tu suéter!", que siempre se pronuncia sin importar la estación del año, si el sobrecalentamiento atmosférico está causando temperaturas de cien grados, si los retoños se dirigen a Acapulco o incluso si fueron invitados a la orgía del fin de semestre.

En las calles de las principales ciudades, el tránsito es fluido como nunca, ¡hay pocas mujeres manejando! Escasa es la clientela en las tiendas de autoservicio. El número de accidentes viales se reduce drásticamente, los autobuses están vacíos y la policía sonríe. Los niños caminan solos rumbo a la escuela (si es que decidieron ir, sin tener la presión de la autoridad). A muchos, sus padres no pudieron llevarlos a clases, pues tenían citas (¿de trabajo?) desde muy temprano. Las escuelas parecen tranquilas y las maestras hasta se alegran viendo a los pequeños solos, sin las molestas señoras que diariamente les hacen miles de reproches: "Ayer me llegó muy sucio"; "me dijo que su compañerito lo estuvo molestando"; "¿por qué me lo puso tan atrás cuando tomaron la foto?"; "traía un condón en la mochila"; "quiero hablar con la directora". En contraste, se alarman al revisar los cuadernos y comprobar que ningún alumno hizo la tarea indicada el día anterior. Las autoridades educativas reconocen que en la escuela primaria, la intervención de la madre es esencial como apoyo al trabajo en el aula. A mí, por ejemplo, mi mamá me enseñó a leer en los anuncios espectaculares, meses antes de llegar a la escuela. A otros niños su madre les ha dado duro con la tabla del siete o la del doce (las que más duelen). También ha repasado con ellos las páginas de papel calca de Mi libro mágico en toda una operación de lavado de cerebro: Mi mamá me mima. Que Susú ame a su oso, es asunto de ellos, mientras no nos molesten y lo hagan con discreción.

Por la tarde, si decidieron volver a su casa (en el Día M, al no haber juicios morales muchos optaron por conformar pandillas y saquear comercios), los huerfanitos, felices como nunca, se dedican a ver la televisión sin control parental. Lo mismo gozan de telenovelas (una escuela dela pasión), que de hazañas de caricaturas y hasta de los sensuales movimientos de las series softcore que sintonizaron sin problema. El número y la gravedad de las travesuras aumentan pues no hay una figura de autoridad para marcar un hasta aquí ni para inculcar sentido del arrepentimiento. Los adolescentes tienen mucho en común con los pequeños: en este día ponen sus películas pomo favoritas en el home theater de la sala sin que nadie los amenace con someterlos a un exorcismo o internarlos en un manicomio. Y los adultos pueden tener relaciones sexuales sin la amenaza del Juicio Eterno. Existen casos de mujeres casadas que literalmente han perdido la razón por llevar a cabo con sus maridos prácticas que sus progenitoras juzgaban "propias de animales". Bajo el pretexto de la protección y la buena conducta de sus vástagos, las madres son la principal fuente de represión sexual en los núcleos familiares. Ven con malos ojos cualquier lujuria. Negar la sexualidad de los hijos es parte de sus estatutos. Ellos por su parte lo aceptan y evitan cualquier comentario que traduzca su deseo, sin pensar que su existencia misma es resultado del goce carnal de estas señoras que, como bien reza el refrán, dieron la carne al Diablo y los huesos a Dios.

En el Día M los teléfonos de funcionarios y ejecutivos están menos activos que de costumbre, pues no hay tráfico de llamadas entre ellos y sus jefecitas. Aunque muchos ya rebasan los 40 años, suelen llamar a sus progenitoras para preguntarles y contarles cómo amanecieron y lo mal que menganita hizo el atole. En esas conversaciones se refieren a sus esposas como si hablaran de intrusas que apenas conocen e impiden la realización total de la relación madre-hijo. El amor total para el hombre mexicano invoca siempre la presencia de la figura materna. Así visualiza la felicidad el siniestro nocturno A Rosario de Manuel Acuña: "¡Tú siempre enamorada/ yo siempre satisfecho,/ los dos una sola alma,/ los dos un solo pecho,/ y en medio de nosotros/ mi madre como un dios!"

