martes, 20 de septiembre de 2016

Armas químicas y biológicas, las nuevas plagas bíblicas

Son relativamente económicas, fáciles de producir -incluso para países en desarrollo o grupos terroristas- y de eficacia comprobada ¿Qué son? Armas biológicas y químicas

Anibal Barca (247 a.0.183 a.C.) es considerado -junto con Alejandro Magno- uno de los más grandes estrategas militares de la historia. Fue el azote de Roma, tras derrotar a su poderoso ejército en míticas batallas, como la del lago Trasimeno o la de Cannas. No por nada, hoy día sus estrategias siguen siendo materia de estudio obligada en todas las academias militares. De todas sus tácticas de guerra, una llama la atención: cuando el rey de Pérgamo avanzaba por el mar Egeo para tomar Bitinia, Aníbal no disponía de armamento suficiente para enfrentarlo. Así, tuvo una idea genial (o diabólica, según se mire): desde los barcos bitinios catapultó cántaros llenos de serpientes venenosas hacia las naves enemigas. Los tripulantes al ver a Tos ofidios deslizarse por cubierta se lanzaron al mar aterrados. Se trata de uno de los más antiguos -y espeluznantes- antecedentes del uso de un arma biológica.

Pero no es el único caso documentado ni siquiera el más antiguo: ya hace 3,500 años los hititas -expertos militares- abandonaban ovejas contagiadas de tularemia, una enfermedad infecciosa, afuera de las ciudades que tenían sitiadas. Los habitantes, ignorando el peligro, las consumían y terminaban contagiados; los mongoles catapultaban sobre las murallas de las ciudades a soldados muertos por la peste para causar epidemias; los arqueros egipcios untaban sangre descompuesta a sus flechas (si el flechazo no mataba, sí lo hacía la infección); incluso algunos historiadores han querido explicar las 10 plagas bíblicas como una suerte de guerra biológica contra los egipcios.

A los agentes biológicos sumemos los químicos; el conocimiento de la química también contribuyó a los esfuerzos de guerra, así chinos, griegos, romanos y persas, entre otros, desarrollaron polvos y humos tóxicos de cal viva y azufre para azotar al enemigo. Y mientras el conocimiento avanzaba. el uso de agentes químicos y biológicos alcanzaba mayores grados de sofisticación.
La química y la biología, reclutas de guerra

Sin duda, la guerra plantea una curiosa paradoja: pese a representar el aspecto más oscuro de la humanidad, también parece estimular su creatividad. Las armas químicas y biológicas se tratan, ambas, de destrucción masiva de personas -y otros seres vivos-, pero sin dañar la infraestructura. Pero ¿qué son exactamente? Pues bien, tenemos que...

Armas químicas Según la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es "una sustancia química usada en operaciones militares para matar, herir seriamente o incapacitar a personas por sus efectos fisiológicos". Este organismo las clasifica de acuerdo con su modo de acción, por el tiempo que permanecen activas en el ambiente (persistencia) o letalidad. Este tipo de armamento se divide principalmente en agentes nerviosos y agentes vesicantes (como el gas mostaza). Sobre los primeros, el Laboratorio de Ciencia y Tecnología para la Defensa de Inglaterra dice: "Son un grupo altamente tóxico de compuestos organofosforados. Todos son líquidos a temperatura ambiente y producen vapores capaces de penetrarla piel, el epitelio respiratorio y la córnea. El líquido puede ser absorbido por medio de la piel o el intestino, en caso de ingerir alimento contaminado". El laboratorio señala que "los agentes nerviosos no han sido utilizados a escala militar, aunque se alega que los iraquíes lo usaron contra soldados iraníes y civiles kurdos. Sin embargo, el evento más conocido fue cuando en 1995, el grupo terrorista Aum Shinrikyo, liderado por Shoko Asahara, atacó con gas sarín el Metro de Tokio, con un saldo de 12 personas muertas y1,000 heridas".

Por su parte, los gases mostaza son realmente líquidos viscosos diseñados para dañar por cualquier vía de exposición y son efectivos, incluso, en dosis muy bajas. Estos compuestos de azufre tienen efectos devastadores en la piel, membranas mucosas y tracto respiratorio al causar quemaduras y ampollas. Su nombre proviene de cuando, en 1800, la sustancia se comenzó a sintetizar y se describió su olor a mostaza o ajo. Actualmente es inodoro, de allí su peligro, ya que las personas expuestas no lo detectan. Fue utilizado por vez primera por los alemanes contra los británicos en la llamada tercera batalla de Ypres, en Bélgica, el 12 de julio de 1917. Debido a su efectividad comprobada fue ampliamente usado en la Primera Guerra Mundial. Las armas químicas se utilizan de manera abierta y causan síntomas y bajas rápidamente, movilizan de inmediato unidades especializadas para manejar el material peligroso, así como de grupos de descontaminación y hospitales para tratar a los afectados.

