Encontrándose a sí mismo por medio de la meditación

Hay casi tantas definiciones de meditación como gente practicándola. Ha sido descrita como el 4.° estado de conciencia (ni en vigilia, ni durmiendo, ni soñando); como un camino para recargar nuestras baterías interiores ; como un estado de conocimiento pasivo, «sin entendimiento».

Algunos maestros ven a la meditación como el complemento de la oración: «Orar es cuando usted habla a Dios; meditar es cuando lo escucha.»
La meditación le enseña a la mente a permanecer inmóvil; ésta debe aprender a estar quieta y escuchar, tanto a Dios, como al subconsciente, como a una influencia exterior. A cuál de éstos uno elige atender depende de nuestro punto de vista y también de él depende la elección de la forma de meditación que uno intentará, entre las muchas que existen.

La meditación contemplativa es un ejercicio preliminar para los novatos, en el que uno mira fijo a un solo objeto, tratando de enfocar la atención entera sobre él y en nada más.

En la meditación «con simiente», también conocida como concentrativa, uno, fija mentalmente la conciencia en un objeto visualizado, frase o parte del cuerpo.
La meditación sin sentimiento es mucho más difícil; aquí no es visualizado nada; la mente se pone, o trata de ponerse, en blanco.

Existe también la meditación «abierta» con la que uno trata de estar enterado totalmente de lo que lo rodea, los sonidos, las sensaciones (por ejemplo, la aspereza del suéter sobre el brazo o el peso de su cuerpo sobre una silla, etc.). La contrapuesta a ésta es la meditación que implica el apartarse en forma total de todo lo que sea sensorio, dejando de lado el medio que lo rodea.

La meditación Mantra significa la continua repetición de un sonido; la meditación trascendental es una versión de ésta.

Aunque nosotros cuando pensamos en un meditador lo vemos sentado inmóvil, existe también la meditación con movimiento. Los renombrados derviches de los Sufis meditan en la actualidad mientras giran, por ejemplo. Tai Chi Ch'Uan, una disciplina oriental que ahora ha alcanzado popularidad en Occidente, combina lentos movimientos físicos con técnicas mentales de meditación.

¿Por qué la gente medita? ¿Por qué abandona una jornada ajetreada para sentarse silenciosamente, gastando el tiempo valioso no haciendo aparentemente nada? ¿No es ésta una manera de huir del mundo? ¿No podemos pasar nuestro tiempo de manera más constructiva? ¿No fomenta ésto el antiintelectualismo? ¿Esta pasividad no nos afloja mentalmente, incapaces de enfrentar la realidad?

Los opositores a la meditación hacen estas preguntas y luego se las contestan afirmativamente. La mayoría han tenido experiencias desagradables en este campo. Otras personas contarán que por este medio ellos han logrado estar más calmos, más capaces de hacer frente a los problemas. Lejos de alejarse de la vida, ellos la encuentran más exhuberante, son capaces de pensar más claramente sobre lo que se debe hacer para perfeccionarla, y tienen más energía para hacer lo que se necesita hacer. Hasta hace muy poco todo esto era muy reciente. No podíamos decir si las personas realmente se beneficiaban gracias a la meditación, o si era el abandono de la rutina lo que las hacía sentir mejor.

Con la explosión del interés occidental en la meditación llegan, inevitablemente, los científicos. Ellos la trasladaron al laboratorio, la midieron, la examinaron, computaron y encontraron que los meditadores tenían razón. La meditación realmente hacía cosas por sus defensores.

Los adeptos estaban más relajados. La sorprendente respuesta de la piel, que es mayor cuando uno está relajado, se cuadriplica durante la meditación, mientras que sólo se dobla durante el sueño completo de una noche. Los meditadores tienen niveles de ansiedad más bajos y, por lo tanto, son más tolerantes; su tiempo de reacción es más rápido y sus sentidos parecen estar más alertas. El consumo de oxígeno es más rápido y sus sentidos parecen estar más alertas. El consumo de oxígeno es aún menor que durante el sueño; los latidos del corazón y el metabolismo entero parecen disminuir durante ella.

Hay también evidencias de que este estado aumenta la PES (Percepción Extra-Sensorial) y, quizás lo más significante de todo, ayuda a los adictos a abandonar las drogas.

Por supuesto que estos experimentos no pueden ser típicos de todos los meditadores o de todo tipo de meditación. Algunos producen resultados muy diferentes de otros. Cuando un golpecito se repite cerca de nosotros, la mayoría de las personas reaccionan con rapidez durante los primeros minutos, luego se acostumbran a él y le «desintonizan». Durante una prueba, los meditadores Zen, quienes practican generalmente el tipo de meditación que tiene conciencia del medio, no se adaptaron del todo al sonido. Ellos continuaban reaccionando de la misma manera como lo hicieron al principio.