Durante la jornada de orfandad muchos hogares quedan a salvo. Gran cantidad de los matrimonios fracasan por la intromisión de las suegras. La mamá del varón suele ver con malos ojos a la nuera y a pesar de frases emotivas ("para mí es como otra hija') nunca termina por aceptarla y menos aún por quererla. La de la mujer procura mantener siempre una alianza en la cual la hija ha de contarle hasta el menor detalle de su vida conyugal para que ella le aconseje, le diga cómo tratar y conservar a su marido ("revísale muy bien el saco"; "ten cuidado, no te vaya a contagiar una porquería"). Varias parejas divorciadas afirman que el fracaso de su vida conyugal fue provocado por las madres de los dos integrantes. Estas contiendas libran sus principales batallas en los días festivos: Navidad, Año Nuevo y el propio Día de la Madre, donde una y otra familia se disputan la presencia de los hijos. Bien rociados de alcohol todos los convidados, cualquier frase es el cerillo que enciende un encuentro de momias contra apaches.

La mayoría de los mexicanos piensa que el máximo afecto al que puede aspirar es el maternal: "Es el amor más grande". Lo sitúan más allá que el paternal. Como constante desafío a ese amor absoluto está la violencia doméstica ejercida por muchas madres que agreden verbalmente a sus hijos ("no te tengo respeto porque no te lo mereces, eres la vergüenza de la sociedad y una lacra para la familia"). Otras los golpean, los matan de hambre, les queman la espalda con cigarros o llegan a asesinarlos. Un buen número de mujeres convictas por homicidio en los reclusorios de México le han quitado la vida a sus hijos, al recrear la tragedia de Medea. En palabras de Gabriel Careaga: "[La madre] es la reencarnación de la Coatlicue, diosa protectora, pero también diosa asesina que persigue e incluso mata a sus hijos".

El Día M desaparece la idea de hogar. Nos cuenta el sociólogo Henry A. Selby que el concepto de familia se encuentra muy vivo en la mente de los mexicanos, y que la unidad doméstica se construye de forma simbólica. Las bases ideológicas que fundamentan el hogar son género, autoridad, amor y respeto, casi siempre concentrados en la madre. En nuestra sociedad la autoridad de la mujer en la casa es derivada de la del hombre a partir de varias características que se le atribuyen: ternura, amor, flexibilidad, capacidad de adaptarse, abnegación. Es el estereotipo que tan bien encarnaron actrices como Marga López, Libertad Lamarque y Silvia Derbez. Realizaron películas y telenovelas que mostraron a mujeres capaces de sufrir todo por sacar adelante a un grupo de rufianes que incluso las niegan (¡pobre juventud!), sin importar que para ello tengan que sacrificarse, soportar la indignidad y el exceso de trabajo hasta la madrugada. Pero todo tiene un precio. A este respecto nos advierte Careaga: "Sufrirá, llorará, rogará, con tal que sus hijos siempre la quieran [...] siempre estará pendiente de hacerles ver que ella es la víctima, que siempre deben atenderse y hacerle caso. Exige respeto, amor, tolerancia, que jamás la contradigan porque esto le provocaría histeria [...] Vivirá obsesionada por no quedarse sola. Al acercarse a los 40 años sufrirá una grave crisis porque notará que a pesar de sus esfuerzos, sus hijos son también seres que intentan tímidamente ser libres". A la luz de todo ello cabe preguntarse si el "amor maternal" impulsa el desarrollo. Según las teorías del psicoanalista Jacques Lacan, el genuino amor no busca realizar el interés propio y se propone incorporar al otro sin destruirlo ni deformarlo. No parece ser el caso de la relación entre madre e hijos en México. Las madres pretenden vivir a través de ellos y gobernar cada una de sus acciones. Según David Cooper, autor de La muerte de la familia, la ideología de la familia ideal supone que los intereses de los padres son iguales a los de los hijos a partir de los roles sexuales y la subordinación a la autoridad. Según su planteamiento, "no parece haber muchas madres dispuestas a abstenerse de estar sobre sus hijos el tiempo necesario para que ellos desarrollen la capacidad de estar solos". Las figuras maternas demasiado presentes en la vida de los hijos tienden a propiciar adultos con distintos déficits de conducta, incapaces de construir relaciones estables y profundas. ¡Los asesinos seriales también tuvieron mamá!