Armas biológicas (también llamadas bioarmas o bacteriológicas) La Federación de Científicos Estadounidenses (FAS, por sus siglas en inglés) las define como "toxinas y microorganismos, virus y bacterias, capaces de producir enfermedades entre las personas, los animales y la agricultura". Se trata de agentes biológicos altamente contagiosos y, en su mayoría, letales. Además, son susceptibles de ser alterados genéticamente, lo que aumenta su peligrosidad. Como señala la FAS, no sólo aniquilan personas, sino también ganado o cultivos.

Las armas biológicas son útiles cuando de realizar ataques encubiertos se trata: los signos y síntomas tardan en presentarse dependiendo del organismo utilizado; tienen la característica de tener un potencial destructivo enorme, se mantienen en paquetes relativamente pequeños y los perpetradores pueden huir antes de que nadie sospeche que el ataque se ha llevado a cabo. Matan personas, pero dejan la infraestructura intacta.

Quizás el ataque biológico que más ha impactado fue el envío de cartas que contenían esporas de ántrax a senadores y prensa estadounidenses en 2001. Los envíos de estos sobres mortales comenzaron apenas una semana después del 9/11. Para mediados de noviembre se tenían 18 casos de ántrax, siete cutáneos y 11 inhalados, cinco de los cuales fueron mortales. A modo de prevención, medicaron a cerca de 30 mil personas que posiblemente se expusieron a las esporas.
Están prohibidas, pero...

En el siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial, el uso de gases tóxicos hicieron que este conflicto se conociera como 'La guerra química'; el horror que esto supuso llevó a que, en 1925, el Protocolo de Ginebra prohibiera el empleo de armas biológicas y químicas. Pero esto no disuadió a los señores de la guerra: en la Segunda Guerra Mundial, mientras Alemania desarrollaba agentes nerviosos, los aliados realizaron pruebas con agentes biológicos. Por ejemplo: un experimento inglés con ántrax derivó en que una pequeña isla escocesa quedara inhabitable por casi 50 años, tras las pruebas.

Durante los años de la Guerra Fría, la situación no fue mejor, y al temor a un apocalipsis nuclear se sumó la sospecha de que las potencias seguían ignorando la prohibición del Protocolo de Ginebra. Un buen ejemplo fue el caso Sverdlovsk. Jozef Goldblat, reconocido experto en desarme y seguridad, lo contó así en la Revista Internacional de la Cruz Roja: "En marzo de 1980, Estados Unidos acusó a la Unión Soviética de mantener un programa de armas biológicas ofensivas.

La acusación se basaba en la presunta liberación en el aire de esporas de ántrax que causó un brote de la enfermedad en la ciudad de Svendlovsk en abril y mayo de 1979. La Unión Soviética confirmó que se había producido un brote, pero lo atribuía a carne contaminada. Sin embargo, en 1992, Rusia admitió haber violado la Convención de Armas Biológicas de 1972". El programa al que se refiere Goldblat fue el Biopreparat: la agencia soviética de armas biológicas que desde los 70 -y al menos hasta inicios de los 90- investigó y desarrolló armas patógenas a partir del virus del ébola, viruela, peste o ántrax. Si bien la agencia fue desmantelada, existen fuertes sospechas que algunos de sus laboratorios continúan trabajando en la clandestinidad.

Por su parte, apenas a principios de este año, trascendió en la prensa que EUA, que durante la Guerra Fría no perdía oportunidad para señalar que los soviéticos violaban los tratados internacionales, realizó experimentos con armas biológicas en Taiwán y en Okinawa a principios de los años 60. A nadie sorprendió: Washington ya había desclasificado información sobre pruebas de armas químicas y biológicas llevadas a cabo en Puerto Rico, Hawai y Utah.

Hoy, irónicamente, los dos países que en el pasado se acusaron mutuamente, son los únicos que conservan cepas de viruela -congeladas en laboratorios de alta seguridad- con las que se podría desarrollar una bioarma.

El último capítulo en la historia de estas armas sucedió el año pasado: el caso Siria. En la madrugada del 26 de agosto de 2013, Ghouta, un suburbio de Damasco bajo el control de fuerzas de oposición, sufrió un ataque con armas químicas (aparentemente gas sarin) que cobró la vida de al menos 1,400 personas. Si bien el gobierno Sirio insiste en culpar a grupos rebeldes, un informe de Human Rights Watch asegura que hay evidencia suficiente para responsabilizar al gobierno del peor ataque químico en los últimos 25 años.

¿Te debes preocupar?

La historia reciente demuestra que, no obstante a estar prohibidas, las armas químicas y biológicas se producen... y usan. Antes de que entres en pánico, aclaremos que con o sin armas, la enfermedad y la guerra van de la mano. Gro Harlem Brundtiand, ex directora de la OMS, dijo que "no sólo la viruela o el ántrax tienen el potencial de causar estragos en la población en caso de ser utilizados como armas': Para Harlem, antes de preocuparnos por las armas químicas o las bioarmas, debemos atender el VIH/sida, la malaria y el cólera, entre otras enfermedades.

Sin duda, es poca ético usar a la biología y a la química con fines oscuros, pero ¿qué esperas de una especie que insiste en jugar a la guerra?

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