jueves, 2 de junio de 2016

Caminante no hay camino, se lo acabaron los micros #Retoblog, Día 2

¿Cuándo fue la primera ocasión en la cual viajaste en “micro” (hay quienes les dicen “peseros” o “la combi’. Claro, quizá tal evento no sea de importancia alguna, quizá hayas tenido viajes memorables en un micro cuya travesía fue memorable. Por mi parte si recuerdo aquella primera vez. Tal sistema de transporte era aún novedoso, pequeños buses sustituían a aquellos enormes camiones, las nuevas rutas de transporte sisean por las colonias de un modo que los camiones urbanos les resulta imposible.

El primer micro al cual me subí era de color verde, he olvidado la ruta; era una combi VW modificada para que los asientos de madera formasen una U dentro del vehículo. El nombre de pesera venía de los pocos pesos del costo del pasaje, no de que pareciese una pecera (con c), en tal caso le quedaba mejor mote “lata de sardinas”.

Así fue como hice mi primer viaje, todo era nuevo aunque hechizo a la mexicana, música a todo volumen, peluche multicolor cubría el tablero, calcomanías de los personajes de moda, una bolsa de acrílico simulando un paisaje nevado en la palanca de cambios, letreros pintados a mano dando indicaciones servicio y un chofer como cualquiera, ningún rasgo a destacar.

No viajamos tantas cuadras, la ciudad, mi ciudad es apenas pueblo grande, resultaba más económico ir a pie, pero mi mamá en aquel entonces no sabía manejar y quería conocer de qué se trataba aquello de los micros.

¿A que viene esto?

Lo traigo a colación porque estoy escribiendo desde un micro cuya ruta recorre desde cerca de mi casa hasta el centro. Después de tantos años de vivir tan lejos, es apenas la segunda ocasión en la cual hago uso del servicio de transporte de la ruta amarilla. No, no crean que nací en auto, de chamaco he necesitado de algunas otras rutas en diferentes ciudades de forma cotidiana. Escribo esto primero de pie, ya que cedí el asiento a una señora con un bebé, luego me senté de nuevo porque han bajado tropel en el Walmart. Ya antes había intentado escribir mientras viajo, cosa que a letra cursiva en papel es una hazaña imposible, al menos para mi. Frecuentemente escribo en el teléfono gracias a la magia del teclado deslizante de varias marcas y el mismisimo de Google, no es perfecto pero me agrada.

Cuando me baje de éste micro, en esa misma esquina tomaré un camión urbano, de los más viejitos en la ciudad y cuya ruta es la única con tal tipo de vehículo auto motor. El camión tiene un ritmo sereno, nada que ver con la esquizofrenia trepidante y ondulante de viajar en micro. El el camión vas sentado a tus anchas, en el micro se pierde todo sentido de espacio vital. Lo anterior comparo con escribir en tabletas/PC/Celular yo con máquina de escribir mecánica… los primeros te mantienen en un estado de latencia inquietante, el cursor parpadea incesantemente a la espera de tu decisión sobre cuál palabra sigue, te interrumpe la alerta de mensaje nuevo en las redes sociales o estás al pendiente de cuanta batería le queda al aparato, por lo que tú tiempo de calidad pasa a ser tiempo de busca un enchufe. La máquina mecánica, en cambio, no te apresura, te ronronea con ese clac tlaca clac clac propio cada modelo, y sigue en silencio a la espera también de tus ideas.

En el micro y en los camiones me han pasado cosas tan curiosas que, si me la cuentan no las creo. 
En una ocasión, allá por los 90s, equivoqué ruta aca en Monterrey, Nuevo León; han de saber que era nuevo en ese lugar, de ahí mi confusión… fui a dar una de las colonias más peligrosas de la ciudad, un grupo de pandilleros quiso robarme, pero no traia caso nada de mis pertenecías no dinero… se les ocurrió la idea de ponerme a cantar y pedir unas monedas a los demás pasajeros… Página blanca fue mi corazón, donde escribimos una página de amor.

En un camión perdí mi fe en la humanidad, mi esposa con 8 meses embarazo y yo tuvimos que utilizar uno porque el auto estaba averiado, creanme que de haber podido lo hubiésemos evitado, no había taxis por no ser cual motivo. Durante el trayecto nadie, NADIE, ni hombre, mujer o niño le cedió el asiento. Espero de todo corazón que todos esos se vayan al infierno y como castigo tengan que ir de pie embarazados en un camión lleno, por toda la eternidad.

También he visto la flor de loto entre el lodo en los camiones… un chofer de la ruta azul, siempre, siempre de siempre saludaba caballerosamente a todos y cada uno de quienes subían a su unidad.
En uno de la ruta roja vi lo contrario, el chofer se quiso pasar de listo con una vecina de mi misma edad cuando estábamos en la secundaria y debíamos utilizar tal ruta para ir a la escuela, mi vecina lo cacheteo. No se si aprendió la lección pero recibo Una buena educación inmediata.

Ya voy llegando… ¡BAJAN! ¡BAJAN!

… luego les sigo contando.

6 comentarios:

  1. La verdad no recuerdo la primera vez que me subí a un micro, antes de cerrar el negocio lo hacía a diario, y aunque tenía que caminar una cuadra más a que si tomaba una combi, prefería el micro, por ser más cómodo para mi.
    Lo que sí recuerdo es la primer vez que tomé un pesero yo solo. Es el que salía de Dr. Gálvez (en San Ángel) al Pedregal. Estaba muy nervioso, aunque poco a poco se hizo cotidiano.

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  2. Yo también tengo tantas historias de microbus, que nos pasaríamos tardes enteras platicando, la mayor parte del tiempo me gusta observar a la gente e inventarme historias de cómo será su vida, o de acuerdo a lo que los escucho decir. Otras me conecto audífonos y oigo mis meditaciones. Y lo confieso hasta me he dormido. LAs desagradables: Cuando manejan como si fueran a recibir herencia o como si llevaran vacas, y la peor, cuando me asaltaron a punta de cuchillo. Es toda una aventura.

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  3. Mi experiencia con el transporte público no es buena. Hace un mes deje mi auto estacionado en el Aeropuerto de la CDMX un día que no circulaba. Para regresar a mi casa pedí Uber y todo muy bien. Por la tarde decidí regresar por mi camioneta en camión y metro. Para tomar el primer micro esperé 45 minutos, al llegar a 4 caminios tomé el metro hasta el aeropuerto y la travesía fue insoportable, incluyendo vendedores, puestos ambulantes, puestos dentro de las estaciones y el olor a fritanga y sudor. Me causó molestia saber que en el metro deben separar a las mujeres para evitar acoso y abuso sexual, que nadie cede el asiento a mujeres embarazadas ni personas mayores. Después de 1 hora y 45 minutos para llegar a mi destino, al salir de la última estación pude respirar. No entiendo por que no hay una autoridad que sí mejore el servicio, yo por lo pronto si prefiero mi auto y mil veces prefiero Uber en caso de que no pueda circular.

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  4. Y si: yo no uso micros. Por una razón de espacio: si me subo... nadie viaja cómodo. Con el metrobús es otra cosa -a ciertas horas-: hasta puedo dictar o escribir allí, y es uno de mis lugares favoritos par leer en la Kindle

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  5. Muy bien por el escritor de peseras. Muy vivido y descriptivo. Buen Pulso Digital.

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    1. ... mira que tenía que corregir con cada frenada... osea, varias por cuadra.

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