El Día M las calles de México son mucho más violentas, pesa a que las mentadas de madre quedan en completo desuso (insultos del todo anacrónicos, pues ya no hay a quien chingar). Resulta curioso cómo en la jungla urbana de todos los días hay un gran respeto por la figura materna y hasta los conductores y policías más rudos tienen una consideración especial por las mujeres mayores que identifican con sus propias mamás, tanto así que les dan el apelativo de madrecitas, en vez de "señoras". Les ceden el paso, las ayudan a subir y bajar de los transportes con toda prudencia. La "jefecita" es una de los escasos tipos populares que todavía tienen peso y prestigio.

En el Día M se cae en pedazos una de las más feas construcciones del mundo: el monumento a la madre, en la calle Sullivan de la ciudad de México. Y también pierde sentido el festejo del 10 de mayo, la industria del amor filial llega a su fin. Tríos, mariachis y estudiantinas no reciben encargos de serenatas. Y nos ahorramos grandes momentos de cursilería: tarjetas con mensajes melosos, diamantina, todas las tonalidades del rosa y el violeta. También se acaba la tradición de los festivales escolares y las manualidades que encuentran tan horribles los hijos. Muchos extrañarán los comilones de esa fecha en que la propia homenajeada es responsable de preparar los platillos y llega a cargar refrescos. Esa singular jornada marca una crisis en los hogares matrifocales, es decir, aquellos integrados por una fémina sola, con sus hijos, sin la presencia de un hombre adulto en casa. Un estudio realizado en México a principios de la década de 1990 halló que de estos, 44% pertenecía a viudas, 27% a madres que nunca se casaron, 17% a quienes que fueron abandonadas y 10% a mujeres divorciadas. La crisis en México no tuvo un impacto tan abrumador sobre los hogares matrifocales. El espíritu de lucha de muchas madres está fuera de duda. A falta del varón que las respalde, se esfuerzan por mantener su casa, incluso lo hacen cuando el varón está allí, pero borracho. Selby encontró que estos hogares superan a los convencionales en su capacidad de soportar los conflictos económicos. Muchas progenitoras solas se han integrado a la fuerza laboral dentro de la economía formal o informal para llevar el sustento a sus hogares. A veces sólo bolillos y café negro, pero nadie se queda sin cenar. Los ingresos de los hospitales por concepto de servicios médicos y atención de mujeres embarazadas y parturientas se cuentan entre los más significativos que reciben. Las clínicas de fertilidad son desde hace más de una década un negocio redituable. Un tratamiento puede llegar a costar alrededor de cien mil pesos sin garantizar el éxito. Los cursos sobre parto psicoprofiláctico tienen cada vez más seguidores y existen instituciones que viven de ellos. Hay, además, toda una industria editorial enfocada a las féminas embarazadas y a las primerizas que no saben cómo educar a sus hijos. Libros, revistas, videocasetes y otros dispositivos les enseñan a cambiarlos y a controlar un capricho. Todas ellas se colapsan durante el Día M. También se ven en crisis las tiendas de maternidad, las productoras de alimentos para bebés y los consultorios de ginecólogos. Otros de los profesionistas de la salud resultan más afectados: psicólogos y psicoanalistas. La psicoterapeuta Matilde Rubianes (miembro del Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia, ILEF) cuenta que la mayoría de los pacientes que llegan a su consultorio busca resolver conflictos con sus madres. Existen todas las posibles variedades: desde las madres poco afectuosas hasta aquellas cuya sobreprotección impide a los niños un desarrollo normal. En contraste, la especialista también nos explica en qué medida la presencia de una madre cariñosa y capaz de dar apoyo previene distintos riesgos para los hijos, en especial la adicción a las drogas. "Los adictos a drogas crecieron en hogares donde la figura de la madre se hallaba ausente o no tenía la solvencia necesaria para apoyarlos".