Por otro lado, los meditadores Yoga, a quienes se sometió al mismo experimento, no reaccionaron ni siquiera ante el primer golpe, quizás porque el yoga implica el volverse hacia el interior, apartándose del mundo.

Mucho se ha hecho sobre las conexiones entre la meditación y las ondas alfas del pensamiento. Los meditadores experimentados pueden emitir usualmente fuertes ondas alfas y el alfa de algunas partes del cerebro parece evocar sentimientos de paz. Sin embargo, se ha encontrado que algunos practicantes del yoga Kriya, quienes meditan sobre visiones de las deidades, emitían ondas beta muy veloces, más bien que las alfas más lentas que se esperaban. Así no todas las meditaciones implican alfa, y también es cierto que no todas las ondas alfas involucran a la meditación; debe investigarse mucho aún en este campo.

Por qué la meditación tiene tales efectos, no es conocido con seguridad. Se piensa que los habitantes de la sociedad occidental se han sobre-intelectualizado. El consciente raramente para su marcha, y mucho menos tiene pausas para comunicarse con el inconsciente. Durante la meditación, se aprende a aquietarse, a desintonizarse de cualquier ruido externo o interno. Entonces puede ponerse al corriente de lo que viene del subconsciente, permitiendo que el consciente y este último trabajen juntos en una armonía estrecha, con menos fricciones internas y como consecuencia, con menos tensión.

Los meditadores novatos, una vez que dominan las técnicas básicas, se pueden encontrar a sí mismos abrumados con recuerdos hace mucho tiempo olvidados, a menudo emocionantes. Obviamente, situaciones semejantes pueden ser profundamente perturbadoras, y aquellos que abandonan la meditación por esta causa dicen que es nociva o aterrorizante. Sin embargo, cuando estas experiencias han trabajado y sido aceptadas en la conciencia (como en el psicoanálisis), la meditación se hace muy tranquila. La llave es la paciencia.

Otro efecto de esta práctica es la de desautomatizar al meditador. Todos sabemos que nosotros estamos acostumbrados a las cosas. Si percibimos el cielo, un árbol, un rostro adorable por primera vez, nos sentiremos maravillados, pero nos acostumbraremos en poco tiempo y, por lo tanto, nuestros sentidos se cansarán; ya estamos automatizados. La forma de meditación que se aparte de los sentidos nos ayudará a desautomatizarnos porque mientras la practicamos estamos ajenos a cualquier consumo sensorial y cuando está concluida, volvemos a despertar en un mundo que está constituido, felizmente, de «todas cosas hechas de nuevo». El tipo de meditación que tiene en cuenta la conciencia del mundo que nos rodea nos ayuda a no automatizarnos del todo, como los budistas Zen que automatizan a los golpeteos.
Es también posible que apartándonos de todo estímulo normal seamos más capaces de sentir «señales» más débiles. Por ejemplo, las estrellas están siempre en el cielo, pero frente a la presencia del sol diario no las podemos percibir. Estas señales pueden venir de Dios (la meditación es, después de todo, recomendada por las principales religiones) o del medio ambiente en la forma de PES (Percepción Extra-Sensorial) o, quizás, de otras fuentes, pero ellas deben seriamente ayudarnos a ser más conscientes de nuestro universo y también de nosotros mismos.

Abundan las técnicas de meditación. Algunas serán útiles y otras una mera distracción. Ninguna es esencial pero aquí hay unas pocas que han sido consideradas provechosas. Sin embargo, existen personas que alcanzan estados meditativos satisfactorios sin ninguna de ellas.

La espina dorsal debe estar derecha. La posición de loto y otras de piernas cruzadas son buenas, pero puede sentarse en una silla con respaldo recto, los pies en el piso y las manos sobre las rodillas.

Las meditaciones concentrativas o contemplativas son mejores para los recién iniciados; puede surgir al clavar la vista o visualizar un objeto, quizás uno con significado espiritual, quizás uno que sólo es bello. También puede provocarla una frase edificante o calmante; o la observación de su respiración. Sea lo que sea, fije su total atención sobre él; no hay nada más en el universo... Los pensamientos vienen y van. Déjelos ir; déjelos flotar como nubes esponjosas que no pueden realmente molestar el azul claro del cielo. Déjelos ir y retornar a su foco. Relájese, póngase confortable. Quédese quieto. Primero inténtelo por no más de 10 minutos, preferiblemente dos veces al día, en el mismo lugar y no después de las comidas. Luego podrá meditar más tiempo; de 20 a 30 minutos es lo ideal. Una meditación no supervisada por más de una hora puede acarrear problemas y para la mayoría de las personas es un tiempo consumido en forma innecesaria. Es una práctica bella pero sólo es un medio para una vida más completa, no debería ser un fin en sí mismo.

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