El Día M significa la ruptura con una larga tradición que se remonta a la época previa a la conquista española, cuando las progenitoras tenían diversas responsabilidades en el hogar y algunas facultades cuando el marido se encontraba ausente y los hijos eran pequeños. Muchas de estas prácticas fueron acentuadas por la influencia española durante el virreinato. Los códigos civiles de finales del siglo xix negaban a la madre los derechos que poseía el padre. Sólo d hombre tenía la patria potestad. En 1916 Venustiano Carranza creó nuevas leyes, hizo posible el divorcio, pero buscó mecanismos de protección. Defender los derechos de la fémina se convirtió en una forma de defender los dela madre y su familia. Aunque se permitía el trabajo femenino, se marcaba un estereotipo: el trabajo de la mujer casada no debía alejarla del cumplimiento de su primer deber, el cuidado de hijos y hogar. Esa ley decía que, aunque ambos padres tienen el mismo interés en el porvenir de los hijos, la madre "por razones naturales, se ha sacrificado por el hijo más que el mismo padre y ordinariamente le tiene más cariño". En México el respeto a la 'jefecita' es ley. El artículo 411 del Código Civil dispone: "Los hijos, sin importar su condición deben honrar y respetar a sus padres". Los padres ancianos y, a causa del peso de la costumbre, la mamá sobre todo, tienen derecho a ser alimentados y socorridos, y además, acatados en sus opiniones.

Así que en México el Día M sería una jornada de contrastes. Por un lado los hijos se verían libres de la intensa presión que sus progenitoras ejercen sobre ellos desde los primeros días de gestación hasta la adultez, una serie de restricciones, principios morales, órdenes y chantajes que han contribuido a construir su carácter. Por otro lado, la situación tendría mucho de apocalíptico, cambiaría el uso del tiempo, la alimentación, la moral, su educación, su conducta sexual y hasta sus principios religiosos. Muchos hijos sentirían que les han quitado las cadenas que los ataban a una figura compleja y controversial, pero también se verían desamparados al perder a quien por costumbre resuelve muchas necesidades diarias: el servicio doméstico, el apoyo afectivo en situaciones críticas y los tratos con los poderes del universo. Todo eso nos invita a salir de los estereotipos y comprender que la figura de la madre que nos ha vendido la tradición no es realista. Tras la imagen de abnegación y sacrificio personal se ocultan ideas mucho menos generosas, más egoístas y con genuinos afanes de poder. Tampoco son realistas las visiones familiares del siglo xx, la madre no siempre es castrante, autoritaria y posesiva. Yocasta y Edipo fueron una pareja más, pero no la norma. No estamos condenados a sacarnos los ojos. En ese día nos dimos cuenta de la complicidad de los hijos en esos vínculos: las madres estorban cuando exigen, pero son muy útiles en los momentos de incertidumbre o dolor. El terror y la alegría del Día M deben abrir el camino a la búsqueda de relaciones más sanas y originales, que no estén fincadas en el dominio, ni en la explotación afectiva, que no partan de ideas hipócritas de ninguna de las dos partes.

El Día M sería para muchos uno de independencia y para otros uno de orfandad. Muchos se irían de reventón. Otros se arrepentirían de sus pecados y, como en el poema de Salvador Díaz Mirón, vagarían miserables por la soledad de las calles: "Buscando comida, revuelvo basura./ Si pido limosna, la gente me insulta,/ me agarra la oreja, me dice granuja,/ y escapo con miedo de que haya denuncia./ Mamá, soy Paquito; no haré travesuras./ Y un cielo impasible despliega su curva". 

¿Cómo sería un día sin madres?


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